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ANÁLISIS

La agenda energética oculta de Israel en el Golfo

Refinería de petróleo de Haifa, en el norte de Israel.
21 de marzo de 2026 21:47 h

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EEUU e Israel lanzaron hace tres semanas su guerra contra Irán con el asesinato de Alí Jamenei, la máxima autoridad política del país, y medio centenar de cargos militares, entre ellos el ministro de Defensa y el máximo responsable de la Guardia Revolucionaria, con el propósito de descabezar al régimen y provocar su colapso. Donald Trump y Benjamin Netanyahu confiaban en que el régimen se desmoronase como un castillo de naipes en tan solo unos días. También realizaron llamamientos para que la población tomase las calles y las milicias kurdas se levantasen para derrocar el régimen autoritario.

Ninguno de estos supuestos se ha materializado. Aunque malherido, el régimen mantiene su cohesión pese a los golpes que ha sufrido y que han diezmado la cadena de mando. Por ahora no hay rastro de un levantamiento popular, a pesar de que el primer ministro israelí no deja pasar ninguna ocasión para reclamar que los iraníes se movilicen para dar el golpe de gracia a un régimen que presenta más debilitado de lo que realmente está.

La supuesta entrada en acción de las milicias kurdas también parece haber sido otro globo sonda de esta guerra que no solo se libra en las trincheras, sino también en el terreno de la propaganda. El último conejo que Trump se ha sacado de la chistera —el envío de tropas al estrecho de Ormuz o la captura de la isla de Jarg— parece también una cortina de humo para tapar la ausencia de una estrategia clara.

Mientras Netanyahu afirma haber destruido el 80% de las rampas de lanzamiento de misiles iraníes, Israel sigue sufriendo, día tras día, la caída de una lluvia de misiles sobre su territorio sin que el escudo de la Cúpula de Hierro sea capaz de interceptarlos en su totalidad. Tan solo el viernes, lanzó ocho oleadas de ataques que demuestran que Irán todavía mantiene su capacidad balística, a pesar de las pérdidas sufridas en las últimas semanas. En uno de ellos, la refinería de Haifa resultó dañada, lo que mostró que Irán también puede golpear las infraestructuras energéticas de su enemigo.

Redirigir rutas energéticas

Tres semanas desde el inicio de la guerra ha tardado Benjamin Netanyahu en esgrimir el objetivo oculto de su campaña militar. Si hasta ahora había repetido hasta la saciedad que los principales propósitos eran destruir el programa nuclear iraní, eliminar los misiles balísticos y derrocar al régimen, ahora ha añadido uno nuevo: redirigir las principales rutas energéticas y comerciales de la región para que Israel se convierta en un nodo logístico clave en el transporte de hidrocarburos y mercancías entre Asia y Europa.

En su segunda rueda de prensa tras el inicio de la guerra, el primer ministro israelí tuvo lo que muchos han catalogado como un lapsus linguae al reclamar un nuevo trazado para los oleoductos y gaseoductos de Oriente Medio que pase obligatoriamente por Israel: “En lugar de tener que pasar por los estrechos de Ormuz y Bab el Mandeb para que fluya el petróleo, bastaría con construir oleoductos y gasoductos que atraviesen la península arábiga hacia el oeste, hasta Israel, hasta nuestros puertos del Mediterráneo, y así se eliminarían los cuellos de botella para siempre”.

En este punto merece la pena detenerse en tres cuestiones centrales. En primer lugar, debe recordarse que Israel ya dispone de importantes recursos gasísticos que le permiten no solo hacer frente a la demanda interna, sino también exportar sus excedentes a Egipto y Jordania, los únicos dos países vecinos con los que ha firmado tratados de paz, en 1979 y 1994 respectivamente.

El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu.

