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La mayor debilidad de Vox es irreversible

17 de abril de 2026 22:22 h

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Lo que está pasando en Vox es mucho más sencillo de lo que parece. Olvídense de un “colapso”, una balcanización, o incluso de una unidaspodemización del partido de Abascal, porque no va a ocurrir. Matizo: puede ocurrir, pero no es lo que va a ocurrir con mayor probabilidad. Lo que está por venir en Vox tiene dos caminos muy bien diferenciados y todo dependerá de si pretenden planear sobre el largo plazo o ejecutar un vuelo gallináceo para sacar a Sánchez del Gobierno en 2027.

En las últimas semanas han caído Javier Ortega Smith y José Ángel Antelo, entre otros. Esto forma parte de una estrategia en paralelo de Abascal para descabezar a las fuerzas locales y autonómicas del partido que pudieran convertirse eventualmente en barones como los que hay en el PP o en el PSOE; o sea, un esfuerzo dirigido a erigirse como única cabeza visible y plausible del partido. Con Ortega Smith y Antelo han caído también sus subordinados y seguidores a nivel autonómico y han sido reemplazados por gente más afín a la cúpula nacional; aquí es donde la mayoría de análisis, en mi opinión, caen en el error: no se trata tanto de una purga como de un castigo a la insumisión.

La estrategia de Vox de salirse de los gobiernos autonómicos en julio de 2024 les salió relativamente bien, porque consiguieron crecer electoralmente y demostrar a sus votantes que no iban a regalarle al PP las llaves de la gobernabilidad. Pero ocurre que cuando la política es espectáculo, hacer el mismo truco dos veces seguidas acaba aburriendo, aunque ese no es el problema. No el único, al menos, al que los ultraderechistas se enfrentan estos meses. En elDiario.es Murcia publicábamos hace unos días una pieza de investigación donde seguíamos la pista a Isidro Carrasco, portavoz de Vox en el municipio de Águilas, que, siendo edil de ese Ayuntamiento, había sido fichado también como asesor del Grupo Municipal de Vox en el Ayuntamiento de Cartagena. 

Tirando un poco del hilo de Carrasco, encontramos que, unos meses antes, había dado un puesto de libre adjudicación a la nuera de Carmen Menduiña, que a su vez es portavoz de Vox en Lorca y miembro del Comité Ejecutivo Provincial que dimitió en bloque para hacer caer a Antelo. Sé que puede parecer algo lioso, tanto nombre y tanto don nadie recolocado de aquí para allá como si Vox fuese una ETT, pero aquí viene la cuestión de fondo. Estos movimientos son, en esencia, una cadena de favores que se paga en forma de sueldos públicos; aunque sea cuestionable, no es ilegal, pero nos sirve para entender el motivo por el que en Vox está dimitiendo tanta gente, y que revela, además, su principal debilidad.

La estrategia de Vox de abandonar los gobiernos, ya sean autonómicos o municipales, más allá de su utilidad táctica (debilitar la posición de los populares), tiene un efecto colateral. Dicho en román paladino, estás pidiéndole a un mindundi del Ayuntamiento de, no sé, Retruécano del Caudillo, que renuncie a su puesto de concejal de festejos, fruto de las coaliciones con el PP y por el que le retribuyen treinta mil pavos anuales, únicamente por una cuestión de estrategia de partido. Y claro, aparecen los díscolos.

El PP -y el PSOE- se pueden permitir pedir a sus peones hacer estos sacrificios porque son partidos-empresa gigantescos y, si hoy te quito el sueldo del Ayuntamiento, mañana te pongo otro de asesor, te contrato en el partido, te llevo a Europa o ya veremos qué hacemos para no dejarte tirado. Vox, no puede. 

Aquí está el nudo gordiano. No tienen suficientes puestos, ni suficiente dinero, ni suficiente estructura para reciclar a todos los que sacrifican algo por el partido. Cuando pides a alguien que abandone un puesto remunerado en un Ayuntamiento, dejas de tener herramientas para mantenerlo leal. Y eso es exactamente lo que está sucediendo: los que se van no se van porque ideológicamente desacuerden con Abascal, sino porque Abascal les está pidiendo que renuncien a su fuente de ingresos sin poder ofrecerles nada a cambio. Sobre todo cuando son conscientes de que Abascal está vampirizando la economía del partido al completo. Son divorcios económicos, no políticos. 

La purga de Ortega Smith y Antelo, visto desde esta óptica, tiene otra lectura. No solo es un acto de centralización del poder, también es una respuesta desesperada a un problema existencial: si no elimina a los que tienen capacidad de cuidar de sus gentes iba a perder el control sobre las bases del partido. Mejor descabezarlos que permitir que florecieran como alternativas.

La ironía de todo esto es que Abascal ha elegido ganar en corto plazo mediante la centralización total de los recursos políticos para las elecciones de 2027 a costa de garantizar su derrota en el largo plazo. Ha sacrificado la estructura del partido por el control de las bases; ha intercambiado la durabilidad por la toma de poder inmediata. Si gana en 2027, tal vez la maniobra le merezca la pena. Pero si falla, cuando en 2027 vea que sus sacrificios no han servido, descubrirá que ha quemado todos los puentes que lo mantenían vivo. Y no va a ganar porque Feijóo no sabe por dónde le da el aire, y ellos han pasado demasiado tiempo a la sombra de Trump y de Israel. Vox habla de sí mismo como un partido que no tiene techo, cuyo movimiento social, su pendulazo, no tiene vuelta atrás, pero sí la tiene. La verdadera debilidad de Vox es estructural y es irreversible.