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Ser madre a los 15 (y contarlo en el cine)

Marta Borraz

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Nunca antes habían hecho entrevistas ni posado ante las cámaras, pero lo hacen como si estuvieran acostumbradas. Estel, Jamila, Claudia y Sheila se verán en unas horas en la gran pantalla, en la proyección que la película La maternal hace en Madrid antes de su estreno en cines. Se han arreglado para la ocasión. Tacones, maquillaje y una emoción que se desborda como solo lo hace en los días en los que ocurren cosas especiales. Nunca se imaginaron algo así, pero a ninguna les dio mucho tiempo la vida para pensar. En los momentos en los que otras chicas de su edad soñaban con ser médicas o peluqueras, ellas les veían la cara a sus hijos por primera vez.

Pilar Palomero cambia las niñas por las madres adolescentes

Más

Claudia Medina tenía 16 años cuando se quedó embarazada de su novio, con el que hoy tiene otra hija de un año. Aquel día de 2018 esperó a que su abuela saliera de casa para ir a trabajar y casi nada más oír la puerta cerrarse se fue al baño. Cogió el test que había comprado en la farmacia y cuando vio el resultado se echó a llorar. “No sabia qué hacer, me quedé en shock”, relata ante la atenta mirada de sus compañeras. La noticia fue un terremoto familiar que dejó a su paso discusiones y dudas. “Pensé mucho en si abortar o no, pero al final tomé la referencia de mi madre, que me tuvo joven, y pensé que si ella había podido, yo también”, afirma.

Claudia no es actriz. Tampoco Estel ni Jamila o Sheila, pero llevan dos semanas en las carteleras de los cines españoles con el segundo largometraje de Pilar Palomero, que ha logrado tres nominaciones a los Goya, entre ellas a mejor película y dirección. La maternal bucea en el ángulo muerto en el que suelen mantenerse las historias que nos incomodan como sociedad para hacer un retrato de la maternidad adolescente crudo y alejado de prejuicios. Lo hace desdibujando la realidad y la ficción y rodeando la historia de la protagonista –Carla, que se queda embarazada a los 14 años– de los relatos de estas cuatro madres reales que hoy ya alcanzan la veintena.

Al poco rato de terminar la entrevista, Sheila Baños abre su Instagram y presume de su hija Arya. Hace seis años, al quedarse embarazada, todo era muy diferente. Cuando se enteró, estaba ya de seis meses. “Me dio un ataque de ansiedad, pensaba que había un error”, cuenta. La regla no le bajaba, pero ni ella ni nadie del centro de protección de menores en el que vivía entonces sospecharon de un posible embarazo. “Tenía 15 años y él era el típico de ojos azules, me enamoré... Siempre lo hacíamos con preservativo, no sé si lo pinchó o qué, pero yo acabé embarazada sin saberlo”, cuenta.

Sheila no tuvo una adolescencia fácil, sufrió bulimia, depresión y maltrato familiar. Pasó de esconder el embarazo comprándose la ropa en la sección de hombres de las tiendas –“lo más grande posible”, afirma– a conocer a otras jóvenes como ella en el centro de protección para madres adolescentes por el que también pasaron Estel, Jamila y Claudia y que Palomero traslada a la ficción en La maternal. Su familia le insistió mucho en que diera a su bebé en adopción, explica. “Decían que no estaba bien para tener una hija, que no sería capaz, y yo dudé, pero a mí me ha ayudado mucho ser madre, me ayudó a salir de aquellos problemas”, afirma.

En 2020 dieron a luz en España 5.639 chicas menores de 19 años, que es el límite de edad en el que la Organización Mundial de la Salud traza la línea de lo que considera embarazo adolescente. Otras 8.664 se habían quedado embarazadas y decidieron ese mismo año abortar, según el Ministerio de Sanidad. Las cifras se han reducido en la última década. En 2011, casi 10.500 jóvenes fueron madres y 14.600 interrumpieron su embarazo. La Ley del Aborto actual impide abortar sin consentimiento paterno a las jóvenes de 16 y 17 años gracias a un cambio impulsado por el Partido Popular, pero ahora la reforma que tramita el Congreso está a punto de devolverles el derecho.

