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Longevidad: un campo de minas ético

16 de septiembre de 2026 22:33 h

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Hace un tiempo di una conferencia en un instituto y hablé, entre otras cosas, de las investigaciones que estábamos llevando a cabo en mi laboratorio para entender por qué envejecemos y mirar de frenar o ralentizar este proceso. Cuando acabé, una estudiante levantó la mano y me dijo que no le parecía bien destinar tantos recursos a intentar que en los países ricos vivamos más cuando en una buena parte del planeta la gente continúa muriendo joven de infecciones o de otras enfermedades evitables. ¿No sería más ético destinar todos nuestros esfuerzos a solucionar primero estos problemas?

La pregunta es muy válida, y no ha sido posible plantearla hasta hace relativamente poco. A pesar de que la humanidad lleva milenios intentando vencer los efectos del paso del tiempo, han sido los descubrimientos científicos de los últimos quince años los que, por primera vez en la historia, han permitido que el sueño de frenar el envejecimiento deje de ser un argumento de ciencia-ficción y pase a ser una posibilidad real. Y, con esto, ha abierto la puerta a todo tipo de dilemas éticos.

El primero y más primordial es preguntarnos si no estamos yendo en contra del orden natural de las cosas. Las personas creyentes incluso invocan el error de intentar subvertir los planes de Dios. Desde el otro extremo se dice que todos los avances de la medicina han contribuido a alargar nuestras vidas más allá de lo que la biología había previsto; en este sentido, querer frenar el envejecimiento no sería éticamente más problemático que pretender curar el cáncer.

Mientras nos planteamos estas dudas, la ciencia sigue avanzando. En estos momentos, varios laboratorios en diferentes partes del mundo hemos conseguido que mamíferos como el ratón, con un envejecimiento biológicamente parecido al nuestro, viva hasta un 30% más y, lo que es más importante, se mantenga con buena salud prácticamente hasta el final de sus días. Esto ha sido posible gracias a haber entendido los mecanismos biológicos que hay detrás de la degradación que sufre un organismo con los años. Lo que estamos intentando ahora es bloquearlos uno a uno en el laboratorio para descubrir cuáles podrían funcionar en humanos.

Confusión deliberada

Pero a pesar de lo que pueda parecer, todavía no lo hemos conseguido. Aún no tenemos ningún fármaco, suplemento, crema, dieta o procedimiento que se haya demostrado que retrase nuestro envejecimiento. El bótox y la cirugía estética pueden disimular los efectos del paso del tiempo sobre nuestro exterior, pero estas intervenciones no tienen ningún impacto sobre el envejecimiento real de los tejidos. Y el resto de las que ya están disponibles, tampoco.

Los que facilitan estos tratamientos no validados son, a menudo, profesionales de la medicina o de otras ciencias biomédicas, y esto les otorga un cierto aire de respetabilidad. No dudo que muchos creen honestamente que lo que están haciendo tiene un efecto útil. Por eso es lógico que todo esto genere mucha confusión, ya que, por un lado, la gente oye a los científicos afirmar que aún no existe nada que frene el envejecimiento y, por otro, encuentra productos anti-ageing en farmacias y consultas médicas. Aprovecharse del interés social que despiertan estos conceptos, ya sea de buena o mala fe es, como mínimo, éticamente muy dudoso.

Peligros de la pseudociencia

Es especialmente preocupante que una respuesta a la necesaria cautela de la ciencia sea la aparición de biohackers (el nombre ya invoca la romántica figura del héroe antisistema) que lideran un movimiento que ellos llaman de empoderamiento, pero que, en realidad, es peligrosamente anticientífico. Personajes como Liz Parrish, que se ha sometido a varias terapias génicas ilegales, o Bryan Johnson, que dedica la mayor parte de su día (y de su fortuna) a aplicarse todos los tratamientos anti-ageing a su alcance, generan unas expectativas tóxicas a sus seguidores, distorsionando así la realidad. La popularidad de esta gente valida un campo donde se mezcla alegremente pseudociencia con datos reales sin ninguna garantía sanitaria. Cada uno puede hacer lo que quiera con su cuerpo, sin duda, pero sentar precedente fomentando estrategias no aprobadas y que los expertos consideran peligrosas (o, como mínimo, inútiles) no está exento de una responsabilidad ética importante.

La fiebre del anti-ageing, a pesar de que responde a una demanda ancestral de la humanidad, no hace más que distraernos del objetivo primordial, que tendría que ser encontrar la manera de separar envejecimiento de enfermedad. Por eso los que trabajamos en esto preferimos hablar de ‘envejecimiento saludable’, para evitar usar un término que se lo ha apropiado una industria multimillonaria especializada en saltarse el método científico, que se caracteriza por ser riguroso pero lento.

Lo más sensato es esperar que la ciencia haga su trabajo y nos diga qué funciona y qué no. Vamos a encontrar la manera de retrasar los efectos del envejecimiento, no tengo ninguna duda, pero aún nos queda mucho camino por recorrer. Como decía antes, la ciencia del envejecimiento es, en realidad, muy joven y, además, intenta lidiar con el que posiblemente sea el fenómeno biológico más complejo que existe. No se le pueden exigir resultados en tan poco tiempo. Y saltarse los pasos necesarios para confirmar que lo que vemos en animales sirva también en humanos es absurdo. Lo hemos visto en todos los campos, desde del cáncer al Alzheimer: una gran cantidad de fármacos que funcionan en el laboratorio no tienen los efectos esperados en la clínica. El envejecimiento no va a ser diferente.

