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Sol Gallego-Díaz y la guerra de los petroleros

6 de mayo de 2026 22:07 h

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En 1987 ya hubo una crisis muy gorda en el estrecho de Ormuz. Liderado por el mismísimo ayatolá Jomeini, Irán se puso a obstaculizar el tráfico de petroleros como represalia por el apoyo de Occidente al Irak de Sadam Husein, con el que libraba una guerra feroz desde hacía siete años. Sol Gallego-Díaz, que era subdirectora o directora adjunta de El País en aquel entonces, me envió un télex a la oficina de la agencia France-Presse en Beirut sugiriéndome que me fuera a Kuwait y cubriera el asunto desde allí.

Yo era corresponsal del periódico en Oriente Próximo, tenía mi base en Beirut y me comunicaba con Madrid por télex, y no solo porque todavía no existían los móviles, el correo electrónico o Internet, sino porque la telefonía fija estaba hecha unos zorros en el Líbano. Pero lo importante es que el mensaje de Sol no contenía una orden, era una propuesta. A ella le parecía que la guerra de los petroleros era una buena historia y, si yo también lo pensaba, El País bien podía cubrirla desde el lugar de los hechos. Y no con refritos de despachos de agencias, sino con información propia.

Si rememoro ahora este episodio es porque el estrecho de Ormuz vuelve a arder, Sol Gallego-Díaz acaba de morir y El País celebra su cincuenta cumpleaños. De los cientos de recuerdos que tengo de mis treinta años en el diario de la madrileña calle de Miguel Yuste, este es el que me ha venido hoy a la cabeza. Quizá porque expresa el estilo de dirección de Gallego-Díaz: un excelente olfato periodístico acompañado siempre de buenas maneras. Y también porque explica el gran éxito profesional e intelectual de El País: un periodismo sustentado tanto en informaciones propias y contrastadas como en opiniones educadas.

No me fui de El País: me echaron en 2012, en un despido colectivo de infausta memoria. Pero el rencor no está en mi naturaleza: sigo estándole muy agradecido al periódico que me permitió cubrir noticias en cuatro continentes, me pagó siempre muy bien y cubrió con largueza mis gastos profesionales. Cuando viajaba en su nombre sentía el orgullo de trabajar para el mejor rotativo de todos los tiempos en la lengua de Cervantes.

Sol Gallego-Díaz fue la primera mujer que tuve como gran jefa en mi carrera periodística. Me encantó currar para ella. Era muy seria en el trabajo, tanto que algunos en la redacción la llamaban la Seño, pero no estaba exenta de ternura. Recuerdo la cordialidad con la que acogía a mis hijas cuando las llevaba a visitar la redacción de Miguel Yuste. Y recuerdo el abrazo que me dio el día de la muerte de Juan Carlos Gumucio, cuando me sorprendió en el pasillo llorando por el que había sido mi compañero de aventuras en Beirut y Jerusalén.

Esta primavera, El País celebra con alborozo su medio siglo de existencia y nadie puede objetárselo. Ejerció de intelectual colectivo en el caminar de España hacia la democracia, Europa y el cosmopolitismo. Y, durante unos cuantos lustros, consiguió imponer su estilo de hacer periodismo: las informaciones recibidas hay que verificarlas muy mucho, más vale no dar una noticia que dar una falsa, los hechos deben situarse en su contexto, hay que escribir con corrección y miel sobre hojuelas si el redactor tiene además voluntad de estilo.

Pero me temo que, a su pesar, El País terminó perdiendo esa batalla llegado el siglo XXI. En buena parte del periodismo español, triunfó el principio de no dejar que la realidad te arruine un buen titular. El amarillismo por razones comerciales o políticas fue haciéndose respetable y terminó siendo hegemónico. Ahora los bulos se presentan con toda naturalidad como noticias y las opiniones desaforadas como ejercicios de libertad de expresión.

En su obituario de Sol Gallego-Díaz, el ahora director de El País, Jan Martínez Ahrens, ha recordado una de sus enseñanzas: “Nunca dejes de viajar en metro, de andar por los barrios, de hablar con la gente”. Bien traído, de eso se trata. Lo mejor del periodismo está en su historia: gastar suela de zapatos. Aquello de que, si uno dice que llueve y otro que hace sol, sal a la calle y compruébalo por ti mismo.

Puede que, a diferencia del libro, el diario impreso no resista el envite de la digitalización, pero, caramba, el auténtico periodismo no está obligado a morir con el soporte en papel. El buen vino del periodismo, el que no es propaganda ni show business, puede adaptarse a los nuevos odres. En cambio, no estoy tan seguro de que sea compatible con empresas periodísticas de las que son dueños bancos, fondos de inversión, grupos multimedia o gigantes tecnológicos. Recuerdo con cariño El País de Polanco y The Washington Post de Katharine Graham, diarios propiedad de familias burguesas ilustradas.

En todo caso, sigue valiendo lo que decía el télex que me envió Sol Gallego-Díaz a la France-Presse de Beirut. En mi memoria era algo así como esto: parece que se está calentando la guerra de los petroleros en Ormuz, unos dicen que es el Apocalipsis y otros que tan solo un nuevo episodio bélico. ¿Te parece bien irte allí y contárnoslo?