La madre estupenda

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Lo primero que veo es la fotografía de una mujer que se parece a una de las hermanas Kardashian con un bebé recién nacido en los brazos en una cama de hospital. Todo es tan blanco, tan limpio. El rostro de la mujer es hermoso: maquillaje perfecto, cejas perfiladas, eyeliner, labios rosados, una media sonrisa feliz. El bebé envuelto en su mantita como un burrito, con las carnes rojitas, recién salido del vientre. Todo es tan blanco, tan limpio, tan puro, que parece medido al milímetro, una pequeña ficción. Otro hijo Kardashian en el mundo, pienso, otra famosa más invisibilizando la realidad del posparto. La imagen se repite en mis redes sociales, se reproduce una vez tras otra en diferentes perfiles y, entonces, más allá del perfecto rostro de la mujer embutida en un impoluto chándal blanco, me paro a leer y descubro el escándalo: es un bebé comprado.

Toda esa naturalidad era fingida, al fin, un fingimiento pactado, totalmente ficticio. La imagen es una captura de un vídeo donde, ahora lo sé, Khloé Kardashian habla con su hermana Kim que la está grabando para su reality Las Kardashian. En Estados Unidos, el alquiler de vientres —solo con escribirlo tiemblo, es como estar en una distopía de Margaret Atwood— es legal. Khloé está haciendo algo completamente natural allí: sostener a su bebé en brazos mientras su hermana graba el momento para la posteridad. La imagen se viraliza, cruza un océano de bytes y llega hasta España donde no es una práctica legal, aunque miles de parejas decidan hacerlo en otros países como Ucrania —allí los vientres de alquiler son un auténtico negocio— o Estados Unidos.

Todo tenía que ser blanco, las sábanas y el atuendo y hasta el rostro de la madre estupenda con sus pómulos brillantes y aclarados por los polvos del maquillaje. Podemos ver que detrás de esa captura había un peluquero, un maquillador, un equipo de grabación, pero nada se sabe de la mujer que trajo al bebé que sostiene la Kardashian entre los brazos. No hay cuerpo ni rostro desencajado de dolor. No hay sangre. Y sigo leyendo, no dejo de darle vueltas a la fotografía, pienso en la otra mujer, la madre invisible. Antes de que el bebé nazca, las hermanas tienen una conversación delante de las cámaras: «Cuando llegue el bebé, será una bendición, pero el proceso de espera… esta mierda apesta», le dice Khloé a Kim. Y ella le confiesa, poniéndose en su lugar pues, de sus cuatro hijos, dos han sido comprados: “Creo que es como una sensación de distanciamiento porque cuando tienes un niño subrogado, tú no sientes el dolor, no sientes el movimiento del niño”.

Me imagino este momento en la vida de todas esas madres y padres estupendos que pagan cientos de miles de euros o dólares a una agencia para que les consiga un bebé como quien compra un coche de lujo. El capitalismo favorece que el deseo de algunos esté por encima de los derechos humanos. Si es legal, dirán por ahí, no hay nada de malo en ello. Poco sabemos de la realidad económica de esas mujeres que se hormonan, gestan y paren a un hijo que nunca criarán.

Kim recoge a su hermana porque “la madre gestante” se ha puesto de parto antes de tiempo y la lleva al hospital. Una mañana está sentada en el sofá y a las dos horas, tiene un bebé nuevecito en los brazos. Ni siquiera se ha arrugado el chándal. Llegan a la habitación y Kim se graba en el espejo del baño: “¡Hola! Estamos teniendo un bebé”. “Empuja. Más fuerte”, se oye decir al personal médico. El bebé nace, lo envuelven y lo colocan sobre la madre estupenda. El relato de este parto es más escalofriante que el que imaginó Atwood en El cuento de la criada. Todos los actores interpretan su papel con tanta naturalidad que no hay lugar para la culpa o la duda moral. La criada ni siquiera es una secundaria en esta historia.

