¡Que coman legumbres!

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Finalmente recordé lo peor de una gran princesa a quien se le dijo que los campesinos no tenían pan y que respondió: Que coman brioche

El ministro ha declarado la guerra a los precios basura de la carne en una entrevista en la que además se ha preocupado por los índices de sobrepeso en adultos y niños que achaca a los excesos de azúcar, grasa y sal en alimentos precocinados. En su mandato quiere acabar con los precios basura de los alimentos que “llevan a las granjas a la ruina, impiden el bienestar animal y contaminan con efectos para el clima”. Una comisión de expertos -formada por agricultores, ganaderos y ecologistas- ha considerado que el precio de un kilo de carne debería costar 6 veces más, en torno a unos 80€ el kilo, y el de los lácteos subir entre 2 y 4 veces, hasta los 3€ el litro, para conseguir cambiar la estructura de producción a una ganadería sostenible y al ministro, como a Greenpeace, le parece adecuado. Pero el ministro forma parte de un gobierno de coalición y sus socios de gobierno le han criticado y algunos sectores de su partido también. Las juventudes de su formación le han pedido “más justicia social” para que los ciudadanos no se sientan maltratados por las grandes medidas para proteger el clima y el medio ambiente. La razón es que hay 13 millones de personas pobres en el país que tienen cantidades limitadas de dinero que dedicar a su sustento o, incluso, que tienen que acudir a bancos de alimentos para cubrir todas o parte de sus necesidades diarias. 

El ministro es vegetariano. Se llama Cem Özdemir y forma parte del nuevo gobierno alemán. Pongo un ejemplo no patrio para evitar centrar la cuestión en el ataque interesado o la defensa encendida, para no entrar en los míos o en los de enfrente. El gran dilema que se plantea en la transición ecológica y la sostenibilidad no es ni de aquí ni de allá. Es. Existe. No termino de ver que nadie le haya encontrado aún solución pero negarlo es la última de ellas.  

No se queden en el tema de la carne. Busquen todas las noticias que nos hablan de la necesidad de acabar con los macrocruceros o los incesantes vuelos low cost que llevan al límite la sostenibilidad del turismo. Piensen en la cuestión de la moda sostenible, en relación con la fast fashion, y en los costes más elevados que suponen procesos más respetuosos con el medio ambiente y el pago justo a los trabajadores que los llevan a cabo. Piensen en la escasez de minerales para los productos tecnológicos y la forma en la que se quieren reabrir minas que arruinarían entornos naturales, incluso en nuestro país. La actual globalización capitalista es una bicicleta de pedaleo sin fin en la que unos ganan mucho dinero, cierto, pero a la par muchos millones creen llevar una vida más plena a la que no están dispuestos a renunciar. A fin de cuentas tu realidad puede ser más o menos cutre, pero si puedes irte por ahí el finde y comprarte algo barato que te de ánimos, irte de viaje al extranjero en verano, tener móvil, rellenar la cesta del súper y esas cosas, todo aparece bajo un prisma de clase media que te mantiene alejado del resquemor. No sé cómo el ministro alemán va a explicarles que la energía ecológica les hará difícil calentarse, que el fin de los combustibles fósiles les complicará usar el coche, que las sostenibilidad de la moda y el turismo les obligará a ir de veraneo al pueblo y a estirar la ropa o pasarla de unos a otros y que, finalmente, un filete de 100 gramos les costará 8 euros y la leche para una familia de cuatro 21€ a la semana como poco. No querrá de momento hablarles de los huevos sostenibles, las frutas y las verduras que no procedan de la agricultura intensiva que esquilma acuíferos y todas las demás cosas. 

El gran dilema está ahí. 

Las subidas incontroladas de la electricidad, la dependencia del gas extranjero, se dejan sentir ya tanto en los particulares como en las empresas que, a su vez, encarecen el resto de productos. Hasta que hagamos esa transición total a las energías limpias -que aún requiere de investigación y de desarrollo- están empezando a proponer la energía nuclear como energía no generadora de gases de efecto invernadero. Acaban de oír la propuesta de la UE. Esto nos escandaliza en un país tan antinuclear como el nuestro, pero los nuevos gurús están creando lobbies para convencernos de que aplicar la tecnología de los submarinos nucleares a pequeñas centrales de proximidad, permitiría tener energía barata y no contaminante en ese sentido. 

Las revueltas en Kazajistán han comenzado por el fin de las subvenciones estatales al gas licuado de petróleo, el más utilizado en la zona, que ha hecho duplicar el precio de este y sacado a la población a la calle. Los chalecos amarillos franceses incendiaron las calles y las rotondas por la subida del diésel y la pérdida de poder adquisitivo de la clase media.  

