La portada de mañana
Acceder
La alta velocidad, la joya de la corona ahora cuestionada
Cómo nos medicamos en España
Opinión - Es su trabajo, presidente, por Antón Losada

Ir en AVE a trabajar

1 de noviembre de 2026 22:07 h

0

En los análisis sobre la saturación de la red ferroviaria de la que tanto se viene hablando estos últimos días hay un fenómeno que apenas aparece y que, sin embargo, tiene bastante que ver con el problema: la crisis de la vivienda. Uno de cada seis nuevos trabajadores de Madrid ya vive fuera de la provincia. Es decir, no son una minoría de ejecutivos con reuniones ocasionales en la Castellana, sino un fenómeno mucho mayor porque la vida laboral y residencial se ha reorganizado. Miles y miles de personas madrugan a diario antes de que amanezca, se acercan a la estación de turno, sacrifican horas de sueño y de vida personal para seguir trabajando en una ciudad que económicamente las ha mandado a kilómetros de distancia. Hace años que el AVE dejó de ser únicamente un medio para viajar y se convirtió también en una herramienta de supervivencia cotidiana para los trabajadores expulsados del mercado inmobiliario de las grandes ciudades.

Nos hemos acostumbrado tanto a esta anomalía que ya ni siquiera la consideramos una anomalía. Hay quien lo llama movilidad laboral porque el capitalismo tiene esa bonita capacidad de encontrar palabras rimbombantes para situaciones bastante miserables. Lo de la movilidad laboral ya lo decía el PP cuando miles de jóvenes tuvieron que hacer las maletas y marcharse de España después de la crisis de 2008. Esta es, en cierto modo, la secuela de aquella película, con la diferencia de que ahora puedes volver a casa por la noche, siempre que el tren llegue, naturalmente.

Fijaos en el caso de Valladolid. Según publicaba El Norte de Castilla, los datos del Instituto Nacional de Estadística muestran una inversión del saldo migratorio con Madrid. Por primera vez en años, Valladolid recibe más residentes procedentes de la capital de los que pierde en dirección contraria. Las tarifas reducidas del AVE y la ampliación de horarios han contribuido a facilitar este fenómeno. Vamos, que hay personas que no se trasladan a Valladolid porque hayan encontrado allí un empleo, sino porque no pueden permitirse una vivienda en la ciudad donde trabajan.

La liberalización de la alta velocidad ha permitido aumentar frecuencias y abaratar billetes. Ha hecho posible que alguien amanezca en Zamora y fiche pocas horas después en una oficina de Plaza Castilla, por poner un ejemplo cualquiera. Pero la competencia entre operadores no ha multiplicado la capacidad de las vías ni su seguridad, como por desgracia estamos comprobando. Hace unos días escuchaba en la SER al geógrafo Josep Vicent Boira, excomisionado del Gobierno para el Corredor Mediterráneo, advertir de las señales de agotamiento del modelo ferroviario español y reclamar una revisión urgente y profunda tras el accidente. El análisis y la revisión tiene que ir un poco más allá, creo, porque el capitalismo ha convertido la casa en un negocio y el territorio en una mercancía. Nos han acortado la distancia entre las ciudades mientras aumentaba la distancia que separa los salarios del precio de la vivienda. Mientras unos ponen los precios, otros se ponen el despertador a las cinco y media para llegar a tiempo. Y estaría bien que alguien analizase también por qué tanta gente necesita subirse diariamente a un tren para poder vivir.