Recuerdo que cuando empecé a volver con regularidad a mi pueblo de adopción, Piedralaves, no me parecía bonito. Es verdad que en las últimas décadas, como en tantas otras ciudades de España, tanto los vecinos como el propio Ayuntamiento han puesto especial atención en la conservación y reforma de las casas más antiguas, pero lo cierto es que ni siquiera las montañas de Gredos, inalterables desde hace miles de años, me impresionaban. No era culpa suya. Es que todo lo veía con mis propios ojos, forjados en largas estancias infantiles que habían sedimentado un velo de costumbre. Tuve que recorrer más tarde el pueblo y la sierra en compañía de mi mujer, de amigos y visitantes, para sacar a la luz bellezas que siempre habían estado allí. Tuve que ver el pueblo —es decir— con otros ojos para verlo tal y como es.
Creo que es importante, en general, ver el mundo con otros ojos. ¿No es eso lo que queremos decir cuando hablamos de “pensamiento situado”? Nos situamos en el cuerpo del otro para tratar de ver las cosas como las ve él. Sin ningún ánimo caricaturesco, podríamos seguir con nuestro ejemplo: Piedralaves en los ojos de un extranjero, Piedralaves en los ojos de un homosexual, Piedralaves en los ojos de un joven parado, Piedralaves en los ojos de una viuda, Piedralaves en los ojos de una camarera. ¿Habrá algo común entre todos estos Piedralaves cuánticos y anamórficos? ¿Habrá una cierta distancia compartida respecto de la cual los sillares de las casas del barrio del Venero y los piornos amarillos de la Sierra comparezcan con general e indubitable belleza? Recuerdo una escena maravillosa de una película de Kurosawa, El perro rabioso, en la que una prostituta de vida asendereada, atrapada en su cuerpo fatal, se ve forzada por las circunstancias a levantar una noche la cabeza, de manera que descubre con sorpresa las estrellas, para las que nunca había tenido ni tiempo ni mirada; y ese breve éxtasis le hace reconsiderar su existencia entera. Luego, claro, su “situación” se apoderará de nuevo de ella, pero en esa grieta ha visto el lugar (también lo era para Kant) desde el que una vida vale tanto como otra y desde el que, por tanto, su vida concreta, devaluada y sórdida, resultaba insoportable. Al final de Guerra y paz, en una escena muy parecida, un soldado ruso y otro francés, reunidos ante una improvisada hoguera, “se ponen de acuerdo” cuando levantan al mismo tiempo la cabeza, por encima del hielo blanco, hacia la noche estrellada.
Nunca ha sido más necesario que hoy encontrar ese lugar. Porque “situarse” puede querer decir, sí, que “yo me sitúe en el lugar del otro”, donde no suelo estar, pero puede querer decir también que “todos nos situemos en un lugar común”. Carlos Fernández Liria me corregiría: “En el lugar de nadie”. Y yo estaría de acuerdo a condición de que el verbo “situarse” no perdiera por eso todo su peso corporal. “Situarse” quiere decir dejar de mirar con los propios ojos, pero no, como Edipo, para quedarse ciego; ni tampoco para mirar con los ojos del otro concreto que tengo delante, cosa necesaria y casi moralmente imperativa. “Situarse” quiere decir colocar el cuerpo entre todos los cuerpos; pero no en una razón abstracta, cuya imparcialidad se ha revelado tantas veces implacablemente interesada (clasista, racista y patriarcal) sino en un cuerpo común o, si se prefiere, en lo que el cuerpo tiene de común cuando se lo despoja de todas sus particularidades: lo que sienten por igual la prostituta de Kurosawa, el soldado de Tólstoi y el sujeto racional de Kant cuando contemplan las estrellas: un estremecimiento de humildad radical. Sobre ese estremecimiento debe fundarse una y otra vez eso que yo he llamado “ética terrestre”, contraria al mismo tiempo al identitarismo reaccionario, con sus supremacismos fascistas, y a los delirios del posthumanismo y sus utopías de desencarnación.
Un momento. ¿Todos sentimos lo mismo ante el parpadeo distante de las estrellas en el cielo nocturno? Según cuenta Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo, el imperialista Cecil Rhodes, primer ministro inglés cuyo nombre llevó durante años la actual Zimbabue, sólo veía en ellas un señuelo para su codicia: cuando levantaba la cabeza sentía toda la rabia de no poder conquistarlas también. ¿Hasta dónde o hasta quién debemos “situarnos”? Decíamos: “Piedralaves en los ojos de un homosexual” o “Piedralaves en los ojos de un parado” o “Piedralaves en los ojos de una viuda con diabetes”. Y desde luego: “las estrellas en los ojos de una prostituta y en los ojos de Kant”, como un lugar de encuentro “universal”. Pero podríamos también decir: las estrellas en los ojos de Rhodes. O Marte en los ojos de Musk. O Groenlandia en los ojos de Trump. Esa es la cuestión. Cuando nos “situamos” en el cuerpo común comprendemos de pronto que también él está hoy en disputa geofísica; que también el lugar que todos compartimos y desde el que podríamos elaborar una ética terrestre “universal” es objeto de codicia particular. Eso significa, a mi juicio, dos cosas. La primera: que ese lugar existe y que hay que defenderlo. La segunda y más terrible: que está siendo atacado por tierra, mar y aire y que para defenderlo, me temo, no bastará con nombrar la verdad, el bien y la belleza.
Pese a que se me describía de esa manera en una entrada antigua de la Wikipedia, no soy trotskista. Siento una gran simpatía por el antiestalinismo de los trostkistas y por su solidaridad internacionalista, pero siempre me irritó el título de una de las obras de Trotsky: “Su moral y la nuestra”, en la que, denunciando muy justamente el “fariseísmo burgués”, acaba “situando” la única moral reivindicable en los cuerpos de la clase obrera. No, no hay “su” moral y la “nuestra”. Si es “su” moral, no es moral; si es la “nuestra”, es igualmente inmoral. Hemos oído estos días al trotskista Trump jactarse de su criminal acción en Venezuela con una frase muy “situacionista”: mis únicos límites, ha declarado, son “mi mente” y “mi moral”. Es decir, la verdadera víctima de las tropelías de Trump (y de Putin y Netanyahu, entre otros) no son Venezuela, Irán o Groenlandia: es el cuerpo común de la humanidad, nuestra única y última defensa.
Nadie debería seguir a los monstruos por ese camino de relativismo elitista. Hay una distancia respecto de la cual, en compañía de otros, las piedras de Piedralaves y los piornos de su Sierra son siempre bellos. Y hay un cuerpo común desde el cual el dolor de un trabajador, de un homosexual, de una mujer maltratada, de un ucraniano, de un palestino, son intolerables para la ética terrestre. Ese es el lugar que los nuevos imperialistas quieren realmente colonizar y destruir, como condición para poder apropiarse también del petróleo y de las tierras raras. La batalla contra el fascismo es la batalla contra los que son incapaces de sentir y pensar ante las estrellas lo mismo que una prostituta, un soldado raso y un filósofo. La batalla contra el fascismo es la batalla contra los que nos quieren encerrar, como al ciego Edipo, en nuestros propios cuerpos. Esa batalla ya no se puede evitar; y nadie se puede escamotear. Parafraseando un título de Howard Zinn: nadie es neutral frente a un cielo estrellado.
O Rhodes o todos los demás.