El juicio social

Sobre las adolescentes que son madres pesa una mirada que las estigmatiza. Es algo que afirman con rotundidad las expertas que llevan años acompañándolas. La percepción social de que se trata de un problema grave que debe ser evitado y que excede la norma conduce a que nuestro imaginario colectivo esté cargado de connotaciones. “Acceder a la maternidad tan pronto permanece muy oculto y todos los mensajes que nos atraviesan van en esa dirección. Se asocia a promiscuidad sexual, marginación, irresponsabilidad, inconsciencia, fracaso, inmadurez, ignorancia...”, enumera Arancha Díez, coordinadora del programa de acompañamiento a la maternidad Preinfant. Del total de madres con las que trabaja la organización en Madrid y Barcelona, el 39% son menores de 21 años.

Es algo que todas las madres jóvenes con las que habló Palomero para construir La maternal le trasladaron. “Ha sucedido y han tenido que tirar para adelante con todo. Yo creo que por su parte sí que había muchas ganas de reivindicar eso y mostrar cómo es esta realidad, porque sí que tenemos muchos prejuicios, porque yo lo he notado cuando me preguntaban de qué iba la segunda película”, asegura la también directora de Las niñas, ganadora del Goya a mejor película en 2021.

Quienes están día a día con estas jóvenes lo corroboran, y ponen el foco en cómo lidian ellas mismas con esa presión social. María González, coordinadora del programa de intervención con madres adolescentes de la Asociación de Derechos Sexuales y Reproductivos de Catalunya, cree que el “señalamiento” y la “negación previa de sus capacidades” son dos de los elementos que “más impactan en sus vivencias”. “Por un lado, estas madres soportan una carga excesiva de exigencia, mucho más que otras adultas, pero por otro se presupone que no van a tener las competencias ni capacidades adecuadas. Esa paradoja le influye mucho”, afirma la experta.

El peor recuerdo que tiene Estel Collado de su embarazo es que todo el mundo le miraba “mal” cuando caminaba por la calle. “Se lo dije a las niñas de mi clase de gimnasia y cuando salí a las 14.30 todo el pueblo estaba a la puerta del instituto para preguntarme”, rememora. Había empezado una relación con el padre de su hijo a los 12 años, dos más tarde se enteró de que estaba embarazada y a los 15 dio a luz a Álex. “Me había hecho un test en diciembre que dio negativo, lo tengo aún guardado en casa, pero en enero noté que se me movía algo en la barriga y fui sola al hospital, sin decir nada a nadie. Se me cayó el mundo encima”, lamenta.

“Fui muy juzgada”, coincide Jamila Bengharda. “Que si eres una puta, que si te has abierto de patas muy joven, que si estás loca, que seguro que no sabes ni quién es el padre de tu hijo, que si no tienes futuro, que si cómo lo vas a tener” son frases que escuchó mas de una vez. La joven dio a luz a Samira a los 15 años, fruto de una relación con un chico en la que “desde el principio había maltrato físico y psicológico”. Una paliza a los siete meses de embarazo la llevó al hospital, ella dijo que se había caído, pero no le creyeron y el centro denunció. “Estuve con él casi tres años, al principio hacía como que me apoyaba, pero aquel día me dio un puñetazo en la barriga diciéndome que esa niña no iba a nacer. Lo dejé después de tenerla”, cuenta Jamila.

Tirar 'pa'lante'

Cuando hay un embarazo adolescente, la mayoría de las veces las parejas acaban desapareciendo. Lo afirma Díez, aunque las chicas de La maternal han convivido con muchas otras que seguían con sus novios, como Claudia. “Influyen muchos factores, hay parejas sólidas que sí permanecen a lo largo de los años, pero en otros muchos casos ellos no se quedan. Creo que la mayoría de veces es que se asustan, no se esperaban que fuera a pasar y quieren seguir con su vida como era antes, también rompiendo con el bebé”, considera la experta. “No es que sean malos tíos, es que se asustan y se quieren ir, y tú no puedes, pero si te quieren de verdad se quedan”, apostilla Estel.

