Al menos Trump puede consolarse con haber recibido la Medalla de la Comunidad de Madrid
Si tenéis un rato, daos una vuelta por el X estadounidense. Pocas veces ha sido tan puramente divertido como en estas horas posteriores al batacazo del trumpismo en las elecciones de medio mandato. Ironía, memes y sarcasmo a granel del bueno, del de los viejos tiempos. Hay quien sugiere incluso que la plataforma de Elon Musk debería volver a llamarse Twitter, ahora que el pajarito ha recuperado las ganas de cantar.
La ola azul no ha mojado solo las costas habituales en EE.UU. Ha llegado tierra adentro, a lugares donde el conservadurismo llevaba décadas cobrando una hegemonía total. Y el apocalipsis woke que los profetas de la derecha radical llevaban años anunciando se ha convertido en el material perfecto para la comedia colectiva, que apenas necesita exagerar el discurso que parodia:
“Están reemplazando los Diez Mandamientos en las aulas de Texas con los términos y condiciones de Grindr”
“Voy a empezar todos mis correos con ”allahu akbar“ en el trabajo mañana”
“Niños republicanos yéndose a dormir esta noche sabiendo que se van a despertar trans mañana”
“Van a hacer perforaciones en el tabique a los bebés recién nacidos en el hospital”
Durante años, una buena parte de la ultraderecha estadounidense presentó los derechos de las mujeres, de las personas LGTBI, de las minorías religiosas y de la población migrante como el último clavo en el ataúd de la civilización occidental. Silicon Valley, Wall Street y los tecnobros nos vendieron el trumpismo como un cambio de época irreversible, una nueva sensibilidad social que había venido para quedarse. El progresismo estaba muerto, la izquierda había perdido la batalla de las ideas y el futuro pertenecía a una alianza de nacionalismo, testosterona, criptomonedas y desregulación fiscal. Pues las urnas han respondido que millones de ciudadanos nunca llegaron a comprar ese relato, fundamentalmente porque el hombre que llegó a la Casa Blanca prometiendo drenar el pantano de la pobreza ha terminado convirtiéndolo en una piscina privada para los cocodrilos más ricos del país.
Están siendo días aciagos para Trump, para el trumpismo y para toda su red internacional de franquiciados, que no es poca. Pero que nadie se preocupe por el ánimo del presidente: siempre podrá consolarse con la Medalla Internacional de la Comunidad de Madrid. Isabel Díaz Ayuso la anunció en febrero en un vídeo emitido en una gala celebrada en Mar-a-Lago, la residencia privada de Trump. Se la entregó poniendo en valor a EE.UU. como “el principal faro del mundo libre”.
Las Medallas Internacionales funcionan ya en la Puerta del Sol como las invitaciones a un cumpleaños de colegio infantil. Son tarjetas con globos y purpurina discrecionales, un buen cordón de afinidades ideológicas, pura política doméstica disfrazada de diplomacia. El ultra Javier Milei la recibió en 2024, en plena crisis diplomática con el Gobierno de España, después de llamar corrupta a la esposa del presidente. El radical José Antonio Kast la recogió hace unos días en plena polémica en su país por la reducción de penas a pederastas.
Ayuso gobierna una comunidad autónoma, pero proyecta deliberadamente una imagen política internacional diseñada para competir con la representación exterior del Gobierno. Y, claro, el problema de construir tu política exterior sobre la base de las afinidades propias o del momento es que los momentos pasan. Y, de este modo, mientras buena parte del mundo empieza a votar con un discurso antirrecortes, anticorrupción, antibelicista y antimilmillonarios, en la Comunidad de Madrid conservamos, como quien guarda una botella de vino picado en la bodega, la reserva más rancia del trumpismo.