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Opinión - 'Elogio del buen patriotismo', por Javier Valenzuela
11 de marzo de 2026 22:08 h

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Me alegran los muchos mensajes que, en estos tristes días de humo y sangre, veo en Instagram de gentes de Italia, Francia, Estados Unidos, Turquía y otros países expresando su apoyo a la oposición a la guerra de Irán de Pedro Sánchez y dos tercios de los españoles. Son memes y videos admirativos, de aquellos de olé por vuestros ovarios, y reconozco que me provocan una subida de orgullo patriótico.

El patriotismo tiene mala prensa entre las izquierdas, que lo asocian con el nacionalismo carpetovetónico. Es esta otra de las guerras culturales que las derechas, en España y en casi todas partes, han sabido librar y ganar. Sin embargo, el patriotismo nació como un valor progresista a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX en Estados Unidos y Francia. Patriotas eran los ciudadanos norteamericanos que se alzaban contra el rey Jorge III de Inglaterra; patriotas eran los franceses que luchaban contra la invasión de su incipiente república por los ejércitos de las monarquías absolutas europeas.

También fue así en España. Por ejemplo, uno de los diarios de los liberales reunidos en Cádiz para oponerse a la ocupación napoleónica y elaborar una Constitución basada en la soberanía popular se llamaba El Patriota en las Cortes. Las derechas del Vivan las cadenas aplaudían, en cambio, una invasión militar extranjera, los Cien Mil Hijos de San Luis, para restaurar el absolutismo en la piel de toro. Repetirían jugada entre 1936 y 1939, dando la bienvenida a las tropas de Hitler y Mussolini aliadas de Franco. Y lo harían de nuevo en los años 1950 con el Os recibimos con alegría a las bases estadounidenses en nuestro suelo.

No debemos aceptar los progresistas españoles la menor lección de patriotismo de esta gente. Con tales antecedentes históricos, no es extraño que ahora vuelvan a expresar su servilismo ante el más fuerte y el más bruto, en este caso, la pareja formada por Netanyahu y Trump. Al contrario, debemos sentirnos orgullosos de haber sido los primeros en cantar universalmente esa verdad del barquero que proclama que un mundo sin reglas es una jungla muy jodida.

Mi patriotismo, ya se lo pueden ustedes imaginar, no es un nacionalismo. Rechazo el nacionalismo venga de donde venta, la periferia o el centro. Mi patriotismo es andaluz y español, el de Picasso, Antonio Machado y Federico García Lorca, el de Mariana Pineda, Carmen de Burgos y María Zambrano. Pero también es ibérico, mediterráneo, hispano, europeo e internacionalista. No puedo sino aplaudir lo que acaba de decir ese señor de derechas ilustrado que es el francés Dominique de Villepin: el No a la guerra de Pedro Sánchez “está salvando el honor de Europa”.

Pobre Europa, uno de los sueños más hermosos de mi generación y ahora tan llena de émulos de Chamberlain y Daladier intentando apaciguar a Trump. Como Ursula von der Leyen, que se resigna a que nuestra unión pierda su razón de ser fundacional: la primacía del diálogo y el acuerdo ante la agresión y la fuerza. Una razón de ser que, en mi opinión, no es incompatible con que nos dotemos de armamentos y ejércitos en común que disuadan a las bestias de agredirnos.

Pobre Europa, tan llena de colaboracionistas que aspiran a repetir con Trump el vasallaje ante Hitler de los Quisling, Pétain y Ante Pavelic. Uno hasta puede imaginarse a Isabel Díaz Ayuso pidiéndole al emperador que acepte a la Comunidad de Madrid como el quincuagésimo primero de los Estados de las barras y estrellas. Y a Abascal rogándole que le nombre su gauleiter en Madrid.

Es muy probable que ustedes ya lo sepan: de todas las muestras de admiración por la actitud de España en esta guerra pornográficamente ilegal y cruel, las más entusiastas proceden de Turquía. Muchas en forma de videos creados con Inteligencia Artificial en los que nuestro país es representado por un toro y el suyo por un lobo. Los turcos no tienen por qué conocer nuestros debates internos sobre los signos patrios, así que los colores españoles en estos videos son los de la bandera rojigualda.

Soy republicano y prefiero la enseña tricolor a la rojigualda, pero si tantas gentes de buena fe del resto del mundo nos identifican con la segunda, lo acepto de buen grado. Ya lo hice cuando La Roja ganó el Mundial de Fútbol de Suráfrica y ya lo había hecho antes, cuando acompañaba a Zapatero en viajes internacionales. Incorporo la rojigualda a mi sala de banderas junto a la tricolor de mis abuelos, la europea de las doce estrellas doradas, la verdiblanca de Blas Infante, las sufridas ikurriña y cuatribarrada, la portuguesa de mi primera novia, la de la media luna turca y, por supuesto, la de las tibias y la carabela del pirata cojo de Sabina.

Las derechas carpetovetónicas no se dan cuenta de la cagada que supone dejarnos a los progresistas la dignidad, el patriotismo y la bandera. No deberíamos desaprovecharlo.