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Opinión - Quien tiene miedo muere a diario, por Lucía Taboada

Quien tiene miedo muere a diario

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En el extraordinario libro Quien tiene miedo muere a diario, Giuseppe Ayala, amigo íntimo de los magistrados Giovanni Falcone y Paolo Borsellino y representante de la Fiscalía en el primer maxiproceso contra los capos de Cosa Nostra, recoge una frase que Borsellino pronunció antes de ser asesinado por la mafia en 1992: “Quien tiene miedo muere a diario; quien no tiene miedo solo muere una vez”.

Sobre el miedo a morir de quienes viven amenazados por organizaciones mafiosas, cárteles de la droga o grupos terroristas se ha escrito mucha literatura, y algunos de quienes han tenido que aprender a convivir con una escolta, abandonar sus rutinas o desconfiar de cualquier movimiento extraño han contado también hasta qué punto una amenaza sostenida termina apoderándose de tu vida. “Hay otras cosas que me asustan. Más que morir, me da miedo que mi vida nunca vuelva a la normalidad. Me aterra más vivir así toda mi vida que morir”, escribió Roberto Saviano en The Guardian en 2015, después de llevar años viviendo entre las cuatro paredes de hoteles anónimos y desplazándose acompañado por siete guardaespaldas debido a las amenazas de la Camorra. “Hacer algo espontáneo, simplemente porque me apetece, sería ridículamente complicado”, decía.

Mucho menos se ha escrito, sin embargo, sobre el miedo constante de las mujeres amenazadas por sus parejas o exparejas. Sobre cómo se vive cuando quien te conoce mejor que casi nadie es también quien te amenaza; cuando sabes que una discusión puede convertirse en una paliza y una paliza, en algo definitivo; cuando tienes que interpretar mensajes, silencios, gestos y amenazas mientras intentas seguir adelante con tu vida, cuidar de tus hijos, conservar tu trabajo y mantener una apariencia de normalidad.

Laura Cruz sabía lo que era vivir así porque el 5 de agosto de 2025, a las 11.47 de la mañana, acudió a presentar la que sería su última denuncia contra Dámaso Fernández, exguardia civil, su expareja, padre de sus tres hijos y el hombre que había ejercido violencia contra ella durante años, y dejó ante los agentes que le tomaron declaración esta frase clarividente que recogía Isabel Valdés en su crónica en El País: “Debo aclarar por qué tengo tanto miedo a Dámaso, no le importa a quién llevarse por medio”.

El 17 de diciembre de 2025, cuando estaba próxima a extinguirse la orden de alejamiento que seguía vigente, la abogada de Laura solicitó una nueva orden de alejamiento y protección. Años antes, Dámaso Fernández la había agredido en el propio cuartel de Llanes, delante de sus hijos y de compañeros de ella. La Fiscalía consideró que no concurrían motivos suficientes para adoptar la nueva medida y esta no fue concedida. Tanto la fiscal como la jueza acababan de incorporarse y no conocían los pormenores de un caso que acumulaba años de violencia. Menos de ocho meses después, el miércoles 5 de agosto de 2026, Dámaso Fernández la asesinó en el cuartel de la Guardia Civil en el que trabaja tras robar el arma de un compañero.

Una mujer amenazada no pasa necesariamente las veinticuatro horas del día pensando que van a matarla. Y precisamente por eso una de las grandes incomprensiones que todavía rodean la violencia machista consiste en esperar que quien está en peligro se comporte permanentemente como alguien aterrorizado. Como si salir a cenar, viajar, subir una fotografía sonriendo a Instagram o empezar otra relación fueran pruebas de que el miedo no era tan grande y tan mal no estaría. Pero todos esos gestos cotidianos pueden contener el esfuerzo extraordinario de una mujer por conservar parcelas de una vida que su maltratador o exmaltratador intenta apropiarse mediante el miedo. Vivir bajo amenaza no significa dejar de vivir.

Pocas horas después de que Dámaso Fernández matara a Laura, otro hombre quebrantó la orden de alejamiento que tenía impuesta y asesinó a su expareja en la trastienda de un establecimiento de un centro comercial de Murcia. Al menos 13 mujeres han sido asesinadas por sus parejas o exparejas desde junio.

Dentro de poco se cumplirán treinta años del asesinato de Ana Orantes, la mujer de Cúllar Vega, Granada, que en diciembre de 1997 se sentó ante una cámara de televisión y relató décadas de malos tratos, humillaciones y miedo y que, trece días después, fue asesinada por su exmarido, que la roció con gasolina y la quemó viva. Sería muy injusto decir que desde Ana Orantes nada ha cambiado, pero hay días, y hay casos, en los que resulta más fácil ver los agujeros que sigue habiendo dentro del sistema que los avances.

Seguramente uno de los grandes problemas está en que seguimos considerando el miedo de estas mujeres como una emoción medida con meros indicadores y convertida en un determinado nivel de riesgo, cuando lo contiene todo porque quien ha convivido durante años con un agresor conoce el significado de sus silencios, de sus palabras, obsesiones y movimientos. Podríamos empezar por preguntarnos al fin cuánto peso le damos a la palabra de una mujer que conoce a su agresor y dice que tiene miedo, cuánto peso le concedemos cuando dice que esta vez teme que vaya a matarla.