De qué habla Netanyahu cuando se refiere al ‘Gran Israel’ y por qué es mucho más que expansión territorial
Aún quedan muchas incógnitas por despejar en torno al futuro y fragilidad de la tregua acordada en la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán. Pero una cosa sigue hoy tan clara como el primer día de la guerra, hace seis semanas: Donald Trump no tiene ningún plan; Benjamín Netanyahu, sí.
El objetivo bélico de Israel era debilitar al máximo la capacidad del Estado iraní. Antes que un cambio de régimen, lo que buscaba era una implosión de la estructura estatal. Incluso durante el alto el fuego, Netanyahu insiste en recordar que “no es el final de la campaña” y que Israel tiene “el dedo en el gatillo”, listo para reanudar el combate. Como estratega experimentado que es, aprovecha la inestabilidad geopolítica de la segunda Administración Trump para alcanzar su objetivo final: el Gran Israel.
Cuando es invocado por la derecha israelí, el concepto del Gran Israel suele tener un significado puramente territorial: incorporar los territorios que Israel reclama como propios. Después de todo, Israel ha sido expansionista desde sus inicios, con el desalojo y desplazamiento de los palestinos. Este proceso se ha acelerado de manera considerable en la actualidad.
Sería un error reducir las declaraciones sobre un Gran Israel hegemónico a una exageración típica de tiempos de guerra
En los últimos dos años y medio, Israel ha arrasado y reconquistado Gaza, devastando su infraestructura civil y matando a decenas de miles de personas. Según una estimación de 2025, Israel ha confinado a toda la población de Gaza a apenas el 12% de una franja de tierra que ya de por sí era minúscula. En Cisjordania ocupada, la campaña de desplazamiento de los palestinos, la destrucción de sus propiedades y la expansión de los asentamientos de colonos es ya la más importante desde la Guerra de los Seis Días en 1967.
Tras la caída en 2024 del presidente Bashar al Asad, Israel se apoderó de nuevos territorios en Siria más allá de los Altos del Golán que ya se había anexionado ilegalmente antes. Ahora mismo está tratando de reconstituir una zona de ocupación en el sur del Líbano, con parlamentarios del Likud y ministros de la coalición gobernante abogando abiertamente por soberanía israelí y asentamientos en zonas del Líbano. Bezalel Smotrich, ministro de Finanzas y miembro del Partido Sionista Religioso, ha pedido que Israel “se expanda hasta Damasco”. El propio Netanyahu ha dicho sentirse “muy conectado” con esa visión territorial del Gran Israel.
Pero el Gran Israel es tanto un concepto territorial como geopolítico y estratégico. En muchos aspectos, la incorporación y el control de territorio es la parte más fácil y evidente. Netanyahu está detrás de algo más ambicioso y sofisticado que simplemente controlar el territorio: un proyecto de dominio con nuevas alianzas y un poder duro respaldándolo todo. Para comprenderlo, debemos remontarnos a lo ocurrido hace unos años, cuando los intentos de integración regional israelí, normalizando sus relaciones con los vecinos árabes, se estancaron a la misma velocidad a la que se evidenció la crueldad de la respuesta israelí en Gaza tras los terribles crímenes contra los israelíes del 7 de octubre.
Netanyahu se enfrentó entonces a una disyuntiva: reanudar los esfuerzos de normalización regional y adoptar un enfoque más conciliador con los palestinos o redoblar la negación de un futuro para los palestinos en un juego de suma cero. Netanyahu optó por la segunda opción, y eso convirtió en una necesidad la eliminación de Irán como contrapeso de poder regional, para lo que haría falta una intervención militar directa y a gran escala de Estados Unidos con Israel.
Desde el punto de vista de los principales países suníes de la región, el derrocamiento o debilitamiento significativo de Irán consolidaría el estatus de Israel como “potencia regional dominante”, escribieron dos influyentes veteranos del mundo de la seguridad israelí días antes de la guerra en un artículo para el Instituto de Estrategia y Seguridad de Jerusalén.
Para lograr ese estatus, no bastaba con derrumbar a Irán. En simultáneo había que debilitar a los Estados del Consejo de Cooperación del Golfo (CCEAG): Baréin, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Omán y Arabia Saudí, volviéndolos dependientes de Israel para su seguridad y rutas de exportación de hidrocarburos. Dicho de otro modo, los drones y misiles iraníes contra los países del Golfo no sería una consecuencia indeseada de la guerra sino, un efecto buscado desde el principio por Israel.
Como era de esperar, la llegada de los hidrocarburos de estos países a los mercados mundiales por el estrecho de Ormuz se ha visto gravemente perjudicada desde que Israel y Estados Unidos iniciaron la guerra. Cuando Israel intensificó el conflicto atacando infraestructuras energéticas iraníes, Irán cumplió con su amenaza y respondió lanzando ataques similares contra los países del Golfo. Netanyahu aprovechó entonces para hablar de “rutas alternativas que sustituyeran a los cuellos de botella del estrecho de Ormuz y del estrecho de Bab el Mandeb” y de “oleoductos y gasoductos que atraviesen hacia el oeste la Península Arábiga hasta Israel”. “Hasta nuestros puertos del Mediterráneo”, dijo.
En sus declaraciones públicas, Netanyahu ha ido desgranando algunos de los puntos de su proyecto hegemónico del Gran Israel. Apenas unos días antes del inicio de esta guerra habló en Israel junto al primer ministro indio, Narendra Modi, sobre su idea de “crear todo un sistema, esencialmente una especie de hexágono de alianzas alrededor o dentro de Oriente Medio”, que incluya a “la India, a las naciones árabes, a las naciones africanas, a las naciones mediterráneas (Chipre y Grecia) y a las naciones de Asia”. Israel sería un punto nodal estratégico de dicha alianza.
Dos altos cargos del Instituto Oficial de Estrategia de las Fuerzas de Defensa de Israel publicaron hace poco un artículo en hebreo que ayudaba a ver el cuadro completo. El Ejército de Israel no solo conquistaría territorio directamente, sino que también lograría “el control operativo sin ocupar ni mantener el territorio, incluso en zonas alejadas de las fronteras de Israel”, escribieron. Al país se le concedería “un estatus superior, a modo de ‘reina’ de la selva”, estableciendo “un orden regional que promueva los intereses de Israel” (en el discurso político israelí, es frecuente escuchar ‘la selva’ como sinónimo del resto de Oriente Medio).
En discursos recientes, Netanyahu ha comenzado a referirse a Israel no solo como una “superpotencia regional”, sino como “una superpotencia mundial en algunos aspectos”. El objetivo es colocarse en el centro de una alianza regional capaz de mantenerse incluso si se reduce el poder de EEUU. La promesa de Netanyahu es desplegar esa alianza hexagonal contra el “eje chií radical y contra el emergente eje suní radical”. Israel tampoco ha dudado en señalar la próxima “amenaza” a enfrentar: Turquía.
A juzgar por la política israelí reciente, sería un error reducir las declaraciones sobre un Gran Israel hegemónico a una exageración típica de tiempos de guerra. La orientación bélica está profundamente arraigada en la clase política israelí, tanto en el Gobierno como en la oposición, así como en el establishment de la seguridad, en la élite de la nueva derecha y en los medios de comunicación.
Pero esta forma de pensar lleva en su seno el riesgo gigantesco de extralimitarse y de sufrir repercusiones negativas. Representa un peligro para el propio Israel y es algo que la región no aceptará. Disuadir y contener este proyecto del Gran Israel hegemónico tal vez sea uno de los desafíos más importantes en la larga lista de tareas para la posguerra.
Traducción de Francisco de Zárate
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