Un buen negocio
Y yo, que casi todo el tiempo soy majísimo y fantástico, excepto cuando tengo hambre, que me enfado, o cuando tengo sueño, porque me pongo triste, tengo por costumbre llevarme bien con todo el mundo porque, será por mi personalidad afable o mi capacidad extrema de hacerme el tonto, casi cualquier interacción conmigo resulta en un qué majete es este tío y cuánto aprecio su existencia. No estoy exagerando; podéis preguntar a quien queráis, excepto a un puñado de personas que he apuntado en las notas de iCloud para no olvidar mi enemistad con ellxs. Tengo la costumbre de caer bien, que es una cualidad muy humilde porque no requiere de la potencia del ser carismático y a cambio tiene el coste de que generas menos rechazo en quien te rechaza, y esa costumbre de caer bien me ha hecho desempeñarme con cierta gracia en ciertos momentos de mi vida en los que si no es porque le caigo bien a la gente de mi alrededor me habrían despedido, mutilado o secuestrado de verdad, no como aquella quedada-secuestro en el polígono de La Paz en la que casi me detienen. Así que soy un tipo majo, por si quedaban dudas. Bien. Ahora puedo continuar mi historia.
La realidad detrás de este contexto es que no me gusta la tela de polo. Es áspera y rígida y he de reconocer que lo he vestido mucho para jugar al tenis, pero desde entonces ha quedado justo para eso: para hacer cosas de pequeñoburgués sudoroso, y lo que yo estaba haciendo hace un par de semanas no era de pequeñoburgués en absoluto, aunque sí de sudoroso, porque hacía calor, mucho calor, un calor que poco podría envidiar a las paredes abotonadas de piedra del séptimo infierno, un calor que, siendo murciano, me abochorna reconocer que es superior a mis fuerzas, ya que 27 grados es primavera, pero es que el calor del mar de Wadden es pesado como una plancha de plomo y más denso que el audiolibro del Péndulo de Foucault. Y me pasa que cuando voy incómodo con la ropa que llevo, tiendo a desconcentrarme y pierdo parte de esa gracia innata natural que tengo que, por otro lado, no requiere de concentración por mi parte, pero supongo que el de desconcentrado es un estado diferente al normal en el que mis propias reglas cambian o se desplazan un poquitito.
Normalmente esto puede traducirse en que, a lo mejor, voy andando en una dirección y, de pronto, me quedo en blanco pensando por qué voy hacia allá si en verdad yo tenía que ir por el camino opuesto y, como me da un poco de lache parecer desorientado, murmuro al aire unos segundos y doy media vuelta, como si todo ese sindiós tuviera algún propósito oculto que solo yo, un mindundi al que en realidad no está mirando nadie, sabe a qué objetivo sirve. Pero iba caminando intentando que todo esto no se me notara y me acerqué hacia una de las mesitas que hay en el extremo izquierdo de la terraza con una bandeja sujetada pobremente con los dedos índice, corazón, anular y meñique de la mano izquierda y dos cafés sobre ella. Un latte machiato y un capuccino. Hay que llevar siempre una bandejita con galletas de caramelo para ofrecer a los clientes y una poquita de azúcar y cada vez me siento más cómodo llevando la bandeja, especialmente cuando hay poco peso. Cualquiera podría decir que es más fácil cuanto menos peso llevas, pero trabajar en la playa, en una playa cuyos vientos habrían inspirado a los oráculos griegos, hace que prefieras llevarla repleta de vasos de cerveza llenos antes que de una sola cosita ligera. Como no he sido camarero nunca más excepto aquí, no sé si esto es siempre así o depende del viento o depende de que el camarero no tenga ni idea o, vete a saber, si depende de que no estoy agarrando la bandeja como debería.
El caso es que, recapitulando, soy un tipo simpático al que vestir ropa incómoda le desconcentra, y llevo unos cafés de un sitio a otro con soltura inesperada cuando una señora con cara de bulldog y maneras de bulldozer me interpela en alemán. Y yo, que soy un tipo simpático que odia la tela de polo y estudió alemán en la universidad entiende parte de lo que dice, pero no lo suficiente para saber a qué se refiere, y le contesto en inglés que, por favor, repita lo que ha dicho en un idioma menos luterano. Me mira, me mira, me mira y después de mirarme tres veces, me vuelve a contestar en alemán —¿es que no hablas alemán?— y decido contestarle negando con la cabeza. De pronto, mira por dónde, me pregunta en holandés que si hablo holandés y le contesto en inglés que tampoco. En ese momento quiero desvanecerme y dejar de hablar con ella porque no se puede tener una conversación de besugos si uno de los interlocutores es un total y absoluto merluzo.
¿Y qué haces aquí? me pregunta. Como no le quiero contestar, hago un ademán de inclinar la bandeja de cafés hacia ella, como diciéndole, como insinuándole, que lo que hago allí tiene muchísimo que ver con esa camisa corporativa y esa bandeja oscura con cafés y muy poco que ver con ninguna otra cosa de las que, seguramente, se estaba figurando. El marido de ella, a todo esto, me mira con la perplejidad con la que alguien podría mirar un atardecer a las nueve de la mañana y estoy bastante seguro de que no habla ni inglés, ni holandés y, a juzgar por su gesto de absoluta incomprensión de la situación, que tampoco habla alemán. La mujer lo mira y le ladra vete a saber qué cosa. Auwf, auwf, aughhbgf, entiendo yo, y entonces el tipo me mira con asco. Entonces, la señora me dice, esta vez en inglés —esta vez sí, por lo que sea—, que, lo mejor para todos es que me vuelva para Italia.
Y me vuelvo, claro, pero a la barra, que es el único sitio al que uno vuelve de verdad cuando lleva una bandeja en la mano. Hay un tipo de persona que te manda de regreso a un país en el que no has estado nunca, y no se equivoca de nacionalidad por ignorancia, porque la nacionalidad le da exactamente igual; lo que busca no es acertar de dónde soy, sino confirmar que soy de fuera, y vuelvo con el latte y el capuccino fríos como un témpano y pienso en que hay gente que viaja cientos de kilómetros para traerse de casa, intacto, el mismo aire de siempre; que a la dichosa vieja le sobra el mundo entero y aun así le falta espacio, y yo, en cambio, quepo en cualquier lugar esta mañana menos donde estén ese par de viejos, y me parece, qué sé yo, un buen negocio.