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ENTREVISTA

Antonio Lazcano, biólogo: “Sobre el origen de la vida, a veces tengo ensoñaciones y otras tengo pesadillas”

Antonio Lazcano es uno de los mayores especialistas del mundo en el origen de la vida y una auténtica institución en su campo. Trabajó con leyendas como Alexander Oparin o Stanley L. Miller, ha sido miembro del Comité Asesor de la NASA para estudios del origen y la evolución de la vida y dos veces presidente de la Sociedad Internacional para el Estudio del Origen de la Vida, además de recibir varios doctorados Honoris causa.

A lo largo de su dilatada carrera, el catedrático de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) atesora un amplísimo saber científico y humanista que ha compartido estos días con diversas instituciones como Casa de América. Charlamos con el profesor Lazcano en una sala del palacio de Linares, sobre los sueños y pesadillas que genera la búsqueda de nuestros orígenes, los ataques cada vez más frecuentes a la ciencia y el sentido de los mensajes a las estrellas. 

O estamos rodeados de vida que no vemos o somos una rareza en el universo, ¿cuál de las dos posibilidades le parece más alucinante?

En el universo yo creo que no hay tanta vida como muchos creen, al menos en nuestro entorno inmediato. El descubrimiento de miles de exoplanetas sin vida lo que nos está diciendo es que no hay una dirección preferencial en la evolución de la materia. Es un poco como la carrera del Dodo en Alicia en el país de las maravillas, en donde todos los competidores salen a la hora que quieren, en la dirección que quieren, sin una meta fija y sin tener un tiempo para correr. Yo creo que la materia es un poco así. Pensamos esto porque aquí se dio la vida como resultado de un proceso de evolución, pero el espectro debe ser como un abanico enorme de posibilidades.

Con tantos exoplanetas, el universo ha tirado muchas veces los dados. ¿La vida es una jugada tan improbable?

Lo que sabemos del origen de la vida en la Tierra es que hubo una formación no biológica de compuestos orgánicos, que aparecieron moléculas que podían formar membranas, que podían interaccionar entre sí, que podían multiplicarse y replicarse con variación, etcétera. Pero finalmente lo que esto me está diciendo es que la formación de compuestos orgánicos, como dicen mis amigos matemáticos, es una condición necesaria, pero no suficiente para que haya vida. Si yo encuentro aminoácidos en meteoritos, estoy encontrando la posibilidad de que se formen compuestos que no necesariamente me van a llevar a un ser vivo. No hay un camino predeterminado para que la vida surja.

No hay un camino predeterminado para que la vida surja

En términos culinarios, habría muchos ingredientes, pero hacer una tarta no sería tan fácil, ¿no?

Así es, así es. Pero nunca vamos a saber exactamente cómo surgió la vida, siempre vamos a tener dudas, incógnitas, huecos, y allí lo maravilloso es la extrapolación de datos de la física y de la química para poder entender ese proceso; pero no sabemos exactamente cómo se dio la transición.

Usted ha pasado la vida buscando a LUCA, ese último ancestro común. ¿Alguna vez ha hecho el ejercicio imaginativo de pensar qué clase de organismo podía ser?

Bueno, primero que nada pienso que era una población, y que era una población en donde ya había intercambio de material genético. Y LUCA (Last Universal Common Ancestor) es distinto al origen de la vida. Del origen de la vida sí tengo a veces ensoñaciones y a veces tengo pesadillas, pero sí me puedo imaginar un ambiente previo a la aparición de la vida. Recuerdo, por ejemplo, haber estado tres veces en la isla de Vulcano, en Sicilia. Fue una maravilla estar allí, pero lo que más me emocionó fue ir a la playa y ver que la arena era negra, porque así deben haber sido las playas en el mundo antes de que apareciera la vida.

Nunca vamos a saber exactamente cómo surgió la vida, siempre vamos a tener dudas, incógnitas, huecos

Algunos científicos están intentando crear vida ex novo, vida artificial. Es un ejercicio paralelo al que hizo la biología. ¿A ustedes les puede ayudar en algún sentido?

