La valentía de dialogar: un final inevitable
Casi me dejo engañar. Cuando hace un par de días salimos de una de las concentraciones en contra de la guerra de Ucrania, tuvimos una charla sobre el conflicto que se está viviendo. Pronto estuvimos de acuerdo en que “sí, sí, se deben enviar armas a Ucrania, tienen derecho a defenderse”. Claro que esta posición, y ya a título personal, solo tenía sentido siempre y cuando se establecieran unos esfuerzos reales y concretos para realizar un acercamiento diplomático para la resolución pacífica del conflicto.
Vistas las palabras de Borrell, ¿qué sentido tiene mantener esta postura respecto al apoyo armamentístico a la población ucraniana, si no existe un esfuerzo de dialogar igual de enérgico? La realidad más pura y simple es que esto solo va acabar con acuerdos de paz y conversaciones entre todos los actores que estén involucrados, la cuestión es, ¿cuántos muertos y desgracias, que aterroriza si quiera mencionar, estamos dispuestos a pagar con tal de iniciar esas inevitables conversaciones?
Esto no es agradable de decir ni de escuchar, en una falsa sensación de unidad en la que parece que toda Europa al unísono actúa como un bloque con poco margen para la disidencia en la cuestión de la respuesta a la agresión a Ucrania, se construyen discursos belicistas homogéneos cuando los países de la UE no parecen tener los mismos intereses en la zona, por ejemplo, ¿no sería más razonable que España (dados los relativos pocos intereses económicos procedentes de Rusia) posicionarse como un actor mediador del conflicto, instar al diálogo y rebajar la tensión? No considero que esta sea una posición frívola, sino más bien sensata.
El puñetazo en la mesa de Putin ha sido un exacerbo histriónico de alguien con pocos escrúpulos, y podemos cuestionar la cordura y atacar la figura del dirigente petersburgués todo lo que se quiera, pero al final habrá que sentarse con él, guste o no, pues a pesar de ese puñetazo, hasta hace cuatro días Putin tenía la razón histórica en sus quejas a Occidente (por descontado, no la tiene en el despropósito de arrebatarle la identidad a Ucrania. La OTAN no tenía derecho a expandirse, y algunos dirán: “Bueno, si ellos lo quieren, ¿por qué no van a pasar a formar parte de la alianza atlántica?”. En primer lugar este razonamiento puede ser cuestionable, sino recordemos el caso de la propia España, cuya resistencia social a la entrada y posterior permanencia en la organización en el 82 y 86, respectivamente, fue como poco notable y con un referéndum cuya pregunta retorcida y ambigua confundía más que consultaba, y todo con el fin de conseguir la susodicha permanencia por parte del gobierno de González, e incluso así se trató de una victoria no demasiado abultada y con el incumplimiento posterior de muchos de los puntos que se ponían como condición a la permanencia de España en la misma. En segundo lugar, a mi modesto parecer, el error es incluso previo a la posibilidad de adscripción por parte de los países del este de Europa, puesto que la OTAN ni siquiera debería haberse acercado a estos países, o al menos no debería haberlo hecho sin contar con Rusia de un modo u otro. Puede parecer un posicionamiento drástico o ingenuo, pero es el coherente si se parte de la base de que las tensiones geopolíticas entre bloques siguen existiendo, y pesa mucho decir algo así, al fin y al cabo siempre me he identificado con las posiciones pacíficas, humanistas e internacionalistas, pero el presente se escribe con la tinta de la Historia, y la configuración geopolítica actual –y sus tensiones y contradicciones- no se entienden sin la comprensión de los acontecimientos del último siglo.
Si queremos que esto acabe pronto y sin sumar más muertos, hay que empezar a trabajar por la paz (la de verdad, no la paz orwelliana que nos quieren vender), en primer lugar denunciando las posiciones exclusivamente belicistas, ¿quién es el naíf, el que se posiciona en contra de la guerra o el que se posiciona con el envío de unas armas, que ni siquiera se tienen garantías de que lleguen, y que tampoco van a marcar demasiado la diferencia en el potencial militar ucraniano respecto a las fuerzas rusas? Si la postura es revanchista, que se dejen de medias tintas y nos lleven a toda la ciudadanía al desastre de un conflicto a gran escala. Sin embargo, si queda algo de dignidad y raciocinio (y menos tripas) exijamos a nuestros gobernantes que se produzcan acercamientos, lo valiente es ceder no tomar decisiones con el estómago; hacer lo correcto, a pesar de que el resto diga lo contrario; que hablen con Rusia, que Ucrania se convierta en un país clave en las relaciones futuras en Eurasia; que Rusia se sienta cómoda con las relaciones con la Unión Europea; que los países miembros se sientan cómodos recíprocamente e independientes respecto al siempre autoritario hermano mayor estadounidense. No se trata de hacer concesiones, se trata de sentido común, pues toda la represión occidental no recaerá en los dirigentes rusos, recaerá sobre su sociedad, no podemos dejar que la miseria y la desesperación se expandan aún más, porque de ese caldo de cultivo nunca salió nada bueno.
No nos dejemos engañar, la metralla mediática salpica por doquier y es fácil verse arrastrado por esa retórica belicista-romántica, a no ser que hagamos un esfuerzo y nos detengamos un momento a reflexionar profundamente sobre las implicaciones subyacentes de ese relato. Aboguemos por la resolución pacífica del conflicto y no dejemos que escriban una historia de la que con toda probabilidad nos llevará a sentir vergüenza, dolor y pesar. Los más vehementes defensores de la guerra suelen ser los que menos tienen que perder, no lo olvidemos.