La odisea
El otro día dijimos de ir al cine y hubo que planificar el asunto como si fuésemos a invadir un país muy lejano. Entre Ameland y Leeuwarden, la capital de Frisia, hay cuarenta kilómetros, diez de los cuales, es decir, una cuarta parte, pertenecen al mar de Wadden, por lo que para hacer el trayecto desde casa hasta el Pathé, el cine de la ciudad, tenemos que coger un autobús, después un ferry y, una vez en el mainland, otro autobús. Una cosa que me fascina de los Países Bajos es que si has visto uno de sus paisajes ya los has visto prácticamente todos: un horizonte plano bajo un lecho verdoso y dragado por canales de agua oscura, con animales miniaturizados en la distancia y nubes enfangando la escasa luz del sol; con todo ello, es un paisaje tan bonito que no te importa verlo repetido.
La cosa es que, dicho lo cual, había que hacer cierta planificación porque somos de Murcia y nos hemos criado sabiendo muy a ciencia cierta que con los autobuses, o con el transporte público en general, no se jode, y que confiarse con la hora o los horarios puede suponer volver a casa en taxi o al día siguiente, depende de tu cartera; nos hemos criado aquí viendo cómo el autobús que tenía que pasar por nuestra parada a y cuarenta y siete ha pasado a y cincuenta y ocho y ni siquiera ha parado porque iba lleno. Así que revisas la aplicación del transporte público, los horarios del ferry, compras las entradas con antelación para no tener que pillarlas con las prisas y, voilà, todo está preparado, listo y en posición para ir al cine.
Si quieres llegar al pase de las diez y media de la mañana, tienes que levantarte a las siete; a las siete si quieres ducharte, a y media si solo tienes que vestirte, pero eso ya es cosa tuya; y bajas a la puerta de casa dos o tres minutos antes de la hora porque aquí sabes que si el horario dice una cosa, esa cosa va a ocurrir, sabes que aquí un papel impreso pegado del poste de la parada dice la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, y por si te quedan dudas puedes seguir la trayectoria del autobús en tiempo real en la aplicación. Después el ferry, que siempre sale a su hora, te lleva a los pies del autobús siguiente, que te dejará en Leeuwarden cuatro minutos antes de que empiece la película, a solo dos minutos andando. Calidad de vida es poder poner tu destino en las manos de un autobusero con la misma tranquilidad que la pondrías en un cirujano.
Y la película, que empieza a las diez y media y empieza a las diez y media, va precisamente de un hombre que tarda diez años en volver a su casa, la Odisea de Nolan, donde Matt Damon interpreta a Odiseo, un tipo de mandíbula apretada y moral flexible con estrés postraumático, que miente a todo el mundo porque mentir es lo único que le ha salido bien en la vida, y que se pasa la película entera intentando llegar a un sitio al que no llega; naufraga, lo secuestran, lo retienen, lo desvían, pierde a toda su tripulación en el camino y cuando por fin pisa su casa nadie lo reconoce, ni siquiera su mujer, exactamente igual que si tratas de ir desde Mazarrón hasta Caravaca usando el sistema de transporte público de la Región de Murcia.
Tiene el defecto de siempre de Nolan, que es no fiarse de ti, y cada vez que la cosa alcanza una emoción de verdad, y la alcanza sobre todo cuando aparecen la Penélope de Anne Hathaway y el Telémaco de Tom Holland esperando en una casa tomada por los pretendientes, llega alguien a explicarte en voz alta lo que acababas de entender perfectamente con los ojos, que es su forma de darte con el codo en un relato que lleva tres mil años contándose y cuyo final sabe hasta el que no lo ha leído, pero que a pesar de eso, quien escribe estas líneas no se ha terminado de enterar del todo porque la ha visto en inglés con subtítulos en neerlandés. Pero eso son tres horas en las que uno se olvida del reloj mirando a un señor que lleva una década intentando cubrir un trayecto, con las corrientes haciendo lo que les da la gana, los dioses cambiándole el itinerario por capricho y ninguna certeza de a qué hora ni en qué costa va a amanecer.
Después de la película dimos un paseo y volvimos a casa, autobús-ferry-autobús de por medio en el mismo horizonte de planos repetidos, la misma Odisea desganada y feliz, la misma Odisea repetible y esperable y sin que en ningún momento se me pasara por la cabeza la posibilidad ya no de no llegar, sino de no llegar a tiempo. De Frisia no ha salido nunca un personaje mitológico, ni un cíclope, ni una sirena, ni un rey que tardase diez años en cruzar un cachito de mar, y quizá sea porque aquí nadie ha tenido que inventarse una epopeya para justificar un retraso. Un pueblo con horarios fiables y caminos claros no produce héroes, y muy bien que hace.