En el prólogo de El cuento de la criada, Margaret Atwood escribe que nació en 1939 y que, por tanto, su conciencia se formó durante la Segunda Guerra Mundial. Desde muy pequeña supo que el orden establecido puede desvanecerse de la noche a la mañana. “Los cambios pueden ser rápidos como el rayo”, dice. “No se podía confiar en la frase: 'Esto aquí no puede pasar'. En determinadas circunstancias, puede pasar cualquier cosa en cualquier lugar”. La República de Gilead que creó Atwood se alza hoy en nuestro mundo sobre los fundamentos del capitalismo. La protagonista de su historia es anónima, nunca se llega a conocer su nombre, simplemente se la llama Offred (compuesto por el nombre de un hombre 'Fred' y el prefijo que denota posesión 'de'). Cuando le preguntan a Atwood por qué, ella lo tiene claro: “A lo largo de la historia mucha gente ha visto su nombre cambiado o simplemente ha desaparecido de la vista”.

Se acaba el capítulo y la madre que acaba de parir, la madre invisible, está en otra habitación, en otra cama, imagino, con las sábanas manchadas, con el cuerpo dolorido, desgarrada quizá, sola. Una madre anónima.

Lo primero que veo es la fotografía de una mujer que se parece a una de las hermanas Kardashian con un bebé recién nacido en los brazos en una cama de hospital. Todo es tan blanco, tan limpio. El rostro de la mujer es hermoso: maquillaje perfecto, cejas perfiladas, eyeliner, labios rosados, una media sonrisa feliz. El bebé envuelto en su mantita como un burrito, con las carnes rojitas, recién salido del vientre. Todo es tan blanco, tan limpio, tan puro, que parece medido al milímetro, una pequeña ficción. Otro hijo Kardashian en el mundo, pienso, otra famosa más invisibilizando la realidad del posparto. La imagen se repite en mis redes sociales, se reproduce una vez tras otra en diferentes perfiles y, entonces, más allá del perfecto rostro de la mujer embutida en un impoluto chándal blanco, me paro a leer y descubro el escándalo: es un bebé comprado.

Toda esa naturalidad era fingida, al fin, un fingimiento pactado, totalmente ficticio. La imagen es una captura de un vídeo donde, ahora lo sé, Khloé Kardashian habla con su hermana Kim que la está grabando para su reality Las Kardashian. En Estados Unidos, el alquiler de vientres —solo con escribirlo tiemblo, es como estar en una distopía de Margaret Atwood— es legal. Khloé está haciendo algo completamente natural allí: sostener a su bebé en brazos mientras su hermana graba el momento para la posteridad. La imagen se viraliza, cruza un océano de bytes y llega hasta España donde no es una práctica legal, aunque miles de parejas decidan hacerlo en otros países como Ucrania —allí los vientres de alquiler son un auténtico negocio— o Estados Unidos.

Todo tenía que ser blanco, las sábanas y el atuendo y hasta el rostro de la madre estupenda con sus pómulos brillantes y aclarados por los polvos del maquillaje. Podemos ver que detrás de esa captura había un peluquero, un maquillador, un equipo de grabación, pero nada se sabe de la mujer que trajo al bebé que sostiene la Kardashian entre los brazos. No hay cuerpo ni rostro desencajado de dolor. No hay sangre. Y sigo leyendo, no dejo de darle vueltas a la fotografía, pienso en la otra mujer, la madre invisible. Antes de que el bebé nazca, las hermanas tienen una conversación delante de las cámaras: «Cuando llegue el bebé, será una bendición, pero el proceso de espera… esta mierda apesta», le dice Khloé a Kim. Y ella le confiesa, poniéndose en su lugar pues, de sus cuatro hijos, dos han sido comprados: “Creo que es como una sensación de distanciamiento porque cuando tienes un niño subrogado, tú no sientes el dolor, no sientes el movimiento del niño”.

