Muere Rafael Amador, el alma blusera del flamenco
Cuentan que, mientras se grababa el disco Guitarras callejeras entre vapores de hachís, el cantaor Juan El Camas irrumpió en el estudio gritando “¡Un ovni! ¡Un ovni!” Todos salieron a la calle, donde apenas alcanzaron a ver una luz que se alejaba. Una anécdota que sus protagonistas recordaban entre risas, pero que sirve como muestra de un tiempo en el que, entre la fantasía, el atrevimiento y la psicodelia, todo era posible. La luz de Rafael Amador, uno de los artífices del grupo Veneno y Pata Negra, se ha apagado a los 65 años, después de haber hecho historia en la música española como fundador de grupos como Veneno y Pata Negra.
Nacido en el seno de una familia muy flamenca, creció tocando y cantando con su hermano, el popular Raimundo Amador, y Diego, cantaor y multiinstrumentista. Aunque no hacían ascos a tocar en la calle, su laboratorio fue su barrio, Las Tres Mil Viviendas, donde la música era siempre un bien compartido. El conocimiento natural de las raíces flamencas se sumó a los sonidos contemporáneos que habían ido entrando en España a través de las bases estadounidenses de Morón y Rota, de modo que los hermanos Amador, entre otros, empezaron a encontrar familiaridades entre el arte jondo y el blues y el rock, transitando el camino abierto por gente como Triana o los Smash, para ir dando forma a un lenguaje completamente nuevo.
Determinante fue en este camino el encuentro con un músico originario de Figueres, Kiko Veneno, que había hecho un periplo estadounidense y se había empapado de contracultura. En los últimos 70, en una democracia a punto de estrenar y ávida de emociones y modernidad, crearon el grupo Veneno. A pesar de lo efímero de este proyecto, y de la incomprensión con que fue acogido su álbum homónimo, Veneno quedó en la memoria como uno de los grandes discos de finales del siglo XX, como prueba el hecho de que la revista Rockdelux lo colocara en lo más alto de su Top10 de música española, y Efe Eme como el primero de los 100 mejores discos del pop español.
Apertura de oídos
También es legendaria la portada original de Veneno, una tableta de hachís de grandes dimensiones, con su envoltorio de papel de plata y el nombre del grupo grabado a fuego. La imagen hubo de ser retirada del mercado por presiones de la censura, pero la anécdota ilustraría los aires de unos músicos capaces de cantar, en plena vigencia de la Ley de Peligrosidad Social, letras como “Me junto con toda clase de delincuentes/ A veces comen en frío y otras en caliente/ Roban todos los días dos coches/ Uno por la mañana y otro por la noche…”
Tras la disolución de Veneno, las aventuras fusioneras del flamenco siguieron con otros hitos incomprendidos como La leyenda del tiempo (1979) de Camarón de la Isla, en la que colaboraron Raimundo y Kiko Veneno. Pero la creatividad de los hermanos ya había empezado a desbordarse con un nuevo invento, Pata Negra, igualmente auspiciado por el productor Ricardo Pachón, y que hubo de esperar a 1981 para alumbrar su debut discográfico. A este le siguió, al año siguiente, un título tan elocuente como Rock gitano. Pero fue con el fichaje por nuevos medios, el valiente sello creado por Mario Pacheco, cuando los Pata Negra pudieron mostrar su mejor versión en discos como Guitarras callejeras (1985) y Blues de la frontera (1987).
A esta etapa pertenecen éxitos como Camarón, Lunático o Pasa la vida, que colaboraron y se beneficiaron de un proceso de apertura en los oídos del público que ya no tendría vuelta atrás. Los hermanos incluso tenían una simpática aparición en la película Bajarse al moro, de Fernando Colomo. El virtuosismo interpretativo y cierto espíritu gamberro e iconoclasta seguirían marcando la trayectoria de Pata Negra, que ya con Raimundo emprendiendo carrera en solitario, popularizó en el disco Inspiración y locura (1990) el estribillo “todo lo que me gusta es ilegal, inmoral o engorda”.
Salir del abismo
Aquella frase era algo más que una broma. En el mejor momento de la banda, Rafael había caído en el abismo de las drogas duras, y aunque seguiría grabando discos tan interesantes como Como una vara verde (1995), nunca volvería a ser el músico de sus mejores tiempos. “La heroína no es buena para nadie”, reconocía en una entrevista. “En un tiempo he perdido hasta mi familia”.
No obstante, salió del agujero para recuperar a los suyos, recibir el reconocimiento de sus compañeros de la profesión musical, salir de gira con Navajita Plateá y hasta colaborar con jóvenes como los Nea Flamenco Experimental, con los que grabó el sencillo La plaza. “La música es todo para mí. Demasiado tiempo he estado tanto tiempo sin tocar”, se lamentaba. Seguía escuchando a Camarón, a Paco de Lucía a Miles Davis, “porque los clásicos nunca fallan”, y compuso nuevas canciones hasta el final.