Ayuso busca zapatos Oxford

16 de marzo de 2026 00:30 h

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La escena tiene mucho de caricatura cortesana: al parecer, el secretario de Estado de EEUU lleva unos zapatos varias tallas más grandes que la suya porque Donald Trump se los dio. Marco Rubio habría exagerado la talla de sus zapatos (dijo que calza un 45, pero no) porque un hombre decente los tiene que tener grandes. Cuenta The Wall Street Journal que Trump está obsesionado con que todos sus altos cargos vistan los mismos Oxford negros de forma clásica y cordones que él y, por tanto, les regala los zapatos en cuestión, talla arriba, talla abajo. “Todos los chicos los tienen”, le dijo una fuente anónima de la Casa Blanca al Journal. “Es divertidísimo, porque les da miedo no usarlos”, añadió la fuente. Algunos ayudantes dicen que incluso tiene una pequeña pila de cajas de zapatos en una oficina, cada una etiquetada con el nombre del destinatario. Obligar a tus altos cargos a llevar zapatos circenses es una metáfora bastante elocuente del trumpismo, la verdad.

Convendréis conmigo que no resultaría extraño encontrarnos uno de estos días a Isabel Díaz Ayuso calzando unos Oxford negros de corte clásico. La semana pasada emprendió su enésimo viaje oficial a EEUU insistiendo en la necesidad de “cuidar a los aliados” y reforzar los lazos con ellos. Por aliados entiende a un gobierno obsesionado con los aranceles que ejerce una presión constante sobre Europa y particularmente sobre España, un gobierno cuya estrategia bélica está encareciendo la energía y golpeando a trabajadores y familias españolas, y cuyas decisiones pueden desencadenar nuevas crisis migratorias que nos afectarán también a nosotros.

Desde la tierra de nuestro supuesto aliado estratégico, Ayuso anunció que la Comunidad va a homenajear a EEUU el próximo 4 de julio, al margen de la medalla que ya había anunciado hace unas semanas. Esta aproximación a Estados Unidos tiene algo de adolescente que insiste en caerle bien al matón del colegio por ganar también unas migajas de popularidad, aunque el matón esté ocupadísimo empujando a sus amigos por las escaleras. No es la estrategia brillante que Ayuso cree, incluso ni siquiera es bien recibida por parte de su propio electorado. Y, por supuesto, es gasolina en el extremo ideológico contrario. En los perfiles progresistas estadounidenses lleva días viralizándose el “Váyase a chupar botas a Mar-a-Lago y haga el favor de quedarse allí de una puñetera vez” que la portavoz del PSOE-M en la Asamblea de Madrid, Mar Espinar, le espetó en el pleno de la Asamblea.

Hay en estos viajes transoceánicos, además, una especie de provincianismo ridículo; esa necesidad de hacerse fotos en la Gran Manzana como si Nueva York fuera un decorado que otorgue relevancia de manera automática. Da igual qué hacer allí, con quién reunirse, o qué resultados tangibles se obtengan: lo importante parece la fotografía con la imagen del skyline detrás.

De verdad que resulta muy difícil entender desde la decencia política esa pleitesía a Trump, ese deseo de colonización ideológica, esa delegación hacia una potencia extranjera cuyo objetivo es desmantelar el orden internacional (tal como está concebido) y disminuir, si no desmantelar también, el derecho internacional para entregar más poder y dinero a quienes ya tienen demasiado. Probablemente es este último punto el que seduce a Ayuso y los suyos. ¿Qué podemos esperar de quienes miran más hacia Washington que hacia los propios intereses de las personas para quienes realmente gobiernan?