Me imagino este momento en la vida de todas esas madres y padres estupendos que pagan cientos de miles de euros o dólares a una agencia para que les consiga un bebé como quien compra un coche de lujo. El capitalismo favorece que el deseo de algunos esté por encima de los derechos humanos. Si es legal, dirán por ahí, no hay nada de malo en ello. Poco sabemos de la realidad económica de esas mujeres que se hormonan, gestan y paren a un hijo que nunca criarán.

Kim recoge a su hermana porque “la madre gestante” se ha puesto de parto antes de tiempo y la lleva al hospital. Una mañana está sentada en el sofá y a las dos horas, tiene un bebé nuevecito en los brazos. Ni siquiera se ha arrugado el chándal. Llegan a la habitación y Kim se graba en el espejo del baño: “¡Hola! Estamos teniendo un bebé”. “Empuja. Más fuerte”, se oye decir al personal médico. El bebé nace, lo envuelven y lo colocan sobre la madre estupenda. El relato de este parto es más escalofriante que el que imaginó Atwood en El cuento de la criada. Todos los actores interpretan su papel con tanta naturalidad que no hay lugar para la culpa o la duda moral. La criada ni siquiera es una secundaria en esta historia.

En el prólogo de El cuento de la criada, Margaret Atwood escribe que nació en 1939 y que, por tanto, su conciencia se formó durante la Segunda Guerra Mundial. Desde muy pequeña supo que el orden establecido puede desvanecerse de la noche a la mañana. “Los cambios pueden ser rápidos como el rayo”, dice. “No se podía confiar en la frase: 'Esto aquí no puede pasar'. En determinadas circunstancias, puede pasar cualquier cosa en cualquier lugar”. La República de Gilead que creó Atwood se alza hoy en nuestro mundo sobre los fundamentos del capitalismo. La protagonista de su historia es anónima, nunca se llega a conocer su nombre, simplemente se la llama Offred (compuesto por el nombre de un hombre 'Fred' y el prefijo que denota posesión 'de'). Cuando le preguntan a Atwood por qué, ella lo tiene claro: “A lo largo de la historia mucha gente ha visto su nombre cambiado o simplemente ha desaparecido de la vista”.

Se acaba el capítulo y la madre que acaba de parir, la madre invisible, está en otra habitación, en otra cama, imagino, con las sábanas manchadas, con el cuerpo dolorido, desgarrada quizá, sola. Una madre anónima.

Lo primero que veo es la fotografía de una mujer que se parece a una de las hermanas Kardashian con un bebé recién nacido en los brazos en una cama de hospital. Todo es tan blanco, tan limpio. El rostro de la mujer es hermoso: maquillaje perfecto, cejas perfiladas, eyeliner, labios rosados, una media sonrisa feliz. El bebé envuelto en su mantita como un burrito, con las carnes rojitas, recién salido del vientre. Todo es tan blanco, tan limpio, tan puro, que parece medido al milímetro, una pequeña ficción. Otro hijo Kardashian en el mundo, pienso, otra famosa más invisibilizando la realidad del posparto. La imagen se repite en mis redes sociales, se reproduce una vez tras otra en diferentes perfiles y, entonces, más allá del perfecto rostro de la mujer embutida en un impoluto chándal blanco, me paro a leer y descubro el escándalo: es un bebé comprado.

Toda esa naturalidad era fingida, al fin, un fingimiento pactado, totalmente ficticio. La imagen es una captura de un vídeo donde, ahora lo sé, Khloé Kardashian habla con su hermana Kim que la está grabando para su reality Las Kardashian. En Estados Unidos, el alquiler de vientres —solo con escribirlo tiemblo, es como estar en una distopía de Margaret Atwood— es legal. Khloé está haciendo algo completamente natural allí: sostener a su bebé en brazos mientras su hermana graba el momento para la posteridad. La imagen se viraliza, cruza un océano de bytes y llega hasta España donde no es una práctica legal, aunque miles de parejas decidan hacerlo en otros países como Ucrania —allí los vientres de alquiler son un auténtico negocio— o Estados Unidos.