La respuesta de las familias también es variada. “Todas se enfadan al principio, es un impacto enorme, pero después hay quienes son capaces de llegar al perdón real y las acompañan intentando respetar, que no es nada fácil, los roles de quién es quién. Porque al final estas chicas están tomando decisiones sobre sus hijos pero al mismo tiempo tienen 15 años. Hay otras familias que las apoyan, pero después tienen un comportamiento inconsciente de castigo permanente y falta de confianza y en el otro extremo están las que directamente les dan la espalda”, resume la coordinadora de Preinfant.

Las expertas consultadas para este reportaje coinciden en que los apoyos sociales y del entorno marcan la diferencia. Es por eso que creen que la mirada hacia la maternidad adolescente debe cambiar. “Ellas apenas piden ayuda, asumen mucho su culpa y su castigo. Yo entiendo que el primer impacto sea sorpresa, castigo o enfado. Son unas chicas, no dejan de serlo y socialmente tenemos que aspirar a que no ocurra, pero no nos podemos quedar ahí. Y no es hacer apología de la maternidad adolescente, es que son una realidad y nos necesitan. Hay que juzgar menos y escuchar más”, cree Díaz. Para González es clave “ponerlas a ellas y sus necesidades en el centro” sin “presuponer sus experiencias ni qué les ha traído hasta aquí”.

“Tirar pa'lante”. Es la expresión que repiten las cuatro actrices no profesionales de La maternal al hablar de aquellos momentos. Cuando Jamila se enteró de que estaba embaraza porque no le bajaba la regla estaba aún en plazo para abortar. Se lo pensó mucho, le dio muchas vueltas, asegura. “Al final dije sí, pa'lante. En ese momento no estaba bien, pero me aferré a mi hija aunque sabía que para nada era el momento”, explica. Estel sí hubiera abortado si hubiera podido, pero a las 27 semanas de gestación la ley ya no lo permite. Y aunque la primera reacción de Claudia al enterarse fue echarse a llorar “porque sabía que me vendrían muchos problemas”, por otra parte algo dentro de ella dejaba entrever una pizca de ilusión.

Mucho más que madres adolescentes

Las trayectorias y vivencias de las madres adolescentes son, ante todo, diversas. Las investigaciones disponibles suelen vincular la maternidad precoz a “una posición social de desventaja” en la que están jóvenes “con recursos socioeconómicos bajos, redes formales de apoyo débiles” y también entornos con rentas per capita más bajas, mayor precariedad laboral y falta de acceso a métodos anticonceptivos o ausencia de educación sexual en las escuelas, resume un informe del Centro Reina Sofía sobre adolescencia y juventud. Sin embargo, las expertas prefieren no hablar de “perfiles”, sino de condiciones estructurales o factores de riesgo, especifica Díaz, e insisten en que el embarazo adolescente se da en “todos los sectores sociales”. Por otra parte, en la ecuación faltan las casi 9.000 jóvenes que deciden abortar al año, cuyas situaciones son más desconocidas.

“La maternidad adolescente puede ser por muchas causas. En la inmensa mayoría de ocasiones no es deseada, es un descuido, no lo buscaban, y muchísimas no pudieron abortar por cuando se enteraron, pero también hay casos en los que, aunque no hay una planificación, sí hay anhelo de erigir su mundo de una manera diferente. Fantasean, de forma más o menos consciente, con la idea de construir su propia vida. Visualizan su futuro más cerca de lo que lo tienen”, explica la experta. La coordinadora de la Asociación por los Derechos Sexuales y Reproductivos coincide: “Son casos en los que lo ven como un rito de paso al mundo adulto y al reconocimiento social”.

