El concurso por la visibilidad del activismo social

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Conocíamos la capacidad que tiene el mercado de apropiarse de cualquier causa social, icono de lucha o lenguaje reivindicativo para neutralizarlo y, además, ganar dinero. Por eso vemos cómo las empresas hidroeléctricas emiten anuncios contra el calentamiento global, a El Corte Inglés vendiendo tazas con la cara del Che o a una empresa de refrescos denominando "revolution" a un zumo. 

Todo ello tiene también su versión, igual de miserable, en los medios de comunicación. Hace años observé un concurso en una televisión privada venezolana en el que el premio consistía en la cobertura sanitaria para la intervención quirúrgica por alguna enfermedad grave que padecía el concursante o un familiar del concursante. Mientras que el que perdía se quedaba sin asistencia médica, la audiencia percibía que los de la televisión habían salvado la vida del ganador. 

Recientemente, la cadena de televisión estadounidense CBS anunciaba el estreno en octubre del concurso The Activist. La idea era presentar a seis activistas de diferentes causas sociales -la salud, la educación y el medio ambiente- que deben competir. A ellos se unirán tres celebrities por eso de poner un famoso en tu plató. 

Los equipos competidores de activistas y figuras públicas lucharían por promover sus causas en las redes sociales con el objetivo de asegurar la mayor cantidad de fondos para ganar el juego. Según los directivos del programa, "los tres equipos tienen un objetivo final: crear movimientos impactantes que amplifiquen su mensaje, impulsen la acción y los hagan avanzar a la Cumbre del G20 en Roma". Allí se reunirán con líderes mundiales con la esperanza de obtener fondos y concienciar sobre sus causas. El equipo que recibe el mayor apoyo de la audiencia y redes "se encumbra como el ganador absoluto en la final, que también contará con actuaciones musicales de algunos de los artistas más apasionados del mundo".

La serie es producida por Global Citizen, una organización internacional de educación y promoción que dice trabajar para catalizar el movimiento para acabar con la pobreza extrema. Su cofundador y directivo Hugh Evans defendió el reality show afirmando que "The Activist es la primera serie de competencia de su tipo que inspirará un cambio real, a medida que la serie avanza desde los Estados Unidos a Roma para el desafío final de los activistas en el G20. (…) La audiencia verá la pasión y el compromiso de los activistas por sus causas a prueba cuando soliciten a los líderes mundiales que tomen medidas urgentes para resolver las crisis interconectadas que enfrentamos".

Presentar el activismo social como un concurso televisivo de competición y visibilidad es llevar a la caricatura lo que hace años que ya está sucediendo en nuestras sociedades, cuando Daniel Bernabé publicó "La trampa de la diversidad", la diversidad ya se había convertido en una competición de protagonismo en detrimento de luchas y causas que deberían ser más unitarias. 

Y aquí es donde se impone el formato mediático dominante actual. La visibilidad es el principal objetivo de los colectivos. Se supone que si eres visible, la sociedad siente más empatía hacia tus problemas, las administraciones te hacen más caso, los ciudadanos son más sensibles hacia tu situación. Y, claro está, el principal enemigo de tu visibilidad, son los otros, porque todos no pueden ser visibles al mismo tiempo. 

No es verdad cuando te dicen que no es incompatible estar preocupado por el maltrato animal y, al mismo tiempo, por los derechos humanos de los sindicalistas colombianos. No es incompatible en tu cabeza, pero nuestro tiempo de activismo es limitado, las organizaciones que se ocupan de cada causa son (desgraciadamente) diferentes y, obviamente, los medios no se ocupan simultáneamente de todas las luchas, eligen y ellas compiten por ser los seleccionados. De modo que el principal enemigo de tu visibilidad, son los otros, porque todos no pueden ser visibles al mismo tiempo. O sea, el reality de la CBS.

Las últimas noticias dicen que, ante las críticas recibidas, The Activist ha cambiado su formato a documental en lugar de concurso. Alguien pensará que es un logro social haber conseguido que un concurso así de miserable se retire, lo grave es que la vida real sigue siendo ese concurso donde los activistas compiten por la visibilidad. 

Conocíamos la capacidad que tiene el mercado de apropiarse de cualquier causa social, icono de lucha o lenguaje reivindicativo para neutralizarlo y, además, ganar dinero. Por eso vemos cómo las empresas hidroeléctricas emiten anuncios contra el calentamiento global, a El Corte Inglés vendiendo tazas con la cara del Che o a una empresa de refrescos denominando "revolution" a un zumo. 

