Si se pudiera decir maternar
Alguien a quien quiero con locura me dijo en una ocasión que “al no tener hijos, tú pasas de todo”. Tal cual, sin anestesia. Sé que quien me dijo esto no es una persona insensata, al contrario, aunque en ese instante hablaba desde su herida. Aquello me dolió un poco, claro, sobre todo porque es una sentencia de esas que no dejan aire para respirar.
La diferencia fundamental entre ser o no ser madre o padre debe ser la manera radical, entiendo, en la que se ordenan las prioridades cuando traes a un ser vulnerable a este mundo, en quien además pasan a volcarse el grueso de tus afectos y cuidados. Pero no creo que las cosas, en general, ni el futuro, grosso modo, den igual a quien decidió – o le vino decidido, por lo que sea – no “tener hijos”. La maternidad, sin haber parido nunca, ha sido un asunto que ha ocupado parte de mi pensamiento durante décadas. No es para menos.
Supongo que debido a ese prejuicio que apunta en mi dirección, o al menos en parte por ello, me gusta tanto leer a Gisela Untoiglich cuando dice: “Ser genitor o genitora no nos transforma necesariamente en madres o padres, y mucho menos en buenos padres y madres. O, como diría Winnicott, en ”apenas buenos padres“. Ahija quien asume la responsabilidad cotidiana del sostén, el cuidado y la crianza de ese pequeño ser. Se necesita la presencia, no se cría por whatsapp ni en encuentros ocasionales y rimbombantes. Se ahija en el día a día”.
Yo no sé lo que es ser madre. En realidad, no creo que nadie pueda definirlo como algo sin fisuras y universal. Son curiosos los berenjenales en los que nos metemos al intentar conceptualizar todo, pues siempre hay quien quedará fuera de la etiqueta que le queramos pegar en la frente. Es un empeño que roza el absurdo. Conviene no perder de vista la amplitud de todas las cosas, si no queremos resultar crueles con el distinto. Y traer hijos al mundo no está exento de dificultades, incluida la que supone nombrar en modo monolítico algo de una amplitud inabarcable.
Sé que no me es indiferente el futuro, porque no pienso que la vida vaya a finalizar conmigo ni siento desafección hacia lo que venga después. Me preocupa mucho, la verdad. Estamos instalados en el exceso, se constata a diario a poco que sepamos mirar lo que hay. Soy una persona adulta y sé, porque lo he vivido de cerca, que la desmesura no es un buen sustrato para el crecimiento ni el desarrollo de nada ni, por supuesto, nadie.
La crianza está atravesada por esta realidad fulminante que nos tiene a muchos con los ojos como platos. También por eso me parece que debemos bajar un poco el nivel de ruido, de velocidad, de violencia y de expectativas… para poder pensar, imaginar al menos, modos de estar y de hacer que descarten esta voracidad y esta saturación. Estoy convencida de que algo tan complejo solo se puede hacer por la vía de las acciones sencillas. Los individuos nos desenvolvemos en escalas manejables y eso descarta toda la borrufalla inalcanzable que se esparce desde tantos púlpitos y altavoces. Centrémonos en lo abarcable: parece muy poco, pero es lo único determinante para nosotros y para quienes vienen detrás.
Una puede incidir en tratar de crear un presente algo mejor, y eso no tiene que ver con ninguna circunstancia biográfica. Tiene que ver con una posición vital decidida como individua en un mundo colectivo. Mi tiempo es muy limitado e identifico, cada vez mejor, lo que me hace perderlo. Pero mi tiempo sobre el planeta es mi único patrimonio real, y ese bien se multiplica cuando lo ofrezco a aquel, o a aquello, que merece (la pena) la alegría.
Ayudar a crecer a alguien es increíble y esa posibilidad la tenemos todos, seamos o no padres o madres, pero hay que ser capaz de prestar mucha atención al otro lado de la piel. La paternidad no otorga superpoderes, simplemente abre una circunstancia en la que se puede asistir de manera muy intensa y muy directa a ese milagro. Pero esos hijos crecerán, si todo va bien, y explicarán, sin necesidad de palabras, que nadie pertenece a nadie y que todos somos vehículos para que la vida sea.
El tiempo compartido, el hacer con los otros, cuidarse con otros, quizás es también una forma de maternar, aunque todavía ni siquiera la Real Academia Española sepa de qué se trata. Demos tiempo.