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¿Quo vadis, Casado?

Pablo Casado, durante una intervención en el Congreso.

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No es el olvido, sino la negación de la memoria. Lo que pasó, lo que hicieron, lo que está en la historia, en sus declaraciones, en las hemerotecas y no se borrará por mucho que lo pretendan. Acostumbran a echar mano de la desmemoria o del silencio en esa especie de olvido motivado que se usa sólo como mecanismo de defensa. 

El plantón del PP al homenaje a las víctimas del terrorismo no tiene precedentes desde que, hace diez años, el Congreso de los Diputados -que no el Gobierno- instaurara la cita. Otra vez un PP que sigue la estela de Vox. Otra vez la versión dura de un Pablo Casado inflamado y echado al monte. Y otra vez la desmemoria. 

"En el día de las víctimas del terrorismo exigimos memoria, dignidad y justicia. Es inaceptable que Sánchez beneficie a presos etarras, pacte con los que no condenan 850 asesinatos y no colaboran en esclarecer 300 crímenes impunes. No todo vale para seguir en el poder. Basta ya", escribió el dirigente popular en su cuenta de Twitter.

Memoria es lo que no tiene Casado cuando olvida lo que hicieron en democracia los sucesivos gobiernos, incluidos los de su partido, antes que el de Pedro Sánchez. Y dignidad es la que él mismo niega a las víctimas con su corta altura de miras y su escaso sentido de la institucionalidad al arrastrarlas al lodazal de su discurso partidista. 

Basta ya, sí. De desmemoria, de utilizar a las víctimas del terrorismo, de usar el nombre de España en vano,  y de aferrarse a una ETA ya inexistente para tapar sus vergüenzas. Cuando la banda mataba sin piedad, José María Aznar acercó a 426  reclusos etarras. Mariano Rajoy hizo lo mismo con medio centenar de presos ya en ausencia de violencia. Y Casado no dijo nada. Eran otros tiempos, claro, porque entonces gobernaba la derecha, y la izquierda jamás utilizó el terrorismo y a las víctimas como arma arrojadiza ni siquiera antes de suscribir el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo, que por cierto propuso Zapatero siendo oposición y despreció en un primer momento Aznar cuando estaba en la presidencia del Gobierno. Aquel acuerdo comprometía a los firmantes básicamente a que la política antiterrorista le correspondía al Gobierno, que el terrorismo debía estar ausente de la confrontación política y que "el diálogo" con los terroristas debía producirse entre los representantes legítimos de los ciudadanos sin presión de violencia. 

En 1998, aunque Casado no lo recuerde o lo haya querido borrar de su memoria, Aznar estaba abierto a ser generoso con ETA. "Yo siempre tendré una actitud de generosidad, de mano tendida y de espíritu abierto para consolidar las posibilidades de paz", declaró tan sólo un mes después del asesinato del concejal del PP Alberto-Jiménez Becerril y su mujer, Ascensión García Ortiz, en Sevilla.

Y dijo más: "Estoy dispuesto a ser comprensivo, si eso ayuda al final del terrorismo, eso es lo que tiene que entender todo el mundo, no es un camino sencillo. En un final dialogado, si se produce un abandono definitivo de las armas, la sociedad española y el Estado sabrá ser generoso y adoptar medidas que nos sirvan para mirar hacia el futuro y procurar que se superen cuestiones tan dolorosas del pasado". Y nadie le reprochó nada, aunque los asesinatos se contaban por decenas cada semana.

El mismo Aznar que hoy guía la ofensiva de Casado acercó presos antes que Sánchez, con la diferencia de que en aquellos años ETA mataba mientras hoy, en 2021, el terrorismo forma parte del pasado y Bildu, diga lo que diga la derecha, rechazó en sus estatutos la violencia y cuenta, igual que el PP, con la legitimidad parlamentaria que le dieron los votos. 

Casado también ha olvidado que fue ese mismo Aznar quien envió a tres de sus más estrechos colaboradores en el Gobierno, Ricardo Martí-Fluxá, Pedro Arriola y Javier Zarzalejos, a negociar con Otegi en varias ocasiones a un pueblo de Burgos. Y nadie le llamó traidor. El día que Otegi decida hacer públicas las actas de aquellas reuniones temblarán los cimientos de Génova y también de FAES.

Hasta entonces el líder del PP sigue sin encontrar su lugar en el mundo y sobre todo sin una estrategia que le consolide como verdadera alternativa de gobierno. Pasa cuando la senda los días pares se la marca Vox; los impares, Ayuso y todos, un desmemoriado Aznar. Se llama crisis de identidad, que como casi todas las crisis tiene que ver con la melancolía, la frustración y la desconexión del mundo real.

¿Quo vadis, Casado?  Al centro y la moderación, ya se sabe que no. Ese viaje fracasó una vez más.

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Publicado el
28 de junio de 2021 - 22:23 h

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