Sí, cómo no, porque nos da una idea de los rangos de posibilidad que hay en términos de distintos compuestos. Por ejemplo, hace 20 años más o menos, en un grupo de trabajo en Estados Unidos al que yo pertenecía, sintetizamos un componente, una base nitrogenada de ácidos nucleicos, pero nos dimos cuenta de que tenía un grupo químico adicional, un grupo amino. Me sumergí en la literatura a ver qué había sobre esa molécula y me encontré —y esto es fascinante— con que había un grupo soviético que había encontrado en 1977 esa molécula en algunos virus. Ahora, en la pandemia, mi amigo Philippe Marlière, que estaba en el Instituto Pasteur, encontró de manera independiente a un grupo chino que ha descrito más de 200 virus que tienen esa molécula en el ADN, lo cual es maravilloso porque quiere decir que puede haber ácidos nucleicos funcionales en el genoma de un virus que no necesariamente siguen adenina, guanina, timina y citosina, sino que hay un mayor rango de posibilidades.

¿Cómo les puede ayudar la inteligencia artificial en la búsqueda del origen de la vida? ¿Ya se está empleando?

Se emplea porque es un instrumento más para analizar literatura, para ver tendencias. La inteligencia artificial es un campo en sí mismo de investigación perfectamente legítimo. Los matemáticos la estudian, tengo amigos que se dedican a eso; pero al mismo tiempo es un instrumento útil, tan útil como pueda ser mi celular para buscar una referencia. 

En matemáticas se habla de que está a punto de resolver la hipótesis de Riemann. ¿Temen que en su campo las máquinas también se les adelanten?

Bueno, la matemática es más sencilla que la biología, no me cabe duda.

¿Por qué es tan difícil la definición de la vida?

Porque la biología depende del momento histórico en el que uno está investigando los rasgos de los seres vivos. Yo puedo tomar el libro de Euclides de los Elementos, se lo doy a una niña en el liceo y va a poder entender la matemática sin ninguna dificultad. Puedo tomar ese mismo libro y dentro de 5.000 años dárselo a un ingeniero y lo va a poder leer sin ninguna dificultad. En cambio, si tomo un libro de biología de hace 100 años, no hay una sola mención al ADN porque ahora hemos desarrollado con mayor precisión las descripciones de los fenómenos biológicos.

¿Eso equivale a que es una cuestión abierta y que la ignorancia es muy amplia?

Totalmente.

¿La vida es contagiosa? ¿Por qué tiene esa capacidad de contaminarlo todo?

Porque los seres vivos podemos replicarnos, los ácidos nucleicos se pueden replicar, los seres vivos nos podemos reproducir y multiplicar si tenemos la materia prima para hacerlo. Eso es algo que no va a ser una ecuación. Hay programas que se multiplican y por eso los llamamos virus, los virus de computadora.

Si en algún momento estas máquinas con inteligencia artificial encarnadas en robots físicos son capaces de replicarse y de obtener la energía para hacerlo, ¿entrarían en la definición de lo vivo?

Hay muchas cosas que tienen características de los seres vivos. Por ejemplo, la multiplicación con variabilidad es algo que vemos en los virus biológicos, que no están vivos porque solo tienen esa propiedad. Los virus informáticos tienen exactamente esas mismas propiedades. 

Pero ¿cuál es la diferencia?

El hecho de que cada rasgo molecular o cada interacción entre los componentes tiene una historia evolutiva detrás que puedo reconstruir. La máquina la hicieron los humanos o teóricamente la pudo haber hecho otra máquina, y entonces claramente es artificial. Pero hay muchas cosas que comparten propiedades con los seres vivos.

Tener un recipiente, una membrana cerrada, parece esencial para esa distinción. De hecho, es lo que no tienen los virus. ¿La vida necesita cierto grado de ‘privacidad’?

