Dijo Alfredo Pérez Rubalcaba que en España se entierra muy bien. Hasta eso, que suponía admitir que tratamos mejor a los muertos que a los vivos, ha dejado de ser cierto. La causa es eso que llamamos polarización en un ejercicio hipócrita de equidistancia, y que en realidad es el populismo de derechas empujándonos continuamente al fango. Isabel Díaz Ayuso, cuyo leitmotiv en política es “si no soy la protagonista, me aburro”, ha organizado un funeral en la (horrenda) catedral de la Almudena en homenaje a las víctimas de la tragedia de Adamuz, y nos lo ha puesto en la agenda dos días antes del funeral de Estado acordado por Pedro Sánchez y Juanma Moreno Bonilla que se celebrará en Huelva, donde residían 27 de los 45 fallecidos.
La excusa es doble: por un lado, Madrid es España dentro de España y el resto es periferia: lo que no ocurre dentro de la M-30 no existe o no importa. Por otro, el funeral de estado es laico y Ayuso, otrora atea y convertida al catolicismo como un escalón más de su carrera política (a la manera de JD Vance) es más papista que el Papa. Ella opina que Dios existe y es cristiano, de derechas, trumpista y ha de estar presente en cualquier manifestación social, cultural y patriótica del hemisferio occidental. Como dijo Trump en un video grabado para la marcha antiaborto celebrada esta semana en Washington: “Hemos traído a Dios de vuelta”. Suena a secuestro, como el del pequeño Liam (cinco años, gorro azul, chaqueta de cuadros, mochila de Spiderman) a manos de la fuerza paramilitar de Trump, ICE. Apropiación indebida de Jesús para convertirlo en MAGA Jesús.
En España, cada familia entierra y recuerda a sus muertos como desea porque estamos en un Estado en el que se garantiza la libertad religiosa. Pero España es un estado aconfesional, precisamente para garantizar el derecho mencionado en la frase anterior. Como el diablo está en los detalles y Dios en todas partes, el mismo día del funeral de Ayuso, el 29 de enero, Moreno Bonilla asistirá a una misa funeral en la catedral de Huelva. Y aquí poca paz y mucha gloria.
Delphine Horvilleur publicó en 2022 un libro extraordinario, Vivir con nuestros muertos (Libros del Asteroide). La autora es la primera rabina de Francia y, como tal, ha oficiado muchos entierros. Entre ellos, el de Elsa Cayat, una víctima de la matanza de Charlie Hebdo, y el funeral de Estado de Simone Veil. Su alegato por la laicidad de los funerales, siendo ella rabina judía, es conmovedor: “La laicidad defiende que el espacio de nuestras vidas nunca se satura de convicciones y garantiza siempre un hueco vacío de certezas. Impide que una fe o una pertenencia acaparen todo el espacio. La laicidad es trascendencia. Afirma que siempre hay en ella un territorio más amplio que mi creencia, capaz de acoger la de otro que ha llegado a él para respirar”.
El homenaje laico a las víctimas nos representa a todos, creamos lo que creamos, porque nos recuerda que nuestras creencias no son hegemónicas y esto es, en realidad, una bendición. “Alegrarse de que bajo el sol haya suficiente espacio libre para que cada cual recobre el aliento”, en palabras de Horvilleur. Pero la derecha patriótica vendepatrias española ha decidido no dejarnos respirar ni en el peor de los momentos. Observaréis que no hablo de responsabilidades políticas o incluso penales que se desprendan del descarrilamiento de los trenes en Adamuz, sino del afán de protagonismo de algunos líderes políticos, del estrechamiento de la conversación pública y de la demonización de cualquier posibilidad de acuerdo.
Delphine Horvilleur dice en su libro que cuando nos enfrentamos a tragedias como la de Adamuz, la sociedad debe mantener la verticalidad que ha abandonado a los familiares de los muertos, encarnar la posibilidad de una estabilidad, la promesa de continuidad. No ser, con las muertes ajenas, los protagonistas ni los que derraman más lágrimas, sino los que nos confabulamos para que las familias de las víctimas, ahora hundidas, crean en la posibilidad de levantarse.