Se calcula que sus reservas superan los 1,1 billones de metros cúbicos de gas natural (muy lejos de los 26,85 billones de Irán o los 25,63 billones de Qatar), concentrados en los yacimientos de Tamar y Leviatán. Se trata tan solo de una mínima parte de las reservas existentes en el Mediterráneo oriental, que comparte con Egipto, Líbano, Siria y la Autoridad Palestina. Las aguas territoriales palestinas en la Franja de Gaza albergan el yacimiento de Gaza Marine, hecho que explica la magnitud de la destrucción del enclave palestino y el intento de expulsar a su población para apoderarse de dichos recursos.

En segundo lugar, Israel pretende aprovechar sus reservas de gas para convertirse en uno de los principales proveedores de los países mediterráneos por medio de la construcción del gaseoducto EastMed en el que participan Grecia y Chipre y al que podría sumarse también Italia. El objetivo sería intensificar la interdependencia energética entre dichos países y consagrar a Israel como alternativa energética, en un momento en que Europa busca diversificar sus suministros y disminuir su exposición a Rusia.

Para ello es imprescindible torpedear otros proyectos gasísticos que puedan rivalizar con el EastMed promovido por Israel. De ahí que no nos sorprenda el ataque contra el yacimiento de South Pars iraní, interconectado con el North Field catarí, que produce un 20% del gas licuado del mundo. A principios de siglo, Qatar intentó promover la construcción de un gaseoducto a través de la península arábiga que llevase su petróleo hasta el Mediterráneo tras atravesar territorios saudíes, jordanos y sirios, proyecto que fue saboteado por Rusia.

En tercer lugar, Israel también apuesta por convertirse en un nodo logístico que conecte el subcontinente indio con Europa a través de Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí, Jordania e Israel en el marco del ambicioso proyecto del Corredor Económico India-Oriente Medio-Europa, concebido como una alternativa a la Iniciativa de la Franja y de la Ruta promovida por China. Si bien es cierto que la puesta en marcha de esta ruta reduciría notablemente los tiempos de transporte, también lo es que requiere un clima de estabilidad en una región que parece instalada en la volatilidad permanente. También requeriría la plena normalización de relaciones entre Israel y Arabia Saudí, lo que no parece posible mientras Netanyahu pretenda imponer por la fuerza de las armas su proyecto del Gran Israel.

El trofeo

Es un secreto a voces que Israel pretende aprovechar su abrumadora supremacía militar y el respaldo incondicional de la Administración Trump para imponer su hegemonía al conjunto de Oriente Medio. El primer paso es redibujar las fronteras de la región al interpretar que el trazado de Sykes-Picot, un siglo atrás, ha quedado obsoleto y no refleja la actual distribución de fuerzas. Netanyahu considera factible aprovechar la manifiesta debilidad de la parte palestina para impulsar la anexión, de facto o de iure, de la Franja de Gaza y Cisjordania desalojando, parcial o totalmente, a su población por medio de la limpieza étnica.

El sur libanés es un trofeo perseguido desde tiempos inmemoriales por el movimiento sionista, que ya en la Conferencia de París de 1919 reclamó todo el territorio al sur del río Litani, cuya zona marítima comprende el yacimiento de gas de Qana

No solo eso, sino que Netanyahu considera factible ir más allá, como demuestra su ofensiva contra el sur libanés, un trofeo perseguido desde tiempos inmemoriales por el movimiento sionista, que ya en la Conferencia de París de 1919 reclamó todo el territorio al sur del río Litani, cuya zona marítima comprende el yacimiento de gas de Qana.

El hecho de que el ejército israelí esté aplicando en el territorio libanés el mismo manual de guerra que en Gaza dos años antes muestra hasta qué punto Netanyahu pretende aprovechar que el foco mediático se encuentra en el estrecho de Ormuz para vaciar de su población todo el territorio comprendido entre el río Litani y la frontera israelo-libanesa, así como destruir sus infraestructuras civiles para hacerla inhabitable.

El objetivo final sería establecer un Gran Israel entre el río Jordán y el mar Mediterráneo que también incluya el sur libanés y, cómo no, parte de Siria, ya que también se pretende desmilitarizar los territorios al sur de Damasco para facilitar la imposición de una tutela israelí sobre las zonas de mayoría drusa, donde ya operan milicias armadas y financiadas por Tel Aviv.

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