Necesita individualidad, necesita membranas, compartimentos. Fue una de las grandes líneas que le preocupó a Alexander Oparin a lo largo de toda su vida: el buscar algo que simulara la individualidad de las células.

Acaban de dar un premio Nobel a los trabajos de la asimetría de la vida. ¿Hasta qué punto es importante este asunto?

Es central. Desde Louis Pasteur estaba la duda de por qué estamos hechos de aminoácidos L y no de aminoácidos D. Hay algunos aminoácidos D en algunos antibióticos, pero claramente son adaptaciones secundarias, y era una de las grandes dudas. Lo que realmente demuestra Kensho Soai es que me basta una pequeña inestabilidad para amplificar esa asimetría.  

¿Hasta qué punto la asimetría es una parte esencial de lo que ustedes estudian y hasta qué punto la vida en otros lugares podría estar del revés?

Esa es una muy buena pregunta. De hecho, le puedo decir que cuando he trabajado en análisis de meteoritos o en síntesis prebiótica, precisamente el que encontremos mezclas racémicas —mezclas con la misma proporción de L y D— es una prueba de que no estamos viendo contaminación. Eso es muy claro. Pero eso también sugiere la posibilidad de que, si hay vida en otras partes del universo, ¿por qué no puede estar hecha con la orientación contraria? Ahora, déjeme decirle algo que le va a llamar la atención: muchas veces discutí eso con el propio Oparin, y Oparin decía, por ejemplo, que el que los seres vivos por azar estemos hechos con aminoácidos L implica darle un papel ontológico a la casualidad. Y Oparin era en ese sentido un marxista muy ortodoxo; era un gran investigador, pero su formación filosófica con un marxismo muy ortodoxo le impedía darle al azar un papel ontológico.

Si hay vida en otras partes del universo, ¿por qué no puede estar hecha con la orientación contraria?

Y sin embargo, hoy pensamos que fue meramente casual. ¿O hay algo en la química que nos lleve a ello?

No, no hemos encontrado nada en la química que lleve a eso. Pero finalmente eso demuestra que uno puede ser un gran científico y estar equivocado o tener sus sesgos ideológicos, que esos, aunque no seamos grandes científicos, todos los tenemos. La química no impide que la vida empiece del otro lado.

Lo que nunca podría es mezclarse con la nuestra, ¿no?

No, serían imágenes especulares. No se puede usar el guante de la mano derecha en la mano izquierda.

Un equipo internacional en el que ha trabajado su buen amigo Carlos Briones descubrió hace poco las primeras formaciones de moléculas de azúcar en el medio interestelar. ¿Llovió azúcar en el universo primitivo para los primeros pasos de la vida?

Yo creo que eso demuestra que los azúcares se pueden formar en condiciones muy complicadas. No sabemos cuántas moléculas equivalentes pudieron haber existido en la nube donde se formó el Sistema Solar ni cuántas sobrevivieron. Pero lo que sí le puedo decir es que como estudioso del origen de la vida me fascinó el descubrimiento, y como diabético me sentí un poco marginado por el universo, ja, ja.

Alguna vez le he oído hablar de los astrónomos con cierta ternura, porque usted estudia los componentes más pequeños de la vida, los primeros pasos, y ellos directamente mandan mensajes de radio a otras civilizaciones. ¿Qué impresión le produce?

Me parece un mensaje de esperanza sin posibilidades de ser concretado con una respuesta.

¿Tan claro lo tiene? ¿Cuál es el argumento?