La eclosión de los biohackers plantea también una cuestión ética a más largo plazo: ¿estamos invirtiendo todos estos esfuerzos en algo de lo que solo se van a poder beneficiar las elites económicas y políticas? La conversación cazada al vuelo hace unos meses entre Putin y Xi Jinping, en la que los dos autócratas hablan distendidamente de la posibilidad de utilizar la ciencia para vivir hasta los ciento cincuenta años, pone en primer plano la idea de que frenar el envejecimiento va a estar solo al alcance de unos pocos.

No hay ninguna duda de que, si en algún momento se consigue, al principio el proceso será caro y difícil de obtener y, por tanto, solo podrán disponer de él los más adinerados. No estoy hablando solamente de millonarios. Sabemos que el acceso a nuevos medicamentos siempre acaba favoreciendo a los habitantes de los países desarrollados, en detrimento de los más pobres, por lo menos, inicialmente. Esta ha sido una de las principales causas por la que hay una gran diferencia en la esperanza de vida media entre países, que va desde los 85 años de Hong Kong a los 54 de Nigeria. Se predice que este abismo se irá reduciendo y llegará casi a un punto de equilibrio a finales de este siglo.

Consecuencias nefastas

Si conseguimos frenar el envejecimiento, ¿se volverían a disparar estas desigualdades, quizás ya de manera irreparable? Estaríamos ante un modelo social en el que los favorecidos vivirían mucho más y tendrían aún más tiempo para hacer que las diferencias económicas fueran más extremas. Esto sería una consecuencia éticamente nefasta.

En contra de este punto de vista, se podría decir que el solo hecho de que una tecnología médica no esté disponible en un inicio para todos los habitantes del planeta no es motivo para no aplicarla al menos en los lugares donde sí es posible hacerlo, porque eso impediría que muchas personas se pudieran beneficiar de manera inmediata. Al menos así es como se ha hecho con la mayoría de los avances científicos de los últimos siglos. Privar de los beneficios potenciales a unos cuantos porque no podrán disfrutarlos todo el mundo tampoco parece éticamente correcto.

Pero esto nos llevaría a otro dilema. Si asumimos que en un momento u otro todo el mundo tendrá acceso a fármacos para mejorar el envejecimiento y, como consecuencia, vivir más, la pregunta entonces sería si el planeta podría sostener el aumento de habitantes que esto representaría. La población de la Tierra ya ha superado los ocho mil millones de personas. Estudios recientes calculan que la cifra seguirá creciendo hasta superar los diez mil en 2100. ¿Es ético invertir recursos en aumentar aún más esta cifra? Quizás esta no tiene que ser la preocupación principal, porque parece que este crecimiento se va a estancar. El descenso progresivo de la natalidad en todo el mundo hará que la curva pare de crecer. El problema será otro: nos vamos a convertir en un planeta viejo.

Esto nos lleva de vuelta a la historia del principio del artículo. El día de la conferencia, le contesté a la estudiante que la pregunta adecuada era justo la contraria: ¿cómo podemos permitirnos no buscar la manera de frenar el envejecimiento? Recordemos que no estamos hablando de vivir más, sino ante todo de vivir mejor. Las previsiones son que, en breve, la mayoría de los países occidentales tendrán más de un tercio de sus ciudadanos por encima del límite que define la vejez. Si en el año 2000 había seiscientos millones de personas mayores de sesenta y cinco años en el planeta, se calcula que en el 2050 serán dos mil millones (la cifra se habrá más que triplicado en medio siglo), con una esperanza de vida media, en los países desarrolla dos, por encima de los ochenta y cinco años.

Así pues, una parte cada vez más considerable de la población de la Tierra formará parte de lo que consideramos la tercera edad, lo que implica vivir con un número creciente de enfermedades crónicas que deterioran progresivamente su calidad de vida.

Preguntas necesarias

¿Es éticamente responsable continuar fomentando esta longevidad sin, a la vez, garantizar que estos años adicionales de vida sean de la mayor calidad posible? Y, desde el punto de vista social, ¿cómo va a poder sostener un sistema público de salud las demandas crecientes de esta población? Si no reducimos las necesidades sanitarias de los ancianos, la calidad de la asistencia a toda la población forzosamente se va a resentir. Aquí es donde la ciencia del envejecimiento tiene la obligación moral de plantear soluciones, si no queremos acabar viviendo en una distopía. Si el único objetivo fuera permitir que cuatro ricos vivieran hasta los ciento cincuenta años con la piel tersa y los músculos hinchados, hace mucho tiempo que la mayoría de los que nos dedicamos a esto hubiéramos buscado otra línea de investigación. El impacto que perseguimos es muy diferente.

La búsqueda del envejecimiento saludable ha abierto la puerta a abusos, engaños, estafas y comportamientos irresponsables que ponen a prueba lo moralmente aceptable. Pero esto es inevitable, como lo son el resto de dilemas que genera. Desde el punto de vista ético, todo lo que rodea el concepto de antienvejecimiento ya hemos visto que es un campo de minas. Un campo que inevitablemente tendremos que cruzar. Más vale que lo hagamos de la manera lo más responsable posible.