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Los migrantes de Ceuta que se quedaron fuera: “La playa no parece más vacía”
Opinión - 'El gran espectáculo de demoler la democracia', por Rosa María Artal

El gran espectáculo de demoler la democracia

18 de septiembre de 2026 22:07 h

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El día comienza, más bien sale de la noche, con centenares de personas corriendo hacia el puerto de Ceuta donde por fin -tras mes y medio a la intemperie- tendrán cama, duchas, alimentos y lugares donde estar a la espera de que se resuelva su situación. Se han hecho mal muchas cosas. Todos, no olvidemos a quienes se han esmerado por alimentar el caos para tumbar al Gobierno. Ver correr a todos esos migrantes hacia ese alivio, de todos modos, es una lección a la que muchos deberían atender. Los ceutíes también merecen recuperar su normalidad. El PP ha visto otra cosa. Ha visto anarquía y una nueva ocasión para lograr, por fin, echar a Pedro Sánchez. Luego hemos sabido que no cabían todos en los dos campamentos habilitados y unas 2.000 personas han quedado de nuevo fuera. Había motivos para correr y llegar a tiempo.

Algunos pues lo han calificado de caos, otros de avalancha, lo llamativo era ver a tanta gente correr, de noche aún, en busca de un refugio habitable. Impresiona.

El día comenzaba pues con un cierto alivio, pero a la vez con la certeza de que los peligros para la democracia crecen sin pausa. Me refiero, con esto, a personas decentes. ¿Qué ha pasado con la suspensión judicial, aun siendo temporal, de esa medida del gobierno por la denuncia de un sindicato de la policía? ¿Esto se va a quedar así? ¿Qué ocurre en el ministerio de Marlaska? Sobre la justicia ya sabemos que el grave error en origen fue acordar con el Partido Popular este Consejo General del Poder Judicial, cuando había otras opciones. El PP se la volvió a jugar al PSOE. ¿No escucharon Sánchez y Bolaños en su niñez y más allá la fábula de la rana y el escorpión? Hay que atender a la naturaleza de los escorpiones.

El PP lo ha vuelto a hacer con Ceuta, absolutamente en todos los niveles a los que tiene acceso. En el Parlamento europeo también. Tienen mano allí gracias al PPE que preside un elemento extremadamente afín al PP español como es el alemán Manfred Weber, secundado además por Dolors Monserrat. Está muy contento Feijóo porque han conseguido el apoyo de su grupo y de la ultraderecha que aloja a Vox, apenas nadie más. Han logrado calificar como “invasión” lo ocurrido en Ceuta y han zumbado -un poco- al gobierno de España. El espectáculo cuenta.

Es eso y cada día más evidente. El espectáculo influye poderosamente en esta sociedad que cada vez parece más suspendida de la nada. Emocionalmente, porque la realidad sigue existiendo con personas que corren a poder ducharse y tumbarse en una cama. Y también con las necesidades reales de millones de ciudadanos que creen vivir en sociedad y contar con unos políticos que se cuidan de lo esencial. Lo de Ceuta ha sido un regalo para el PP y lo exprime al máximo. Lo inhumano del asunto no parece representarles un problema.

En este tipo de espectáculos, de trascendencia social, hay que distinguir los trucos y saber cuándo estamos ante una sesión única o se trata de una saga. La corrupción del PP, por ejemplo, es saga. Y lo es a todos los niveles y largamente demostrada. Ha habido muchos casos en el PSOE pero es incomparable la magnitud.

Y, para fallos, los de la Comunidad de Ayuso como paradigma de gran parte de las demás. Lo del ático apesta. Por los millones de dinero público invertido, pero, tanto o más, por el cúmulo de mentiras desplegadas para tapar la evidencia de ese abuso, cuando hay tanto por hacer para los ciudadanos. En todos los aspectos. En la salud. Es lo primero, al ser vital. Con numerosas pruebas encima de la mesa, esta gente que preside Madrid sigue negando que en el Hospital Ramón y Cajal alteraron voluntariamente la urgencia de los diagnósticos y 57 personas vieron pospuestas sus operaciones. El PP de Madrid ha seguido su viejo manual: negar los hechos e intentar destruir al denunciante. No es la primera vez, ya conocemos la táctica y el viacrucis de quienes lo sufren.