Todo ello tiene también su versión, igual de miserable, en los medios de comunicación. Hace años observé un concurso en una televisión privada venezolana en el que el premio consistía en la cobertura sanitaria para la intervención quirúrgica por alguna enfermedad grave que padecía el concursante o un familiar del concursante. Mientras que el que perdía se quedaba sin asistencia médica, la audiencia percibía que los de la televisión habían salvado la vida del ganador. 

Recientemente, la cadena de televisión estadounidense CBS anunciaba el estreno en octubre del concurso The Activist. La idea era presentar a seis activistas de diferentes causas sociales -la salud, la educación y el medio ambiente- que deben competir. A ellos se unirán tres celebrities por eso de poner un famoso en tu plató. 

Los equipos competidores de activistas y figuras públicas lucharían por promover sus causas en las redes sociales con el objetivo de asegurar la mayor cantidad de fondos para ganar el juego. Según los directivos del programa, "los tres equipos tienen un objetivo final: crear movimientos impactantes que amplifiquen su mensaje, impulsen la acción y los hagan avanzar a la Cumbre del G20 en Roma". Allí se reunirán con líderes mundiales con la esperanza de obtener fondos y concienciar sobre sus causas. El equipo que recibe el mayor apoyo de la audiencia y redes "se encumbra como el ganador absoluto en la final, que también contará con actuaciones musicales de algunos de los artistas más apasionados del mundo".

La serie es producida por Global Citizen, una organización internacional de educación y promoción que dice trabajar para catalizar el movimiento para acabar con la pobreza extrema. Su cofundador y directivo Hugh Evans defendió el reality show afirmando que "The Activist es la primera serie de competencia de su tipo que inspirará un cambio real, a medida que la serie avanza desde los Estados Unidos a Roma para el desafío final de los activistas en el G20. (…) La audiencia verá la pasión y el compromiso de los activistas por sus causas a prueba cuando soliciten a los líderes mundiales que tomen medidas urgentes para resolver las crisis interconectadas que enfrentamos".

Presentar el activismo social como un concurso televisivo de competición y visibilidad es llevar a la caricatura lo que hace años que ya está sucediendo en nuestras sociedades, cuando Daniel Bernabé publicó "La trampa de la diversidad", la diversidad ya se había convertido en una competición de protagonismo en detrimento de luchas y causas que deberían ser más unitarias. 

Y aquí es donde se impone el formato mediático dominante actual. La visibilidad es el principal objetivo de los colectivos. Se supone que si eres visible, la sociedad siente más empatía hacia tus problemas, las administraciones te hacen más caso, los ciudadanos son más sensibles hacia tu situación. Y, claro está, el principal enemigo de tu visibilidad, son los otros, porque todos no pueden ser visibles al mismo tiempo. 

No es verdad cuando te dicen que no es incompatible estar preocupado por el maltrato animal y, al mismo tiempo, por los derechos humanos de los sindicalistas colombianos. No es incompatible en tu cabeza, pero nuestro tiempo de activismo es limitado, las organizaciones que se ocupan de cada causa son (desgraciadamente) diferentes y, obviamente, los medios no se ocupan simultáneamente de todas las luchas, eligen y ellas compiten por ser los seleccionados. De modo que el principal enemigo de tu visibilidad, son los otros, porque todos no pueden ser visibles al mismo tiempo. O sea, el reality de la CBS.

Las últimas noticias dicen que, ante las críticas recibidas, The Activist ha cambiado su formato a documental en lugar de concurso. Alguien pensará que es un logro social haber conseguido que un concurso así de miserable se retire, lo grave es que la vida real sigue siendo ese concurso donde los activistas compiten por la visibilidad. 

Conocíamos la capacidad que tiene el mercado de apropiarse de cualquier causa social, icono de lucha o lenguaje reivindicativo para neutralizarlo y, además, ganar dinero. Por eso vemos cómo las empresas hidroeléctricas emiten anuncios contra el calentamiento global, a El Corte Inglés vendiendo tazas con la cara del Che o a una empresa de refrescos denominando "revolution" a un zumo. 

Todo ello tiene también su versión, igual de miserable, en los medios de comunicación. Hace años observé un concurso en una televisión privada venezolana en el que el premio consistía en la cobertura sanitaria para la intervención quirúrgica por alguna enfermedad grave que padecía el concursante o un familiar del concursante. Mientras que el que perdía se quedaba sin asistencia médica, la audiencia percibía que los de la televisión habían salvado la vida del ganador. 

21 de septiembre de 2021 - 22:01 h