Ninguno de estos párrafos debe ser leído como si fuera una escaleta en la que nunca se relacionan unas informaciones con otras sino como un conjunto preñado de conexiones que hacen que no se pueda resolver una sola incógnita sin atender a su incidencia en las otras.

Llegados a este punto les digo que yo veo el problema que suponen las macrogranjas, no soy amiga de la energía nuclear, prefiero calidad a cantidad en moda y procuro comprar comida saludable y sostenible y huevos de gallinas criadas en libertad. Lo digo para los que vayan a empezar a insultar o a colocarme en un lugar que no estoy. Ahora bien, yo sé que no se trata de mi postura ni de mis posibilidades y soy consciente de que el gran peso de estos cambios necesarios va a perjudicar en mayor medida a quien menos poder adquisitivo tiene. Mejor y más sostenible es más caro. 

Lancé unas reflexiones similares estos días en redes y, amén de muchos insultos, he leído respuestas como: no hace falta comer tanta carne, las legumbres aportan proteína; hay que cambiar ganadería intensiva por extensiva; si la gente no puede pagar los precios ecológicos lo que hay que hacer es darles sueldos decentes; la culpa es de los que se enriquecen con estos negocios para exportar; antes no había esto y comíamos; hay que educar a las clases desfavorecidas para que aprendan de nutrición y vean que no necesitan tanta carne roja y un sinfín de ellas más. 

Aquí es donde quiero meterles también rejón a los neonostálgicos. Es verdad que antes también se comía, pero en los años 70 u 80 el salmón, la lubina y el rodaballo eran prohibitivos -no había acuicultura-, los pollos y los terneros eran más saludables pero había carnicerías de carne de caballo y gente que olía la otra de ciento en viento; la mayoría de la población iba de vacaciones al pueblo o a la costa española y no al Caribe o a Tailandia; ninguno de nuestros vecinos había estado en Venecia y la gente joven no viajaba por principio al extranjero -más allá de Francia y Portugal- hasta que no se emancipaba, pasaba el ecuador de la carrera o le enviaban a estudiar inglés, y eso en clases ya ciertamente favorecidas. Las pistas de esquí no estaban a rebosar -era un deporte de élite- y la montaña no se había saturado; un billete de avión costaba una pasta y normalmente la clase media lo cogía cuando se lo pagaba la empresa y de crucero por el Mediterráneo se iba la gente con parné. Eso para los jóvenes que piensan que los boomers venimos directamente del paraíso y por no hablarles de las generaciones anteriores que en su infancia veían la proteína en los gorgojos que regalaban con las lentejas del racionamiento. 

El gran dilema está ahí y no tiene solución fácil. 

Me preocupa que parte de la izquierda se vea agraviada cuando se le recuerda que todas las teorías y las defensas de causas justas se acaban estrellando con el hecho cierto de que las masas precarizadas no quieren oír hablar de ideales y sacrificio, sobre todo si les toca hacerlo a ellos. Si uno analiza lo que sucede en países como Francia se da cuenta que el gran crack de la izquierda se ha producido por su alejamiento intelectual de las clases de las que le cabía recabar la masa más significativa de los votos y que, desgraciadamente, no viven en la rive gauche. Así que llegó la ultraderecha y mintiendo, porque desde luego no tienen la solución, hizo al menos el amago de asomarse a los problemas e inquietudes de estas personas. 

María Antonieta nunca dijo: ¡que coman brioche! a los campesinos sin pan, fue un bulo de la época, pero funcionó porque había una masa de pueblo dispuesta a creerse esto y cosas peores de Madame Déficit. Aprendamos de la historia. ¡Que coman legumbres! no soluciona el dilema, por mucho que los convencidos veganos así lo crean. 

Finalmente recordé lo peor de una gran princesa a quien se le dijo que los campesinos no tenían pan y que respondió: Que coman brioche

