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OPINIÓN | 'Los NOES a las guerras, por Antonio Maestre

La guerra de Israel

7 de marzo de 2026 22:37 h

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La propaganda sionista, la hasbará, no era del todo descabellada en 1948, cuando se creó Israel, y en los años siguientes. Dejando al margen la cuestión palestina, y eso es dejar mucho al margen, era cierto que Israel estaba rodeado por países que deseaban su destrucción. E Israel era, ciertamente, la única democracia laica y parlamentaria de Oriente Próximo.

Han pasado muchos años. Israel es, desde hace al menos medio siglo, la única potencia nuclear de la región, y su ejército ostenta una superioridad abrumadora sobre cualquiera de sus vecinos.

Unos vecinos que, por otra parte, ya no desean su destrucción. Israel mantiene estrechas relaciones diplomáticas, militares y económicas con Egipto y Jordania. Comercia con Arabia Saudí, que exige como única condición para normalizar la relación (una condición que estaba a punto de retirarse cuando la guerra de Gaza detuvo las conversaciones) es el reconocimiento formal de un Estado palestino. Queda como “enemigo” el pobre y desgarrado Líbano, que, pese a la decadencia de Hezbolá, vuelve a ser masivamente bombardeado. Y el Irán de los ayatolás, evidentemente.

La hasbará, que invierte fortunas en reclutar propagandistas y manipular las redes sociales, sigue sin embargo presentando a Israel como una víctima, como un país bajo permanente amenaza existencial, como una pequeña democracia valiente y digna. Se trata de un relato grotescamente falso. Puro terraplanismo. Pero aún hay quien se lo cree. Y, peor aún, hay aún quien dice creérselo sin cobrar por ello.

Israel está en manos de un aventurero corrupto, Benjamin Netanyahu, que ya era trumpista cuando Donald Trump se limitaba a protagonizar “realities” en televisión, y una coalición teocrática de ultraderechistas e imperialistas. Gran parte de la sociedad israelí ha acabado creyéndose su propia propaganda.

Cabe reconocer que Israel sigue rodeado de regímenes infames (no enemigos) y que, mientras mantenga una conciencia crítica (desde los periodistas de Haaretz hasta los ex soldados de 'Breaking the Silence', pasando por los miles de ciudadanos que se oponen a la guerra) podrá seguir luciendo la etiqueta democrática.

La guerra contra Irán, según reconoce la propia administración estadounidense, es una guerra de Israel. El objetivo de Netanyahu consiste en destruir Irán para asegurarse la hegemonía absoluta. Vale. Mientras, sigue expandiendo sus colonias, martirizando a los palestinos de Cisjordania y bombardeando Gaza, porque el objetivo, desde siempre, es el Gran Israel desde el Jordán hasta el mar. Vale. Y bombardea el sur del Líbano, fuerzas de la ONU incluidas, porque puede permitírselo: el mundo, libaneses incluidos, ya se ha acostumbrado.

El gobierno israelí, respaldado por la mayoría de la sociedad israelí, está dispuesto a destruir lo que sea. Ahora cuenta con un presidente de Estados Unidos completamente entregado, por la razón que sea. El propio Netanyahu lo reconoce: “Hemos esperado cincuenta años a que llegara un presidente como este”. Pues ya lo tienen. El resultado está a la vista.

¿Alguien se atreverá algún día a fijar un límite a los desmanes israelíes? ¿Caerá algún día esta patraña de la superpotencia disfrazada de víctima? ¿Hasta dónde debe llegar tanto frenesí destructivo?