El tiempo de los despiadados
Regodearse un poco en ese sufrimiento ajeno es algo más humano de lo que muchos quisiéramos admitir. En algún punto todos nos hemos alegrado de que a una persona que nos cae mal le vaya de algún modo, de alguna ruptura o de algún despido. Normalmente es una emoción pasajera, lo sientes un rato, te avergüenzas levemente y a otra cosa. No es una emoción particularmente noble, pero tampoco hace falta fingir que somos completos seres de luz. Pero regodearse pública y explícitamente en el sufrimiento de una persona vulnerable roza directamente la inhumanidad.
Algo ha cambiado en la escena política, en las tertulias y medios de comunicación. Y no me refiero únicamente a que haya aumentado la agresividad, que también, sino a que en determinados lugares esa agresividad se premia. La crueldad ya no es un efecto secundario del poder, sino que es lo que precisamente atrae a seguidores. Antes alguien podía hacer cosas moralmente cuestionables para conseguir dinero, influencia o poder, pero normalmente necesitaba justificar su conducta, mentir o esconderla. Ahora, en determinados entornos, exhibir públicamente la falta de empatía es la norma porque la humillación genera atención; la atención, influencia; y la influencia, beneficios económicos o políticos. Poniéndome shakesperiana hubo un tiempo en que la maldad necesitaba una máscara para ocultarla y ahora solo necesita una cámara. Por si manifestar la crueldad no fuese suficiente, lo que se premia es su exhibición y encontrar un público dispuesto a celebrarla.
A Maricarmen, José Luis Bergillos (PP), concejal de Vivienda de Benalmádena la ha llamado “una puta sinvergüenza con miles de euros en el banco”. Lo dijo en un pleno municipal. Iván Espinosa de los Monteros se refirió a ella como “jeta” en un pódcast. Su expartido, VOX, dijo en redes sociales que “Toda España sabe que si en vez de Maricarmen fuera Morocarmen, tendría casa”. Ayuso pidió que le digan “a partir de qué edad dejo de pagar el alquiler y, a lo mejor, en la próxima manifestación de inquilinas me sumo”. Periodistas, tertulianos o gentes del ecosistema mediático han afirmado que era una actriz contratada por el PSOE, una jeta, una vividora, que su silla de ruedas era un atrezzo. Al día siguiente de la muerte de Maricarmen, en realidad ni 24 horas después, un vecino aseguraba en un programa de televisión que a él le habían subido el precio de alquiler el doble y no había tenido ni a Rozalén ni a Ana Belén en la puerta de su casa.
A mí la instrumentalización de las tragedias siempre me ha dado muchísimo pudor. Me incomoda que el sufrimiento de alguien se convierta en munición política, incluso cuando se utiliza para defender causas con las que estoy de acuerdo. Pero es que esta forma miserable de apuntar al vulnerable hay que señalarla. No puede pasar desapercibida porque parece que estamos entrando en un punto de no retorno. Oponerse al desahucio de una anciana únicamente porque pagaba menos que tú, hacer programas para vejarla, recorrer su barrio para obtener testimonios que la desacrediten e incidir en el escarnio va mucho más allá de la instrumentalización.
La verdad es que me resulta imposible entender qué clase de satisfacción puede obtener una persona humillando a una anciana de 87 años a la que acaban de desahuciar, por la razón que sea. No hay nada ni remotamente audaz en ensañarse con quien dispone de muchos menos recursos para defenderse, especialmente desde la cama de un hospital. En cualquier caso, qué triste que tu relevancia política o mediática venga de esto. Qué triste no disponer de otros argumentos, de otro talento, de otra forma de inteligencia con la que enfrentar la realidad.