El ministro ha declarado la guerra a los precios basura de la carne en una entrevista en la que además se ha preocupado por los índices de sobrepeso en adultos y niños que achaca a los excesos de azúcar, grasa y sal en alimentos precocinados. En su mandato quiere acabar con los precios basura de los alimentos que “llevan a las granjas a la ruina, impiden el bienestar animal y contaminan con efectos para el clima”. Una comisión de expertos -formada por agricultores, ganaderos y ecologistas- ha considerado que el precio de un kilo de carne debería costar 6 veces más, en torno a unos 80€ el kilo, y el de los lácteos subir entre 2 y 4 veces, hasta los 3€ el litro, para conseguir cambiar la estructura de producción a una ganadería sostenible y al ministro, como a Greenpeace, le parece adecuado. Pero el ministro forma parte de un gobierno de coalición y sus socios de gobierno le han criticado y algunos sectores de su partido también. Las juventudes de su formación le han pedido “más justicia social” para que los ciudadanos no se sientan maltratados por las grandes medidas para proteger el clima y el medio ambiente. La razón es que hay 13 millones de personas pobres en el país que tienen cantidades limitadas de dinero que dedicar a su sustento o, incluso, que tienen que acudir a bancos de alimentos para cubrir todas o parte de sus necesidades diarias. 

El ministro es vegetariano. Se llama Cem Özdemir y forma parte del nuevo gobierno alemán. Pongo un ejemplo no patrio para evitar centrar la cuestión en el ataque interesado o la defensa encendida, para no entrar en los míos o en los de enfrente. El gran dilema que se plantea en la transición ecológica y la sostenibilidad no es ni de aquí ni de allá. Es. Existe. No termino de ver que nadie le haya encontrado aún solución pero negarlo es la última de ellas.  

No se queden en el tema de la carne. Busquen todas las noticias que nos hablan de la necesidad de acabar con los macrocruceros o los incesantes vuelos low cost que llevan al límite la sostenibilidad del turismo. Piensen en la cuestión de la moda sostenible, en relación con la fast fashion, y en los costes más elevados que suponen procesos más respetuosos con el medio ambiente y el pago justo a los trabajadores que los llevan a cabo. Piensen en la escasez de minerales para los productos tecnológicos y la forma en la que se quieren reabrir minas que arruinarían entornos naturales, incluso en nuestro país. La actual globalización capitalista es una bicicleta de pedaleo sin fin en la que unos ganan mucho dinero, cierto, pero a la par muchos millones creen llevar una vida más plena a la que no están dispuestos a renunciar. A fin de cuentas tu realidad puede ser más o menos cutre, pero si puedes irte por ahí el finde y comprarte algo barato que te de ánimos, irte de viaje al extranjero en verano, tener móvil, rellenar la cesta del súper y esas cosas, todo aparece bajo un prisma de clase media que te mantiene alejado del resquemor. No sé cómo el ministro alemán va a explicarles que la energía ecológica les hará difícil calentarse, que el fin de los combustibles fósiles les complicará usar el coche, que las sostenibilidad de la moda y el turismo les obligará a ir de veraneo al pueblo y a estirar la ropa o pasarla de unos a otros y que, finalmente, un filete de 100 gramos les costará 8 euros y la leche para una familia de cuatro 21€ a la semana como poco. No querrá de momento hablarles de los huevos sostenibles, las frutas y las verduras que no procedan de la agricultura intensiva que esquilma acuíferos y todas las demás cosas. 

El gran dilema está ahí. 

Las subidas incontroladas de la electricidad, la dependencia del gas extranjero, se dejan sentir ya tanto en los particulares como en las empresas que, a su vez, encarecen el resto de productos. Hasta que hagamos esa transición total a las energías limpias -que aún requiere de investigación y de desarrollo- están empezando a proponer la energía nuclear como energía no generadora de gases de efecto invernadero. Acaban de oír la propuesta de la UE. Esto nos escandaliza en un país tan antinuclear como el nuestro, pero los nuevos gurús están creando lobbies para convencernos de que aplicar la tecnología de los submarinos nucleares a pequeñas centrales de proximidad, permitiría tener energía barata y no contaminante en ese sentido. 

Las revueltas en Kazajistán han comenzado por el fin de las subvenciones estatales al gas licuado de petróleo, el más utilizado en la zona, que ha hecho duplicar el precio de este y sacado a la población a la calle. Los chalecos amarillos franceses incendiaron las calles y las rotondas por la subida del diésel y la pérdida de poder adquisitivo de la clase media.  

Ninguno de estos párrafos debe ser leído como si fuera una escaleta en la que nunca se relacionan unas informaciones con otras sino como un conjunto preñado de conexiones que hacen que no se pueda resolver una sola incógnita sin atender a su incidencia en las otras.

Llegados a este punto les digo que yo veo el problema que suponen las macrogranjas, no soy amiga de la energía nuclear, prefiero calidad a cantidad en moda y procuro comprar comida saludable y sostenible y huevos de gallinas criadas en libertad. Lo digo para los que vayan a empezar a insultar o a colocarme en un lugar que no estoy. Ahora bien, yo sé que no se trata de mi postura ni de mis posibilidades y soy consciente de que el gran peso de estos cambios necesarios va a perjudicar en mayor medida a quien menos poder adquisitivo tiene. Mejor y más sostenible es más caro. 