“Como sociedad, el objetivo que nos tenemos que marcar es garantizar estos derechos a todas las personas, a través de la educación sexual y el acceso a los métodos anticonceptivos, que no está para nada garantizado. Seguramente cuando consigamos eso, los embarazos no deseados disminuirán”, considera González. Y para las madres jóvenes la receta es “ofrecerles acompañamiento desde una perspectiva de derechos”, pone sobre la mesa la experta. Para Díaz es importante “no negarles posibilidades” y no reducirles a la categoría de “madres adolescentes”. “Se te ha desordenado el proyecto de vida, pero tu proyecto de vida sigue existiendo”, resume.

A Estel, Jamila, Claudia y Sheila ese huracán vital les llegó ya hace unos pocos años. Han hablado mucho de él, pero hoy miran al presente y, sobre todo, al futuro.

La primera de ellas vive desde hace ocho meses con su hijo, aunque sigue tirando de su madre porque necesita su apoyo por los horarios de trabajo que tiene. Sheila está “peleando” para que su hija vuelva con ella. La ve todas las tardes, pero la custodia es compartida con sus padres. Asegura que La maternal ha sido “una experiencia increíble” pero también “una burbuja que hace olvidar lo de fuera”, donde “hay que seguir luchando”. Jamila quiere independizarse y vivir sola con su hija, pero de momento el dinero no alcanza a pesar de no tener apenas tiempo libre entre semana. Claudia disfruta de su segunda hija, de un año, su hijo Neivi y su pareja. Tiene claro cuál es su propósito: “Avanzar para conseguir nuestros sueños”. Todas asienten.

Nunca antes habían hecho entrevistas ni posado ante las cámaras, pero lo hacen como si estuvieran acostumbradas. Estel, Jamila, Claudia y Sheila se verán en unas horas en la gran pantalla, en la proyección que la película La maternal hace en Madrid antes de su estreno en cines. Se han arreglado para la ocasión. Tacones, maquillaje y una emoción que se desborda como solo lo hace en los días en los que ocurren cosas especiales. Nunca se imaginaron algo así, pero a ninguna les dio mucho tiempo la vida para pensar. En los momentos en los que otras chicas de su edad soñaban con ser médicas o peluqueras, ellas les veían la cara a sus hijos por primera vez.

Pilar Palomero cambia las niñas por las madres adolescentes

Más

Claudia Medina tenía 16 años cuando se quedó embarazada de su novio, con el que hoy tiene otra hija de un año. Aquel día de 2018 esperó a que su abuela saliera de casa para ir a trabajar y casi nada más oír la puerta cerrarse se fue al baño. Cogió el test que había comprado en la farmacia y cuando vio el resultado se echó a llorar. “No sabia qué hacer, me quedé en shock”, relata ante la atenta mirada de sus compañeras. La noticia fue un terremoto familiar que dejó a su paso discusiones y dudas. “Pensé mucho en si abortar o no, pero al final tomé la referencia de mi madre, que me tuvo joven, y pensé que si ella había podido, yo también”, afirma.

Claudia no es actriz. Tampoco Estel ni Jamila o Sheila, pero llevan dos semanas en las carteleras de los cines españoles con el segundo largometraje de Pilar Palomero, que ha logrado tres nominaciones a los Goya, entre ellas a mejor película y dirección. La maternal bucea en el ángulo muerto en el que suelen mantenerse las historias que nos incomodan como sociedad para hacer un retrato de la maternidad adolescente crudo y alejado de prejuicios. Lo hace desdibujando la realidad y la ficción y rodeando la historia de la protagonista –Carla, que se queda embarazada a los 14 años– de los relatos de estas cuatro madres reales que hoy ya alcanzan la veintena.

Al poco rato de terminar la entrevista, Sheila Baños abre su Instagram y presume de su hija Arya. Hace seis años, al quedarse embarazada, todo era muy diferente. Cuando se enteró, estaba ya de seis meses. “Me dio un ataque de ansiedad, pensaba que había un error”, cuenta. La regla no le bajaba, pero ni ella ni nadie del centro de protección de menores en el que vivía entonces sospecharon de un posible embarazo. “Tenía 15 años y él era el típico de ojos azules, me enamoré... Siempre lo hacíamos con preservativo, no sé si lo pinchó o qué, pero yo acabé embarazada sin saberlo”, cuenta.

