Sí que toca hablar de impuestos

Economista. Plataforma por la Justicia Fiscal —

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El Comité de personas expertas nombrado por el Gobierno dio a conocer su Libro Blanco sobre la Reforma Tributaria. Contiene un detallado diagnóstico del sistema tributario español y propone medidas sobre algunos tributos. Medidas que cabe calificar de moderadas, fruto del consenso entre un grupo muy amplio de expertos con especializaciones diversas.

El Gobierno, convocando dicho Comité, buscaba ganar tiempo antes de abordar un tema muy sensible para la sociedad. Pero, agotado ya ese amplio periodo, la pelota volvió al tejado del Gobierno. Y su respuesta ha sido descorazonadora, indicando que ahora no toca hablar de este tema.

Es decepcionante que la clase política nos hurte de un debate sereno y fructífero sobre esta cuestión capital para nuestro presente y futuro. La oposición hace un discurso ramplón: identifica cualquier intento de hablar de cambios en los tributos con un “hachazo fiscal”. El debate debiera centrarse sobre la cuantía y la calidad de los servicios públicos que queremos sostener entre todos, siendo esta la base para definir un sistema tributario justo que financie adecuadamente esos servicios. Así lo subraya también el Comité: “Un elemento clave es que la sociedad asuma y comparta la necesidad de coherencia global entre el nivel de prestación de servicios públicos y… la carga impositiva”. Pero la oposición dirige el debate hacia la parte más árida, la financiación vía impuestos, para ocultar la consecuencia última de su propuesta política, que no es otra que la de minorar la oferta pública de educación, sanidad o servicios sociales. 

Y el Gobierno, con su renuncia a hablar de este tema (ahora no toca), hace el juego a este discurso ramplón de la oposición, pues parece aceptar que cualquier reforma que mejore y modernice nuestro sistema fiscal es nociva para los ciudadanos. Renuncia a debatir, a hacer pedagogía, a convencer. Y juega a confundir, intencionadamente, medidas que pudieran suponer una subida rápida y coyuntural de los impuestos, que efectivamente no tocan ahora, con un debate para abordar una reforma integral de nuestro obsoleto sistema tributario, que sí toca, y cada vez con más urgencia.

Hace mucho que toca hablar seriamente de este tema. Y este sigue siendo un buen momento para hacerlo y abordar una reforma fiscal. Estos son los principales motivos:

  • Nuestro sistema tributario está obsoleto. Necesita con urgencia una rápida adaptación a los tiempos actuales. La globalización, la digitalización, y otros fenómenos que han modificado a gran velocidad el funcionamiento de la economía hacen que el diseño de algunos impuestos presente serias deficiencias, que conducen a recaudar menos de lo necesario y de manera más injusta.
  • El sector público afrontaba un déficit de carácter estructural, ya antes de las fuertes tensiones a que está siendo sometido con la pandemia y con la guerra en Europa. El Comité diagnostica, creo que con acierto, que, aunque debamos redoblar todos los esfuerzos posibles para gastar de manera más eficiente, “los datos sugieren que el mayor déficit público español tiene que ver, sobre todo, con lo que ocurre por el lado de los ingresos”. 
  • El encadenamiento de tan graves crisis en tan poco tiempo ha incrementado notablemente la desigualdad en nuestra sociedad y creado bolsas crónicas de pobreza a las que no debemos acostumbrarnos. Es moralmente inaceptable. Pero, sin recurrir a la ética, la elevada desigualdad limita el crecimiento económico y amenaza gravemente la propia democracia, como desgraciadamente estamos observando en muchos países.
  • Prolongar la situación de déficit público sin buscar soluciones plantea un grave problema de equidad intergeneracional, siendo los jóvenes los perjudicados. 
  • La solidaridad se ejerce fundamentalmente pagando los impuestos que nos corresponden y no evadiendo o eludiendo su pago. La guerra ha vuelto a sacar a la luz la vena solidaria que sin duda posee la sociedad española. Pero la reacción espontánea se agotará. Combatir el fraude con más determinación sería el arma más potente para ejercer eficazmente ese carácter solidario.
  • Se plantea acabar esta guerra con medidas económicas. Hay que evitar que los oligarcas rusos la financien. Para ello hay que perseguir su dinero, y eso exige que occidente ponga mayor coto a las guaridas (los mal llamados paraísos) fiscales. Sí que toca avanzar decididamente en la disminución de esos refugios para el blanqueo de dinero. Ojo, al hacerlo, pondríamos dificultades a la elusión de los grandes ricos de “nuestro bando”. Ganaríamos todos los demás, ojalá estemos dispuestos a hacerlo.
  • En esta crisis, como en todas, la gran mayoría sale perjudicada, pero también hay unas minorías que obtienen pingües beneficios. ¿Por qué no incrementar la retribución de estos beneficiados por la guerra a las arcas comunes?
  • Las medidas más importantes de reforma del sistema tributario requieren de tiempo prolongado para su debate, para buscar consensos y para su tramitación parlamentaria. Y los efectos sobre las arcas públicas tardan bastante en producirse. Hay que hablar cuanto antes sobre esas medidas para diseñar el sistema tributario del futuro.
  • Nuestra sociedad tiene un déficit de educación tributaria de enorme magnitud. Hace mucho que es urgente educar desde la escuela sobre el valor social asociado al pago de impuestos. Que la clase política eluda un debate sosegado sobre esta cuestión capital tampoco ayuda.

