Menos igualdad en el Madrid de Ayuso
El 8 de marzo de 2018 cayó en jueves y no fui a trabajar. Aquel día me sumé a la huelga feminista convocada en toda España: 400 marchas en 200 ciudades y pueblos sacaron a millones de mujeres y hombres a la calle con el lema Si nosotras paramos, se para el mundo. Recuerdo marchar por aquel Madrid de hace 8 años, en el marzo más feminista de una ciudad que siempre fue alegre y desordenada y acogedora para cualquiera que no encontrara su sitio o quisiera un segundo hogar. El 8M, como el Orgullo, se celebraban a lo grande por gentes muy diversas, porque quedaba por hacer pero nadie dudaba de que había que hacerlo, y hacerlo todos juntos. Tenía aquello hasta un punto marketiniano, porque empresas e instituciones se unían con entusiasmo a las reivindicaciones de las mujeres contra la violencia de género o la brecha salarial.
Por aquellas fechas de 2018, el comediante y escritor Michael Ian Black, que llevaba tiempo dándole vueltas a la masculinidad, escribió en The New York Times un artículo titulado The Boys Are Not All Right (Los chicos no están bien) en el que apuntaba que ellos se estaban quedando atrás respecto a sus compañeras femeninas en estudios, acceso a la universidad y otras áreas debido a su confusión sobre un mundo más igualitario que cuestionaba los roles masculinos tradicionales. Michael Ian Black sugería a los muchachos apoyarse en el feminismo como las mujeres nos apoyábamos en los derechos civiles, un camino que se quedó sin explorar porque buena parte de ellos decidió emprender el camino contrario, que ha culminado en este 8M de 2026: el desplome del apoyo al feminismo entre los varones (y un número no desdeñable de chicas), según datos del Barómetro Juventud y Género 2025 de FAD.
En 2026, la chavalada ha dejado de ser feminista, podría ser la conclusión más fatalista, aunque por otra parte son menos machistas que generaciones anteriores. ¿Hemos cumplido el viejo sueño cuñado de no ser ni machista ni feminista? Antes de entonar un “ñiñiñi”, recordemos las recurrentes quejas masculinas, que también son ciertas: en la mayoría de los países occidentales, los hombres asisten y se gradúan en la universidad en tasas más bajas que en el pasado, y más bajas que las mujeres. Un mayor porcentaje de hombres jóvenes están desempleados o percibiendo sueldos insuficientes para tener una vida independiente. Los hombres sufren en mayor número lo que los economistas Anne Case y Angus Deaton denominan “deaths of despair” (muertes por desesperación) para describir la mortalidad por suicidio, sobredosis o enfermedades derivadas de las adicciones.
Todos estos factores son reales y también han contribuido a la creación de la manosfera y de una floreciente industria de expertos de la masculinidad moderna: hay podcasts, libros y artículos a paladas sobre este tema, que se resume en que la economía y la cultura actuales, con ayuda del feminismo, han destruido el sentido de propósito e identidad masculinos. Los chicos están rotos. Se olvida siempre que las chicas tienen mayores problemas de autoestima, ansiedad y depresión, que intentan suicidarse más que los hombres pero usan medios menos letales y fallan más, y que aunque son mayoría en la universidad, también lo son en trabajos asociados a los cuidados y siguen siendo minoría en puestos directivos y ejecutivos bien remunerados.
Muchas mujeres no pueden perder el tiempo afirmando su rol en la sociedad o cuestionándose su feminidad sencillamente porque tienen mucho que estudiar, mucho que trabajar, muchas tareas en casa o con los hijos, tareas que hay que hacer y muchas veces solo hacen ellas. Chicos y chicas no van por carriles diferentes, pero ellas están más preparadas para los fracasos y son más resistentes a la frustración inherente al paso a la edad adulta, cuando tienes que construir desde cero una vida significativa, estable y rica. Y esto no es fácil para nadie en un panorama dominado por la escasez de viviendas asequibles, trabajos precarios y crisis del Estado del bienestar. El feminismo, como movimiento que lucha contra la desigualdad y por los derechos, sufre su mayor crisis cuando más lo necesitamos.
Vuelvo a Madrid, el Madrid de Ayuso, la lideresa que nos insta a pasear solas y borrachas por Kabul, y observo como en ningún otro lugar la derrota del feminismo como narrativa (no como realidad). La presidenta de la Comunidad de Madrid solo apela al feminismo cuando recibe críticas y para atacar a la oposición, y sus votantes la imitan con pasión. Aquí los chicos no están rotos, lo que está roto es el espíritu colectivo de la ciudad, las redes de apoyo, la unión ciudadana contra la explotación, la desigualdad y la precariedad. Todos ellos temas presentes en el feminismo de todos que celebramos el 8M de 2018 por las mismas calles del centro de Madrid de las que se ha expulsado a la clase trabajadora, y en las que las nuevas élites practican el barre, toman matcha y cócteles en las azoteas y se apuntan a la moda de los clubs privados. Este fin de semana de tradicional celebración feminista, Iñigo Onieva, aka marido de Tamara Falcó y yerno de Isabel Preysler, inauguraba su exclusivo club privado, el Vega Members Club, situado en la calle Lagasca, kilómetro cero del pijerío madrileño. Para entrar, hay que apoquinar 15.000 euros y solo admitirá a 500 miembros. La suma de todas y todos se ha sustituido en Madrid por la exclusividad de unos pocos: el tamarismo ha triunfado sobre el feminismo. Así nos va.