Inmersa en esa vorágine que intenta capear con ayuda de sus colaboradores, Ayuso acude a la estrategia que mejor domina: el espectáculo precisamente. Toda España sabe ya del “bulo del culo” o el “chao pescao”, herederos del “hijo de fruta” trucado para el presidente Sánchez. Subiendo la potencia de la vulgaridad, acapara titulares, tertulias, charlas de fans y de detractores. Y distrae del dichoso ático, y del trucaje de las listas de espera que atentan directamente a la salud de los ciudadanos que ese gobierno debe cuidar.

Está comprobado que el truco funciona -ahí tienen a Donald Trump-, pero es que millones de personas participamos de él. Al emitir o tragarse esa lluvia de bengalas políticas y mediáticas que descuidan la atención de lo importante. Hasta con titulares engañosos, supuestamente irónicos, que no dan lo que ofrecen, pero hacen clicar en ellos. Participamos incluso con nuestra propia indignación ante las versiones radiadas, televisadas, escritas, comentadas, que nos desvian del camino a seguir si se quieren buscar soluciones.

Conviene recordar al menos que todo esto tiene consecuencias. En la salud, en las listas de espera reales, en las carencias consecuentes a cómo se invierte el dinero de nuestros impuestos… en la laxitud moral que se está extendiendo como mar de aceite. Y en la violencia de afines y detractores que asisten sin más desde el patio de butacas virtual.

La justicia, decíamos. Más de 25 años, ¡un cuarto de siglo!, para investigar y juzgar el Caso Tándem, con grabaciones de la vicepresidenta Cospedal maniobrando con Villarejo (de 2013 y 2014) y con conocimiento del presidente Rajoy, para destruir pruebas de corrupción del PP. Un juez, García-Castellón, pasó de largo por ellas. Imaginen estas tácticas mafiosas a diario en portadas y tertulias… durante al menos la década que se han prolongado las fases de la vista del proceso en sus numerosas piezas. Pero la llamada justicia en España tiene sus tiempos. Y sus jueces. El mismo de Tándem, por cierto, persiguió sin pruebas -según se vio en los sobreseimientos- a miembros de Podemos. La opinión social se nutre de estos espectáculos y tiene repercusiones. Como colofón, un juzgado condenó a Ione Belarra a indemnizar con 9.000 euros al juez García-Castellón por llamarle prevaricador. Argumentaron que le había causado daño moral.

Con la imagen de los migrantes corriendo hacia un refugio más humano, sigues viendo cómo Ceuta se ha convertido en un reclamo publicitario de primer nivel. Hasta mezclando el fútbol, el eterno opio del pueblo. Y te enteras de que, además de visitas de postín como Florentino Pérez, han organizado otro cisco con camisetas de apoyo a la ciudad autónoma. Las puso en marcha un tal Vicente Boluda, naviero con intereses en Marruecos -cuenta Infolibre- que “apuesta desde hace años por Feijóo, tiene a sueldo a Felipe González y posee el 7% de la COPE, la segunda cadena de radio de España”. “Todos familia” que se dice, y el personal en la sala de butacas virtual, ni olerlo.  

Grandes son las ramificaciones de este gran show que sorbe el seso de tantas personas aquí y en buena parte del mundo. A su costa. En su perjuicio. En el de la mayoría, en realidad. Quizás podríamos al menos imaginar el verdadero espectáculo que coloque a sus directores, actores, músicos, tramoyistas, todos corriendo hacia una playa donde les aguardan como descanso camas y duchas para vivirlas en colectividad. Piensen por un momento en todos esos jueces citados, y en Marlaska, Feijóo, Weber, Ayuso (con su MAR y su Marhuenda para que nos cuente la vestimenta fetiche con la que corre), agitadores mediáticos varios, Cospedal, Rajoy, empresarios sin sombrilla, Bolaños, Felipe González, ¿por qué no? Habría que traer a Trump que está en todas partes. Pensaba incluir la maldad israelí pero es demasiado, porque se trata de verlos correr para intentar descansar, ponerlos en el lugar de otras personas que sufren, no de sadismo.

Lo peor, si cabe, es el fin último al que nos dirigimos: la cosa parece ir de demoler la democracia y el trabajo está ya bastante avanzado. Algo habrá que hacer, creo.