Sheila no tuvo una adolescencia fácil, sufrió bulimia, depresión y maltrato familiar. Pasó de esconder el embarazo comprándose la ropa en la sección de hombres de las tiendas –“lo más grande posible”, afirma– a conocer a otras jóvenes como ella en el centro de protección para madres adolescentes por el que también pasaron Estel, Jamila y Claudia y que Palomero traslada a la ficción en La maternal. Su familia le insistió mucho en que diera a su bebé en adopción, explica. “Decían que no estaba bien para tener una hija, que no sería capaz, y yo dudé, pero a mí me ha ayudado mucho ser madre, me ayudó a salir de aquellos problemas”, afirma.

En 2020 dieron a luz en España 5.639 chicas menores de 19 años, que es el límite de edad en el que la Organización Mundial de la Salud traza la línea de lo que considera embarazo adolescente. Otras 8.664 se habían quedado embarazadas y decidieron ese mismo año abortar, según el Ministerio de Sanidad. Las cifras se han reducido en la última década. En 2011, casi 10.500 jóvenes fueron madres y 14.600 interrumpieron su embarazo. La Ley del Aborto actual impide abortar sin consentimiento paterno a las jóvenes de 16 y 17 años gracias a un cambio impulsado por el Partido Popular, pero ahora la reforma que tramita el Congreso está a punto de devolverles el derecho.

El juicio social

Sobre las adolescentes que son madres pesa una mirada que las estigmatiza. Es algo que afirman con rotundidad las expertas que llevan años acompañándolas. La percepción social de que se trata de un problema grave que debe ser evitado y que excede la norma conduce a que nuestro imaginario colectivo esté cargado de connotaciones. “Acceder a la maternidad tan pronto permanece muy oculto y todos los mensajes que nos atraviesan van en esa dirección. Se asocia a promiscuidad sexual, marginación, irresponsabilidad, inconsciencia, fracaso, inmadurez, ignorancia...”, enumera Arancha Díez, coordinadora del programa de acompañamiento a la maternidad Preinfant. Del total de madres con las que trabaja la organización en Madrid y Barcelona, el 39% son menores de 21 años.

Es algo que todas las madres jóvenes con las que habló Palomero para construir La maternal le trasladaron. “Ha sucedido y han tenido que tirar para adelante con todo. Yo creo que por su parte sí que había muchas ganas de reivindicar eso y mostrar cómo es esta realidad, porque sí que tenemos muchos prejuicios, porque yo lo he notado cuando me preguntaban de qué iba la segunda película”, asegura la también directora de Las niñas, ganadora del Goya a mejor película en 2021.

Quienes están día a día con estas jóvenes lo corroboran, y ponen el foco en cómo lidian ellas mismas con esa presión social. María González, coordinadora del programa de intervención con madres adolescentes de la Asociación de Derechos Sexuales y Reproductivos de Catalunya, cree que el “señalamiento” y la “negación previa de sus capacidades” son dos de los elementos que “más impactan en sus vivencias”. “Por un lado, estas madres soportan una carga excesiva de exigencia, mucho más que otras adultas, pero por otro se presupone que no van a tener las competencias ni capacidades adecuadas. Esa paradoja le influye mucho”, afirma la experta.

El peor recuerdo que tiene Estel Collado de su embarazo es que todo el mundo le miraba “mal” cuando caminaba por la calle. “Se lo dije a las niñas de mi clase de gimnasia y cuando salí a las 14.30 todo el pueblo estaba a la puerta del instituto para preguntarme”, rememora. Había empezado una relación con el padre de su hijo a los 12 años, dos más tarde se enteró de que estaba embarazada y a los 15 dio a luz a Álex. “Me había hecho un test en diciembre que dio negativo, lo tengo aún guardado en casa, pero en enero noté que se me movía algo en la barriga y fui sola al hospital, sin decir nada a nadie. Se me cayó el mundo encima”, lamenta.

