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Una sociedad enferma
En 1983 el escritor judío israelí Amos Oz publica el libro “In the Land of Israel”, en castellano por Mario Muchnik, editor independiente de origen judío en 1986 como de “Voces de Israel”. En él, el escritor y activista por la paz recoge conversaciones espontáneas y entrevistas acordadas en diversos puntos, tanto del propio Israel como de Cisjordania. Está aún reciente la invasión israelí del Líbano en la primavera de 1982 y las matanzas de Sabra y Chatila, dos campos de refugiados palestinos en Beirut Oeste. Los combatientes de la OLP habían abandonado ya Beirut pero los no combatientes seguían allí. El ejército de Israel, para asegurarse de que no quedaban “rezagados” sin riesgo de sufrir bajas, invitó a las milicias de la Falange Libanesa, un grupo paramilitar declaradamente fascista con gran peso en la comunidad cristiana maronita libanesa, a limpiar de combatientes palestinos los campos, asegurándoles su respaldo y logística. El resultado (previsible) fue la matanza de más de 3000 personas, casi todos ancianos, mujeres y niños, que eran quienes no habían partido al (segundo) exilio. Las imágenes recorrieron el mundo e incluso en Tel-Aviv hubo grandes manifestaciones en protesta. Varias de las conversaciones que recoge el libro hablan de la invasión y las masacres del año anterior. De las entrevistas hay una que llama la atención. El interlocutor es alguien que vive en una aldea agrícola para veteranos del ejército, identificado como “Z.” Entrevistador y entrevistado son conscientes de su lejanía ideológica.
Oz busca recoger las posiciones del sionismo más radical. Trascribo algunas. “En lo que a mí respecta, puedes aplicar a Israel cualquier término peyorativo que te apetezca. Llámale judeo-nazi. Mejor un judío-nazi vivo, que un santo muerto”. “Aunque me demostrases matemáticamente que la guerra que estamos librando en el Líbano (y no creas que ha terminado aún) es una guerra terrible, sucia, inmoral, repugnante, impropia de nosotros, a mí no me importaría”. “Que se enteren que somos un país salvaje, mortífero, peligroso para todos los que nos rodean, horroroso, demente, capaz de enloquecer si matan a uno de nuestros muchachos (¡a uno solo!)”.“Que sepan en Washington, en Moscú, en Pekín y en Damasco que si liquidan a uno de nuestros embajadores, o incluso a un cónsul, o incluso al agregado encargado de recoger sellos, somos capaces de empezar, de pronto, así por las buenas, antes del desayuno, la Tercera Guerra Mundial”. “El fruto más dulce de esta jugosa guerra es que ahora ya no solo odian a Israel. Gracias a nosotros, ahora odian a todos esos hebreítos presuntuosos de París, Londres, Nueva York, Frankfurt, Montreal, escondidos en sus ratoneras por todas partes” La relectura de estas citas suscita dos reflexiones. La primera es la semejanza entre dos momentos del conflicto palestino separados más de cuarenta años. La segunda es que, lo que era en 1983 una postura extremista, es hoy mayoritaria entre la población judía de aquel país.
Según una reciente encuesta del diario Haaretz, el 82% de los judíos israelíes estaba de acuerdo en la expulsión de los gazatíes, el 47% en su exterminio y el 56% apoyaba la expulsión de todos los “árabes” de la Palestina histórica, incluyendo aquellos que son ciudadanos israelíes. La proliferación de mensajes de odio en dicho país alcanza a los colectivos más insospechados.. Cuando uno lee en Facebook que el humorista satírico Guy Ropartz, que se autodefine como “humano, progresista y moral” dice de la matanza en Gaza que “no es un genocidio, es un pesticidio, y es esencial hacerlo”, o cuando la “profesora de yoga femenino y de desarrollo personal” Rivka Lafair declara “Estamos comprometidos en vengarnos y destruir Gaza. De la infancia a la vejez”, parece un bulo fabricado por un enemigo de Israel. Sin embargo, tales ejemplos, y otros muchos, están recogidos en un artículo de Haaretz del 18 de mayo pasado que acuña el neologismo “yognazi” para referirse a ese tipo de pensamiento.