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Curaremos el cáncer

3 de junio de 2026 22:52 h

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Hace un par de semanas, una pequeña polémica sacudió el festival de Cannes. La proyección de la película revelación del año, la española “La bola negra”, había recibido una ovación continuada que se prolongó a lo largo de 20 minutos. La película es estupenda, decían los entendidos, pero aquello era un poco exagerado. En el festival hay inflación de aplausos: las distribuidoras conspiran con ciertos elementos del público para que, colocados estratégicamente, espoleen al resto del auditorio a performar esos arranques de entusiasmo desaforado.

Que se sepa, este pequeño truco de marketing no ha llegado aún a la medicina. Así que cuando el pasado domingo diez mil oncólogos, reunidos en ASCO, el congreso sobre el cáncer más importante del mundo, se pusieron en pie entre aplausos, vítores y exclamaciones, hay que creer que algo importante estaba ocurriendo. Celebraban los resultados de un nuevo fármaco que ha demostrado duplicar la supervivencia de los pacientes con cáncer de páncreas metastásico, el tumor más difícil: la última frontera de esta enfermedad. 

Daraxonrasib, que es como se llama este medicamento, ha sido el gran protagonista del año porque representa el primer avance significativo en décadas contra un mecanismo que parecía infranqueable. Pero no ha sido el único. También hubo resultados notables en cáncer de próstata y de mama. Además, las vacunas de ARNm –la misma tecnología que se popularizó con el COVID– están mostrando resultados muy prometedores en muchos tipos de tumor. Una vacuna personalizada contra el melanoma redujo a la mitad el riesgo de que el cáncer reaparezca al cabo de cinco años mientras que en cáncer de páncreas los resultados fueron aún más esperanzadores: casi el 90% de los pacientes cuyo sistema inmune respondió a la vacuna seguían vivos hasta seis años después, frente a una supervivencia habitual a cinco años que apenas supera el 13%. 

Por si esto fuera poco, los fármacos tipo GLP-1 (como Ozempic y Mounjaro), además de funcionar contra la obesidad, la diabetes y las enfermedades cardiovasculares, están demostrando ser eficaces también para reducir la incidencia de muchos tumores.

Estamos ganando la batalla contra el cáncer. 

Y a mí me pilla particularmente sensibilizada porque solo hace unos meses que una de mis mejores amigas recibió el “all clear” al final de un tratamiento contra la forma más agresiva de cáncer de mama, y aquello fue en el mismo mes en el que a mi padre le diagnosticaron otro de vejiga. Y lo que he podido observar en estos meses, en primera línea, es cómo esos resultados científicos están llegando en tiempo real a la vida de la gente. Un nuevo fármaco, una técnica quirúrgica mucho menos invasiva que las anteriores y la inmunoterapia les han permitido pasar por todo esto con una fracción del sufrimiento que habrían soportado hace un puñado de años y mucha más esperanza en una curación completa.

Y me ocurre, como a casi todo el mundo en estos casos, que me asombra la dedicación de esos equipos médicos que están haciendo un esfuerzo extraordinario para trasladar esos resultados en tiempo récord a su práctica diaria, por encima de todas las dificultades.  

Pero también me da por pensar en cómo, en mi generación, a menudo nos repetimos a nosotros mismos esa idea de que “viviremos peor que nuestros padres” cuando no es verdad. No solo somos la ¿segunda? generación en la historia completa de la evolución que no tiene que temer que se le mueran los hijos; es que con un poquito más de suerte vamos a ser la primera cohorte, entre 12.000 generaciones de homo sapiens que nos antecedieron, que no tendrá que ver a sus padres –ni a sus amigos– morir demasiado mal y demasiado pronto. 

¿Y nosotros? Viviremos más. Quizá más de 100 años. Con toda probabilidad mucho mejor que quien nos antecedió. La ciencia, el conocimiento y la cooperación humana nos han regalado un horizonte de vida inédito, inimaginable, que seremos los primeros en disfrutar. 

¿A qué otro patrimonio queremos aspirar? ¿En qué consiste la riqueza, si no era esto?