“Fui muy juzgada”, coincide Jamila Bengharda. “Que si eres una puta, que si te has abierto de patas muy joven, que si estás loca, que seguro que no sabes ni quién es el padre de tu hijo, que si no tienes futuro, que si cómo lo vas a tener” son frases que escuchó mas de una vez. La joven dio a luz a Samira a los 15 años, fruto de una relación con un chico en la que “desde el principio había maltrato físico y psicológico”. Una paliza a los siete meses de embarazo la llevó al hospital, ella dijo que se había caído, pero no le creyeron y el centro denunció. “Estuve con él casi tres años, al principio hacía como que me apoyaba, pero aquel día me dio un puñetazo en la barriga diciéndome que esa niña no iba a nacer. Lo dejé después de tenerla”, cuenta Jamila.

Tirar 'pa'lante'

Cuando hay un embarazo adolescente, la mayoría de las veces las parejas acaban desapareciendo. Lo afirma Díez, aunque las chicas de La maternal han convivido con muchas otras que seguían con sus novios, como Claudia. “Influyen muchos factores, hay parejas sólidas que sí permanecen a lo largo de los años, pero en otros muchos casos ellos no se quedan. Creo que la mayoría de veces es que se asustan, no se esperaban que fuera a pasar y quieren seguir con su vida como era antes, también rompiendo con el bebé”, considera la experta. “No es que sean malos tíos, es que se asustan y se quieren ir, y tú no puedes, pero si te quieren de verdad se quedan”, apostilla Estel.

La respuesta de las familias también es variada. “Todas se enfadan al principio, es un impacto enorme, pero después hay quienes son capaces de llegar al perdón real y las acompañan intentando respetar, que no es nada fácil, los roles de quién es quién. Porque al final estas chicas están tomando decisiones sobre sus hijos pero al mismo tiempo tienen 15 años. Hay otras familias que las apoyan, pero después tienen un comportamiento inconsciente de castigo permanente y falta de confianza y en el otro extremo están las que directamente les dan la espalda”, resume la coordinadora de Preinfant.

Las expertas consultadas para este reportaje coinciden en que los apoyos sociales y del entorno marcan la diferencia. Es por eso que creen que la mirada hacia la maternidad adolescente debe cambiar. “Ellas apenas piden ayuda, asumen mucho su culpa y su castigo. Yo entiendo que el primer impacto sea sorpresa, castigo o enfado. Son unas chicas, no dejan de serlo y socialmente tenemos que aspirar a que no ocurra, pero no nos podemos quedar ahí. Y no es hacer apología de la maternidad adolescente, es que son una realidad y nos necesitan. Hay que juzgar menos y escuchar más”, cree Díaz. Para González es clave “ponerlas a ellas y sus necesidades en el centro” sin “presuponer sus experiencias ni qué les ha traído hasta aquí”.

“Tirar pa'lante”. Es la expresión que repiten las cuatro actrices no profesionales de La maternal al hablar de aquellos momentos. Cuando Jamila se enteró de que estaba embaraza porque no le bajaba la regla estaba aún en plazo para abortar. Se lo pensó mucho, le dio muchas vueltas, asegura. “Al final dije sí, pa'lante. En ese momento no estaba bien, pero me aferré a mi hija aunque sabía que para nada era el momento”, explica. Estel sí hubiera abortado si hubiera podido, pero a las 27 semanas de gestación la ley ya no lo permite. Y aunque la primera reacción de Claudia al enterarse fue echarse a llorar “porque sabía que me vendrían muchos problemas”, por otra parte algo dentro de ella dejaba entrever una pizca de ilusión.

Mucho más que madres adolescentes

Las trayectorias y vivencias de las madres adolescentes son, ante todo, diversas. Las investigaciones disponibles suelen vincular la maternidad precoz a “una posición social de desventaja” en la que están jóvenes “con recursos socioeconómicos bajos, redes formales de apoyo débiles” y también entornos con rentas per capita más bajas, mayor precariedad laboral y falta de acceso a métodos anticonceptivos o ausencia de educación sexual en las escuelas, resume un informe del Centro Reina Sofía sobre adolescencia y juventud. Sin embargo, las expertas prefieren no hablar de “perfiles”, sino de condiciones estructurales o factores de riesgo, especifica Díaz, e insisten en que el embarazo adolescente se da en “todos los sectores sociales”. Por otra parte, en la ecuación faltan las casi 9.000 jóvenes que deciden abortar al año, cuyas situaciones son más desconocidas.