El Comité hizo un diagnóstico prolijo y proporcionó algunas propuestas de mejora del sistema tributario, aunque haya obviado hacerlas sobre algunos de los tributos fundamentales.  Bastantes propuestas ya figuraban en informes de anteriores comités convocados por gobiernos liderados por el ahora primer partido de la oposición. Debiera servir para iniciar una reforma aceptada por una amplia representación de parlamentarios.

La guerra nos ha conmocionado a todos. Ha modificado trágicamente la vida de millones de personas. En el terreno de la economía española, amenaza seriamente la recuperación que ya vislumbrábamos. Y sí, puede ser conveniente algún alivio fiscal, siempre que se informe con claridad de su carácter coyuntural y reversible. Pero, por dura que sea esa realidad, no puede convertirse en una excusa para abandonar la senda de reformas que debe permitir a este país dar un salto adelante y sacar ventajas de las nuevas realidades económicas. Y una de las reformas urgentes es la del sistema tributario. Una reforma de las estructuras del sistema para, adaptándose a los tiempos, aumentar su potencial y hacerlo más justo. Ya tocaba hace bastante, pero ahora toca más si cabe.

El Comité de personas expertas nombrado por el Gobierno dio a conocer su Libro Blanco sobre la Reforma Tributaria. Contiene un detallado diagnóstico del sistema tributario español y propone medidas sobre algunos tributos. Medidas que cabe calificar de moderadas, fruto del consenso entre un grupo muy amplio de expertos con especializaciones diversas.

El Gobierno, convocando dicho Comité, buscaba ganar tiempo antes de abordar un tema muy sensible para la sociedad. Pero, agotado ya ese amplio periodo, la pelota volvió al tejado del Gobierno. Y su respuesta ha sido descorazonadora, indicando que ahora no toca hablar de este tema.

Es decepcionante que la clase política nos hurte de un debate sereno y fructífero sobre esta cuestión capital para nuestro presente y futuro. La oposición hace un discurso ramplón: identifica cualquier intento de hablar de cambios en los tributos con un “hachazo fiscal”. El debate debiera centrarse sobre la cuantía y la calidad de los servicios públicos que queremos sostener entre todos, siendo esta la base para definir un sistema tributario justo que financie adecuadamente esos servicios. Así lo subraya también el Comité: “Un elemento clave es que la sociedad asuma y comparta la necesidad de coherencia global entre el nivel de prestación de servicios públicos y… la carga impositiva”. Pero la oposición dirige el debate hacia la parte más árida, la financiación vía impuestos, para ocultar la consecuencia última de su propuesta política, que no es otra que la de minorar la oferta pública de educación, sanidad o servicios sociales. 

Y el Gobierno, con su renuncia a hablar de este tema (ahora no toca), hace el juego a este discurso ramplón de la oposición, pues parece aceptar que cualquier reforma que mejore y modernice nuestro sistema fiscal es nociva para los ciudadanos. Renuncia a debatir, a hacer pedagogía, a convencer. Y juega a confundir, intencionadamente, medidas que pudieran suponer una subida rápida y coyuntural de los impuestos, que efectivamente no tocan ahora, con un debate para abordar una reforma integral de nuestro obsoleto sistema tributario, que sí toca, y cada vez con más urgencia.

