El milagro de Vox se llama Feijóo
En el plan de acción que Gabriel Rufián ha propuesto este miércoles en Madrid, la pieza clave es que los partidos situados a la izquierda del PSOE consigan, unidos, impedir la victoria de Vox en cada provincia, separadamente. No es ningún artificio sin base. Si se consiguiera la unidad de toda esa izquierda a la hora del voto, provincia por provincia, la victoria de la izquierda, ahora ya con el PSOE, sería bastante más probable de lo que es hoy. Porque, enfrente, la derecha solo puede aspirar a quitarse votos entre los dos partidos que la componen.
Por el contrario, el primer enemigo de la izquierda es la abstención, que viene siendo importante tanto en el electorado potencial del PSOE como en el de los partidos situados a su izquierda. La unidad que proponen Rufián y Delgado, de la forma por ellos sugerida o de cualquier otra que en el futuro se pudiera pergeñar, sería un incentivo para que muchos abstencionistas modificaran su postura. Y las perspectivas de victoria que la unidad abriría animaría también al público potencial de izquierda a abandonar su actual apatía.
Demos así por buena la iniciativa y esperemos que cuaje. Requerirá de tiempo y de unas cuantas aportaciones, de personalidades y partidos, que por el momento han decidido mantenerse discretamente en silencio u optar por lo más fácil, esto es, por subrayar las enormes dificultades que el proyecto tiene por delante. Pero, además, el planteamiento de Rufián y Delgado da paso a otra cuestión que marca el actual panorama político español. Es decir, a la centralidad de Vox en cualquier cálculo de futuro, algo que tan solo hace tres o cuatro años nadie podía imaginar que llegara a ocurrir.
Si se pone uno a buscar una explicación a ese fenómeno dentro de Vox, en su programa, en el atractivo que puedan tener sus dirigentes, o en los efectos de su acción política, se desilusionará muy pronto. El partido que dirige Santiago Abascal, así como él mismo, son entidades de una grisura apabullante, más allá de sus ocasionales declaraciones y descalificaciones altisonantes, que suelen perderse en el aire porque nadie en el partido tiene el mínimo interés en profundizar en ellas.
Lo mismo pasa con sus mensajes en las redes de Internet, en las que Vox es particularmente activo. Todo ello es demagogia pura, de la más elemental, que por mucho que se esfuercen algunos supuestos expertos en ningún caso puede explicar el crecimiento electoral del partido. En todo caso puede que sí que esas manifestaciones valgan para retener a los simpatizantes llegados por otras vías.
No hay milagro comunicacional alguno. Los nuevos simpatizantes de Vox, incluidos los más jóvenes, son personas que o han votado al PP, incluso muchas veces, o que podrían hacerlo en otras condiciones políticas ambientales. Y no es que esa gente se haya radicalizado un buen día, aunque alguno habrá que sí, sino simplemente que han decidido alejarse del partido tradicional de la derecha española porque este les ha decepcionado, o porque no esperan que el PP sea capaz de batir a la izquierda.
La primera gran decepción llegó con el errático camino emprendido por Mariano Rajoy para hacer frente al independentismo catalán. El referéndum de 201 que nunca se entendió por qué La Moncloa permitió que tuviera lugar. La incapacidad de Rajoy de pactar algo con el independentismo que evitara la consulta de octubre de 2017. Su compromiso fallido de que no habría urnas. La terrible imagen internacional de las cargas policiales, expresión indeleble de la incapacidad del gobierno. Y la convocatoria, con el artículo 155 en la mano, de unas elecciones que solo iban a servir para confirmar que, por aquel entonces, y en buena medida gracias a los errores del gobierno central, los independentistas era la fuerza mayoritaria en el parlamento catalán.
Tras esos acontecimientos Vox dio su primer salto electoral hacia adelante. Y no iba a dejar de avanzar por ese camino. La nefasta acción política del nuevo líder del PP no iba a dejar de favorecerlo. Porque Alberto Núñez Feijóo empezó su andadura haciendo algo inédito y estúpido. Nada menos que presentarse a la investidura como presidente del Gobierno, sabiendo que no tenía votos para hacerlo. Su perplejidad ante su derrota electoral de 2019, cuando todos le decían que iba a ganar, dio la talla del personaje y esa imagen de alguien que había dejado de saber por donde iban los tiros le ha acompañado hasta ahora.
Feijóo ha ido perdiendo credibilidad año tras año y el porcentaje de gente que dice en los sondeos que quiere votar a Vox no ha dejado de crecer en paralelo a ese deterioro. Y lo que es peor para el PP: su intento de frenar esa sangría escorándose hacia la derecha, tratando de ser más radical que Vox, intensificando sus insultos al PSOE y a Pedro Sánchez, no ha hecho sino ahondar la imagen de debilidad política del líder de la derecha y de su entorno. Lo peor para estos es que en ese camino es cada vez más difícil la vuelta atrás. Y el resultado final puede ser un desastre para la derecha. Esperemos que la unidad de la izquierda les ponga aún peor las cosas.