“La maternidad adolescente puede ser por muchas causas. En la inmensa mayoría de ocasiones no es deseada, es un descuido, no lo buscaban, y muchísimas no pudieron abortar por cuando se enteraron, pero también hay casos en los que, aunque no hay una planificación, sí hay anhelo de erigir su mundo de una manera diferente. Fantasean, de forma más o menos consciente, con la idea de construir su propia vida. Visualizan su futuro más cerca de lo que lo tienen”, explica la experta. La coordinadora de la Asociación por los Derechos Sexuales y Reproductivos coincide: “Son casos en los que lo ven como un rito de paso al mundo adulto y al reconocimiento social”.

“Como sociedad, el objetivo que nos tenemos que marcar es garantizar estos derechos a todas las personas, a través de la educación sexual y el acceso a los métodos anticonceptivos, que no está para nada garantizado. Seguramente cuando consigamos eso, los embarazos no deseados disminuirán”, considera González. Y para las madres jóvenes la receta es “ofrecerles acompañamiento desde una perspectiva de derechos”, pone sobre la mesa la experta. Para Díaz es importante “no negarles posibilidades” y no reducirles a la categoría de “madres adolescentes”. “Se te ha desordenado el proyecto de vida, pero tu proyecto de vida sigue existiendo”, resume.

A Estel, Jamila, Claudia y Sheila ese huracán vital les llegó ya hace unos pocos años. Han hablado mucho de él, pero hoy miran al presente y, sobre todo, al futuro.

La primera de ellas vive desde hace ocho meses con su hijo, aunque sigue tirando de su madre porque necesita su apoyo por los horarios de trabajo que tiene. Sheila está “peleando” para que su hija vuelva con ella. La ve todas las tardes, pero la custodia es compartida con sus padres. Asegura que La maternal ha sido “una experiencia increíble” pero también “una burbuja que hace olvidar lo de fuera”, donde “hay que seguir luchando”. Jamila quiere independizarse y vivir sola con su hija, pero de momento el dinero no alcanza a pesar de no tener apenas tiempo libre entre semana. Claudia disfruta de su segunda hija, de un año, su hijo Neivi y su pareja. Tiene claro cuál es su propósito: “Avanzar para conseguir nuestros sueños”. Todas asienten.

Nunca antes habían hecho entrevistas ni posado ante las cámaras, pero lo hacen como si estuvieran acostumbradas. Estel, Jamila, Claudia y Sheila se verán en unas horas en la gran pantalla, en la proyección que la película La maternal hace en Madrid antes de su estreno en cines. Se han arreglado para la ocasión. Tacones, maquillaje y una emoción que se desborda como solo lo hace en los días en los que ocurren cosas especiales. Nunca se imaginaron algo así, pero a ninguna les dio mucho tiempo la vida para pensar. En los momentos en los que otras chicas de su edad soñaban con ser médicas o peluqueras, ellas les veían la cara a sus hijos por primera vez.

Pilar Palomero cambia las niñas por las madres adolescentes

Más

Claudia Medina tenía 16 años cuando se quedó embarazada de su novio, con el que hoy tiene otra hija de un año. Aquel día de 2018 esperó a que su abuela saliera de casa para ir a trabajar y casi nada más oír la puerta cerrarse se fue al baño. Cogió el test que había comprado en la farmacia y cuando vio el resultado se echó a llorar. “No sabia qué hacer, me quedé en shock”, relata ante la atenta mirada de sus compañeras. La noticia fue un terremoto familiar que dejó a su paso discusiones y dudas. “Pensé mucho en si abortar o no, pero al final tomé la referencia de mi madre, que me tuvo joven, y pensé que si ella había podido, yo también”, afirma.