Lo aconsejaba el experto en comunicación política George Lakoff, tras el atentado a las torres gemelas de Nueva York: “Nuestros cerebros tienen que cambiar”. Lo dijo en 2003, pero entonces no sabíamos hasta qué punto el mundo se iba a volver del revés. Asistimos así a la agonía del antiguo régimen porque en ese instante histórico en el que veíamos la destrucción fulminante del skyline, la política exterior norteamericana y, en consecuencia, la de occidente se desmoronaban. Todo lo que hasta entonces dábamos por supuesto empezó a deshacerse entre los dedos como arena de la playa. Hoy, los pocos terrones que nos quedaban, están saltando por los aires.
El 11-S, la administración Bush transformó las tremendas masacres terroristas en una declaración de guerra y así lanzar un contraataque violento a la altura de la ofensa. Resignificó el criminal atentado con una metáfora bélica para justificar una respuesta sin precedentes –“Guerra contra el terror”-, saltarse las normas y, de paso, aprovechar los réditos económicos. Ignoró a la ONU para atacar Irak y, en el nuevo estilo metafórico, buscó una burda disculpa en las armas de destrucción masiva que nunca aparecieron. No es que antes no hubiera desmanes colonizadores de su país, pero siempre se hicieron de tapadillo. Es más, nadie en Azores explicitó “ataques terrestres” o “invasión” de Irak sino meras amenazas a Sadam. Estábamos aún ante los primeros pasos de una nueva realidad en la que todavía se guardaban las formas de diplomática tradición internacional.
Poco a poco, la quiebra del sistema fue aumentando su desgarro, incluidos cambios legales para la relajación del control parlamentario y las medidas legales garantistas a fin de acometer acciones antiterroristas, supuestamente de guerra (o al revés, según conviniera). La brecha en la legalidad vigente se acrecentaba corroyendo un sistema de seguridad jurídica internacional (legalidad, acuerdos y derechos humanos) que nuestros antepasados definieron, a partir de las experiencias aprendidas de las dos destructivas guerras mundiales.
En su primer mandato, Donald Trump, ya mostró rasgos de matonismo y enseñó los dientes de depredador del multilateralismo. La comunidad internacional no se conmovió demasiado frente a su crueldad, pensando que pronto sería frenado por la potente administración norteamericana. Fue Robert de Niro quien advirtió al mundo: “En cuanto a Trump, sinceramente creo que es malo” (Envoyé Special, nov. 2024).
El violento asalto al Capitolio, cuando perdió las elecciones de 2020, supuso un aviso: hordas desbocadas ejerciendo violencia, movidas por una pasión desenfrenada inyectada por la toxicidad de una mentira defendida, difundida y sostenida en el tiempo por su jefe de filas. El elemento audiovisual e iconográfico tuvo y sigue teniendo un rol decisivo en los nuevos tiempos. Los desmanes de la masa iracunda en la sede de la soberanía nacional norteamericana fueron seguidos en directo por el mundo entero y para siempre quedaría en nuestra retina aquel hombre coronado de cuernos y pieles, bandera en ristre y pinturas de guerra en rostro y torso (representante de la pureza de la raza de los colonos del lejano oeste), violentando sin respeto ni escrúpulos el templo de la democracia.
En su segundo mandato, Trump superó todos los límites y se hizo acreedor de las escandalosas escenas de sus fanáticos hinchas, a los que indultó sin reparar en el daño causado ni el dolor de las familias de los fallecidos. Estrenó su presidencia con la emisión continuada del show en el que convirtió sus primeros pasos y la firma de una ristra desmedida de decretos en los que ya incluyó amenazas a diestra y siniestra, rubricadas por el delirante lanzamiento del rotulador a su entregada audiencia.
No ha perdido el tiempo. A cada paso que, da el resto del mundo se va quedando más pasmado y, lo que es más lamentable, sin capacidad de reacción. Los movimientos -ahora vemos que pacatos- de sus predecesores fueron aprovechados por Trump para romper la baraja internacional de forma brutal e imponer sus nuevas normas del juego. Sin complejos – casi siempre con muy malos modos-, está echando por tierra los principios sobre los que se ha asentado el orden mundial durante décadas. Los valores morales y compromisos legales que conformaban el marco de convivencia global ya no existen y van a ser sustituidos por intereses particulares y lucrativos de quien tenga más poder, dinero, petróleo, armas, tierras raras, etc.
Con Rusia y China, Trump jugará su partida de pillos para repartirse el mundo, sin tener en cuenta a los seres humanos que se vean afectados por sus decisiones, sean emigrantes, víctimas de mortíferos autócratas o la existencia misma del planeta (abandono total de la lucha contra el cambio climático). Que Delcy Rodríguez sea una gobernante tan ilegítima como Maduro y que Diosdado Cabello deba pagar por la sangre derramada, no le importa. Que el pueblo siga sin comida ni libertad o que el aparato represor del régimen chavista siga intacto, tampoco. Lo único que le preocupa es que otros escarmienten en cabeza ajena (Colombia) ante su “guerra contra el narcotráfico”. Ahora centra sus esfuerzos en anular la fuerza de los aparachis cubanos que mueven los hilos de la guerrilla en Venezuela para poder mantener la estabilidad de un país que ya da por colonizado. En un tira y afloja (como la liberación de presos políticos), hará lo que le convenga para asentar su poder, satisfacer su codicia y acallar las críticas internas de sus electores republicanos.
En el minifundio gallego, el valor del terreno -rico pero escaso- es sagrado y cada cual vigila con empecinamiento los marcos (mojones) que lo señalizan. Sin embargo, desde tiempos ancestrales, existen vecinos ambiciosos que aprovechan la oscuridad para mover las piedras que marcan las lindas de las haciendas colindantes. “Movéronme os marcos” (me movieron los marcos), se escucha a menudo el lamento de las víctimas mientras el supuesto ladronzuelo es repudiado por el pueblo y castigado socialmente con la tacha de tan fea manía.
Vuelvo a Lakoff que acuñó un término conceptual con la misma palabra, convertido en referente de la comunicación política, porque “los marcos son estructuras mentales que conforman nuestro modo de ver el mundo”, al tiempo que nos enseñó que “el cambio de marco es cambio social”. Para transformar el statu quo de las relaciones internacionales, Trump nos movió los marcos y ahora la respuesta está en nuestro tejado.
Busquemos lo que nos une, que son nuestros valores y principios morales, porque EEUU viene a por la Unión Europea. Como también dijo De Niro: “Hay que pelear, no hay otra forma de enfrentar a un matón”. Es tiempo de unidad para presentar un frente común, en España y en toda la UE. Hagamos valer su potencia económica y comercial mundial actuando con una sola voz, aunque algunos prefieran quedarse en los márgenes.