El hondo significado de “No a la guerra”
Decir “No a la guerra” no es un eslogan vacío, sino un grito humano que abarca la defensa de la vida, la dignidad y la justicia frente al horror organizado. Es rechazar no solo la muerte de inocentes —miles de civiles en Irak, Ucrania o Gaza—, sino el crimen supremo contra la humanidad que Einstein llamó “una masacre de inocentes en nombre de la civilización”. La guerra no es solo matanza: es el enriquecimiento obsceno de unos pocos poderosos —traficantes de armas como los grandes lobbies que facturan miles de millones mientras pueblos sangran—, un ciclo de miseria que Gandhi denunció: “No hay camino hacia la paz; la paz es el camino”.
Esta verdad resuena en voces eternas. Pedro Sánchez, presidente del Gobierno, ha afirmado: “La guerra es el fracaso de la política y de la diplomacia”, recordándonos que la paz exige negociación, no bombas. Pedro Almodóvar, en los Goya del “No a la guerra” de 2003, unió a España contra Irak: “No queremos una guerra ilegal que solo beneficia a los poderosos”. Mahatma Gandhi nos enseñó la no violencia como fuerza: “Un ojo por un ojo deja al mundo ciego”. Martin Luther King Jr. clamó: “La paz no es la ausencia de tensión, sino la presencia de justicia”. John Lennon cantó “Give Peace a Chance”, y el Papa Juan Pablo II, ante Irak, imploró: “¡No a la guerra! La guerra no es nunca una simple fatalidad. Es siempre una derrota de la humanidad”
Sin embargo, en España, quienes defienden la guerra —o no la rechazan— la visten de virtud. Feijóo (PP) y Abascal (Vox) acusan a Sánchez de “ir contra Occidente” por priorizar diplomacia, silenciando que Occidente a menudo significa intereses armamentísticos. ¿No es esto justificar una ilegalidad por “seguridad”? Como dijo Lennon: “La guerra es solo avaricia envuelta en uniformes”.
Decir “No a la guerra” es humanidad profunda: elegir empatía sobre odio, futuro sobre ruinas, nosotros sobre ellos. Exijamos líderes que lo vivan, no lo diluyan.