Que está sujeto a prejuicios extraordinariamente fuertes que dependen del contexto social. Hay unos grabados que acabo de ver de nuevo hace poco en donde hay una descripción para Europa de cómo eran los templos prehispánicos y los describen como “mezquitas”. Claro, porque los conquistadores que llegaron conocían a los cristianos y a los musulmanes, y los musulmanes tienen mezquitas. Entonces, si son templos de alguien que no es cristiano, tienen que ser una mezquita. Y nosotros pensamos en la vida inteligente en esos términos. Siempre pensamos en términos de lo que nosotros conocemos. A la fruta del nopal nosotros la llamamos tunas; ustedes la llaman higos chumbos porque, como tienen muchas semillitas, son como los higos. Nos apropiamos con una metáfora que viene de nuestro ambiente cultural. Le pongo otro ejemplo: la ópera china. Hay saltimbanquis, acrobacias, música, piruetas, títeres... Lo llamamos “ópera” a falta de un término mejor. Siempre tratamos de ver en función de nuestros prejuicios.

Luego los mensajes le parecen un ejercicio fútil, no porque no haya otras civilizaciones, sino porque no nos vamos a entender.

Más bien creo que los mensajes hablan de nosotros mismos más que de otra cosa. 

Le preocupa que los investigadores tienen cada vez menos cultura general. ¿Cuál es la causa y el posible remedio?

Estamos sacando investigadores que se doctoran a los 24 años, que son expertos en aislar una molécula o describir un fenómeno con ecuaciones, pero no los estamos preparando como se preparaba hace dos o tres generaciones: gente que hablaba varios idiomas, que tenía idea de los clásicos, de la historia, etcétera. Estamos perdiendo el humanismo en la ciencia, y los humanistas están perdiendo la ciencia. Estamos fragmentando de una manera terrible la enseñanza y desdeñando mucho las humanidades, la historia, las ciencias sociales. 

¿Cree que esta fragmentación del conocimiento y el acceso a la información explican en parte la crisis en la que está ahora mismo el mundo?

Yo creo que en parte sí. La formación multidisciplinaria extraordinariamente rica del pasado es algo que tenemos que recuperar a toda costa. Le pongo un ejemplo significativo que me pasó en España: me invitaron a dar una charla en un congreso en Granada sobre complejidad. Les contaba cómo van apareciendo moléculas más complejas y dije algo así como que esto es lo de Hegel, de cambios cuantitativos que llevan a cambios cualitativos. A la hora de las preguntas, un muchacho muy talentoso, estadounidense del grupo de Santa Fe, me dijo: “¿Hegel es el que escribió hace dos semanas en Nature sobre los sistemas complejos?”. Me dio tanta pena que le dije que sí, porque no quería hacerlo sentir mal.

Hay que recuperar la formación multidisciplinaria del pasado a toda costa

Tanto las artes como las ciencias están siendo atacadas, pero hay un especial ensañamiento contra la ciencia, casi como una rebelión contra el conocimiento. ¿Cómo nos defendemos de eso?

Divulgando la ciencia, democratizando la cultura científica, haciendo ver que un ama de casa, un estudiante de matemáticas o un neurocirujano tiene que tener una idea de lo que significa la exploración de Marte. La gente quiere saber por qué con el apagador se enciende la luz, por qué no hay cura contra el cáncer o por qué tenemos el efecto invernadero. La ciencia es donde tenemos esas respuestas, pero al mismo tiempo tiene implicaciones sociales, políticas y económicas que nos hacen entrar en el terreno de las humanidades.

La sublimación de la ignorancia es uno de los elementos del fascismo cuando uno lo ve históricamente

Pero se diría que la ignorancia es casi más contagiosa que la curiosidad, a la vista de esta ola de gente que presume de ser ignorante.

Sí, pero yo creo que eso va a pasar porque se van a topar con pared cuando se den cuenta de que hay muchos fenómenos que no van a poder entender. La sublimación de la ignorancia es uno de los elementos del fascismo cuando uno lo ve históricamente. 

¿Algún pensamiento último de esperanza?

Uno tiene que tener mucha esperanza porque el conocimiento científico nunca se detiene, y lo mismo pasa con las artes. La mejor esperanza es pensar en los jóvenes, que tienen la curiosidad muy despierta, muy viva, y pensar en la posibilidad de la interacción entre las distintas culturas y distintas áreas.