Andalucía y la teoría del chivo expiatorio
“Aquel a quien se castiga no es quien ha cometido el delito. Es siempre el chivo expiatorio”. Friedrich Nietzsche.
Leo el pacto pepero-voxero en Andalucía que han firmado un mohíno Juanma Moreno, antaño representante de la moderación y la resistencia al lío, y un Manolo Gavira que siempre luce una media sonrisa de esfinge y del que nadie dice nada a pesar de lucir en su biografía haber sido el primer cargo institucional de Vox en un parlamento. El ya presidente firma sabiendo que entierra, en un mismo ataúd, su carrera política fuera de Andalucía y la moderada vía Moreno para su partido, ya totalmente entregado a la agenda de Vox. El PP reconoce que las ideas vienen de Vox y Vox se aviene a gobernar como preludio a un gobierno de coalición “nacional y patriótico” en España sin molestas líneas rojas.
El pacto ya está a disposición de los andaluces y españoles y, quitando el tema que nos va a ocupar, la inmigración, es tan pobre, tan rancio y tan triste que choca con la riqueza, alegría y amplitud de miras de Andalucía. Entre objetivos huecos, difusos y alusiones a la tauromaquia, la caza, la pesca y la colaboración público-privada (una suerte de caza y pesca con el objetivo de disparar contra lo público) destaca, como si estuviera escrito en letras de neón, la teoría del chivo expiatorio hecha pacto racista y clasista. Desde que el hombre es hombre ha buscado cabezas de turcos o chivos expiatorios, personas o grupos de personas que cargan con una culpa que no es suya y sufren un castigo por una situación de la que no son responsables. Los criterios para nombrar a alguien chivo expiatorio son varios y evolucionan a lo largo de la historia pero siempre exigen una condición previa: la impotencia del chivo expiatorio para defenderse.
La expresión “chivo expiatorio” deriva del ritual judío del Yom Kippur recogido en el Levítico y en el que se sacrifican dos machos cabríos, uno para Dios y otro para Azazel, el diablo. Al chivo para Azazel se le transferían todos los pecados de los hombres y era abandonado en el desierto. Desde esa primera leyenda, se llama chivo expiatorio a cualquier sujeto inocente que sufre violencia punitiva por delitos o pecados ajenos. Pero fabricar chivos expiatorios es una tendencia natural del ser humano, que parte de nuestros más bajos instintos. Estigmatizar, envidiar y descargarse de responsabilidad ante cualquier problema, frustración, obstáculo que suframos. René Girard ya dijo en su obra La violencia y lo sagrado que el propio sistema se protege de una violencia más estructural y destructiva a través del chivo expiatorio, que carga con la culpa y se inmola para preservar los frágiles vínculos de la comunidad que lo sacrifica.
El inmigrante es hoy el perfecto chivo expiatorio, y así se explica en el pacto de PP y Vox en Andalucía. Roto el contrato social, el sentido de comunidad y convertidos los rasgos culturales en máscaras y postureo para turistas, la desigualdad evidente acentúa la competición entre pobres. Y surge como única ventaja competitiva haber nacido en Andalucía, o en España, y la pertenencia cultural o emocional se convierte en un baremo de puntos para evaluar méritos y adquirir derechos. Y ese sentimiento de pertenencia ya no se puede compartir o transmitir, solo se puede acaparar y defender con violencia. Las pulsiones violentas nacidas de la frustración y la precariedad se disfrazan de medidas de protección frente a la amenaza de los inmigrantes, incluso los legales, y se extiende a los españoles que viven fuera, y a los españoles que viven dentro pero no son parte de la España nacional y central, y hasta a los españoles de la España central que no se pliegan al sacrificio de los otros.
Todo esto está en el pacto del PP y Vox en Andalucía: la criminalización del inmigrante, su degradación y despojo de dignidad y humanidad, su concepción de excrecencia que hay que extirpar. La criminalización de las organizaciones que ayudan a los inmigrantes a sobrevivir y preservar su dignidad, esos andaluces que visitan los asentamientos de personas sin papeles para ayudarles a empadronarse, buscar trabajo, enterarse de si sufren violencia o explotación laboral, si los niños comen, están escolarizados o tienen que vacunarse. Ni una palabra en ese pacto de los empresarios para los que trabajan en negro y por cuatro euros en condiciones de explotación, de los dueños de tierras o invernaderos que los esconden en cortijos, de los propietarios de bares que pagan tres euros a mujeres inmigrantes para que les limpien la cocina y los baños, de los auténticos responsables de la trata de seres humanos.
Las graves consecuencias de este pacto y de los otros a lo largo y ancho de España no son solo para las víctimas, para los chivos expiatorios. También las sufriremos nosotros, los “españoles españoles”, los andaluces de Almería o de Cádiz. Despreciar y denigrar a otros seres humanos, hacerles la vida imposible, nos debilita como país y, paradójicamente, cercena y empequeñece nuestra identidad. Ahora que los estadounidenses celebran su 250 aniversario es evidente que su grandeza siempre estuvo ligada a su capacidad de contagiar el sueño de ser americano a los que no lo eran originariamente.
El pacto de gobierno, en Andalucía, debería tratar de solucionar problemas y acabar con carencias persistentes. Pero los andaluces solo han conseguido tener a alguien a quien culpar del estado lamentable de la sanidad, la peor de España, del colapso de los servicios públicos, de los precios de la vivienda, de la falta de oportunidades laborales fuera de la hostelería o las oposiciones a la Junta, del cierre de aulas, de los frecuentes cortes de luz y agua de los pueblos y hasta del ardiente calor. Bienvenidos a la España de la expiación.