Hace mucho que toca hablar seriamente de este tema. Y este sigue siendo un buen momento para hacerlo y abordar una reforma fiscal. Estos son los principales motivos:

  • Nuestro sistema tributario está obsoleto. Necesita con urgencia una rápida adaptación a los tiempos actuales. La globalización, la digitalización, y otros fenómenos que han modificado a gran velocidad el funcionamiento de la economía hacen que el diseño de algunos impuestos presente serias deficiencias, que conducen a recaudar menos de lo necesario y de manera más injusta.
  • El sector público afrontaba un déficit de carácter estructural, ya antes de las fuertes tensiones a que está siendo sometido con la pandemia y con la guerra en Europa. El Comité diagnostica, creo que con acierto, que, aunque debamos redoblar todos los esfuerzos posibles para gastar de manera más eficiente, “los datos sugieren que el mayor déficit público español tiene que ver, sobre todo, con lo que ocurre por el lado de los ingresos”. 
  • El encadenamiento de tan graves crisis en tan poco tiempo ha incrementado notablemente la desigualdad en nuestra sociedad y creado bolsas crónicas de pobreza a las que no debemos acostumbrarnos. Es moralmente inaceptable. Pero, sin recurrir a la ética, la elevada desigualdad limita el crecimiento económico y amenaza gravemente la propia democracia, como desgraciadamente estamos observando en muchos países.
  • Prolongar la situación de déficit público sin buscar soluciones plantea un grave problema de equidad intergeneracional, siendo los jóvenes los perjudicados. 
  • La solidaridad se ejerce fundamentalmente pagando los impuestos que nos corresponden y no evadiendo o eludiendo su pago. La guerra ha vuelto a sacar a la luz la vena solidaria que sin duda posee la sociedad española. Pero la reacción espontánea se agotará. Combatir el fraude con más determinación sería el arma más potente para ejercer eficazmente ese carácter solidario.
  • Se plantea acabar esta guerra con medidas económicas. Hay que evitar que los oligarcas rusos la financien. Para ello hay que perseguir su dinero, y eso exige que occidente ponga mayor coto a las guaridas (los mal llamados paraísos) fiscales. Sí que toca avanzar decididamente en la disminución de esos refugios para el blanqueo de dinero. Ojo, al hacerlo, pondríamos dificultades a la elusión de los grandes ricos de “nuestro bando”. Ganaríamos todos los demás, ojalá estemos dispuestos a hacerlo.
  • En esta crisis, como en todas, la gran mayoría sale perjudicada, pero también hay unas minorías que obtienen pingües beneficios. ¿Por qué no incrementar la retribución de estos beneficiados por la guerra a las arcas comunes?
  • Las medidas más importantes de reforma del sistema tributario requieren de tiempo prolongado para su debate, para buscar consensos y para su tramitación parlamentaria. Y los efectos sobre las arcas públicas tardan bastante en producirse. Hay que hablar cuanto antes sobre esas medidas para diseñar el sistema tributario del futuro.
  • Nuestra sociedad tiene un déficit de educación tributaria de enorme magnitud. Hace mucho que es urgente educar desde la escuela sobre el valor social asociado al pago de impuestos. Que la clase política eluda un debate sosegado sobre esta cuestión capital tampoco ayuda.

El Comité hizo un diagnóstico prolijo y proporcionó algunas propuestas de mejora del sistema tributario, aunque haya obviado hacerlas sobre algunos de los tributos fundamentales.  Bastantes propuestas ya figuraban en informes de anteriores comités convocados por gobiernos liderados por el ahora primer partido de la oposición. Debiera servir para iniciar una reforma aceptada por una amplia representación de parlamentarios.

La guerra nos ha conmocionado a todos. Ha modificado trágicamente la vida de millones de personas. En el terreno de la economía española, amenaza seriamente la recuperación que ya vislumbrábamos. Y sí, puede ser conveniente algún alivio fiscal, siempre que se informe con claridad de su carácter coyuntural y reversible. Pero, por dura que sea esa realidad, no puede convertirse en una excusa para abandonar la senda de reformas que debe permitir a este país dar un salto adelante y sacar ventajas de las nuevas realidades económicas. Y una de las reformas urgentes es la del sistema tributario. Una reforma de las estructuras del sistema para, adaptándose a los tiempos, aumentar su potencial y hacerlo más justo. Ya tocaba hace bastante, pero ahora toca más si cabe.

El Comité de personas expertas nombrado por el Gobierno dio a conocer su Libro Blanco sobre la Reforma Tributaria. Contiene un detallado diagnóstico del sistema tributario español y propone medidas sobre algunos tributos. Medidas que cabe calificar de moderadas, fruto del consenso entre un grupo muy amplio de expertos con especializaciones diversas.

El Gobierno, convocando dicho Comité, buscaba ganar tiempo antes de abordar un tema muy sensible para la sociedad. Pero, agotado ya ese amplio periodo, la pelota volvió al tejado del Gobierno. Y su respuesta ha sido descorazonadora, indicando que ahora no toca hablar de este tema.