Lancé unas reflexiones similares estos días en redes y, amén de muchos insultos, he leído respuestas como: no hace falta comer tanta carne, las legumbres aportan proteína; hay que cambiar ganadería intensiva por extensiva; si la gente no puede pagar los precios ecológicos lo que hay que hacer es darles sueldos decentes; la culpa es de los que se enriquecen con estos negocios para exportar; antes no había esto y comíamos; hay que educar a las clases desfavorecidas para que aprendan de nutrición y vean que no necesitan tanta carne roja y un sinfín de ellas más. 

Aquí es donde quiero meterles también rejón a los neonostálgicos. Es verdad que antes también se comía, pero en los años 70 u 80 el salmón, la lubina y el rodaballo eran prohibitivos -no había acuicultura-, los pollos y los terneros eran más saludables pero había carnicerías de carne de caballo y gente que olía la otra de ciento en viento; la mayoría de la población iba de vacaciones al pueblo o a la costa española y no al Caribe o a Tailandia; ninguno de nuestros vecinos había estado en Venecia y la gente joven no viajaba por principio al extranjero -más allá de Francia y Portugal- hasta que no se emancipaba, pasaba el ecuador de la carrera o le enviaban a estudiar inglés, y eso en clases ya ciertamente favorecidas. Las pistas de esquí no estaban a rebosar -era un deporte de élite- y la montaña no se había saturado; un billete de avión costaba una pasta y normalmente la clase media lo cogía cuando se lo pagaba la empresa y de crucero por el Mediterráneo se iba la gente con parné. Eso para los jóvenes que piensan que los boomers venimos directamente del paraíso y por no hablarles de las generaciones anteriores que en su infancia veían la proteína en los gorgojos que regalaban con las lentejas del racionamiento. 

El gran dilema está ahí y no tiene solución fácil. 

Me preocupa que parte de la izquierda se vea agraviada cuando se le recuerda que todas las teorías y las defensas de causas justas se acaban estrellando con el hecho cierto de que las masas precarizadas no quieren oír hablar de ideales y sacrificio, sobre todo si les toca hacerlo a ellos. Si uno analiza lo que sucede en países como Francia se da cuenta que el gran crack de la izquierda se ha producido por su alejamiento intelectual de las clases de las que le cabía recabar la masa más significativa de los votos y que, desgraciadamente, no viven en la rive gauche. Así que llegó la ultraderecha y mintiendo, porque desde luego no tienen la solución, hizo al menos el amago de asomarse a los problemas e inquietudes de estas personas. 

María Antonieta nunca dijo: ¡que coman brioche! a los campesinos sin pan, fue un bulo de la época, pero funcionó porque había una masa de pueblo dispuesta a creerse esto y cosas peores de Madame Déficit. Aprendamos de la historia. ¡Que coman legumbres! no soluciona el dilema, por mucho que los convencidos veganos así lo crean. 

Finalmente recordé lo peor de una gran princesa a quien se le dijo que los campesinos no tenían pan y que respondió: Que coman brioche

El ministro ha declarado la guerra a los precios basura de la carne en una entrevista en la que además se ha preocupado por los índices de sobrepeso en adultos y niños que achaca a los excesos de azúcar, grasa y sal en alimentos precocinados. En su mandato quiere acabar con los precios basura de los alimentos que “llevan a las granjas a la ruina, impiden el bienestar animal y contaminan con efectos para el clima”. Una comisión de expertos -formada por agricultores, ganaderos y ecologistas- ha considerado que el precio de un kilo de carne debería costar 6 veces más, en torno a unos 80€ el kilo, y el de los lácteos subir entre 2 y 4 veces, hasta los 3€ el litro, para conseguir cambiar la estructura de producción a una ganadería sostenible y al ministro, como a Greenpeace, le parece adecuado. Pero el ministro forma parte de un gobierno de coalición y sus socios de gobierno le han criticado y algunos sectores de su partido también. Las juventudes de su formación le han pedido “más justicia social” para que los ciudadanos no se sientan maltratados por las grandes medidas para proteger el clima y el medio ambiente. La razón es que hay 13 millones de personas pobres en el país que tienen cantidades limitadas de dinero que dedicar a su sustento o, incluso, que tienen que acudir a bancos de alimentos para cubrir todas o parte de sus necesidades diarias.