De la vecindad antigua a las alarmas en la puerta: “La confianza es la base del bienestar”
De un barrio que se conoce y cuyas gentes confían entre sí a instalar alarmas en viviendas que, según las estadísticas, no corren ningún peligro, por si acaso. Mientras tanto, en ese “por si acaso” anida un miedo que cada vez se hace más fuerte en una generación que se crio sabiendo cómo se llamaba el vecino y que deja paso a otra generación en la que la individualización y los golpes de la industria de la seguridad han creado un otro al que temer. El envejecimiento poblacional al que se dirige España posee una lectura relacionada con las formas de compartir y construir ayuda mutua. La esperanza, dicen los expertos, está en un retorno a las antiguas formas de socialización.
Pensar en esa vecindad idílica que se está perdiendo con el paso del tiempo hunde sus raíces en unas ideas preconcebidas relacionadas con el compartir espacios de sociabilidad. Juan Cruz, antropólogo y autor de Edades de tercera. Historia y presente de una vieja desigualdad (Descontrol, 2022), considera que la comunidad, por entonces y no tanto ahora, giraba en torno a valores compartidos. Las personas que ahora se hacen viejas, nacidas del baby boom de los años 50 y 60, se criaron siendo hijos y formando parte de grupos “tocados por una idea de pobreza sobria en la que no había nada de lo que presumir y cuya base era la autoconfianza entre las familias”.
Ese miedo al otro que algunos estamentos sociales y poderes mediáticos se afanan en inculcar en la actualidad al grueso de la población era muy diferente hace unas décadas. “Sus temores eran heredados de la posguerra. Miedo al hambre, al enemigo político, a que la familia no se pudiera autorreproducir en unas condiciones básicas de suficiencia, lo que llevó a miles de ellas a emigrar”, enumera el experto.
El fomento de la individualización y las nuevas subjetividades que nos atraviesan en la actualidad han transformado de manera sustancial las formas de vecindad que nos anteceden. “Y ahí juega un papel determinante la inestabilidad residencial en la que nos vemos inmersos”, apuntilla Cruz. En la medida en que el vecindario es desplazado constantemente, víctima de procesos de gentrificación e inestabilidad laboral, se torna complicado generar una vecindad estable en la que crear espacios de confianza y sociabilidad común. “Ya no solo se sospecha del otro, sino que la idea de comunidad ha perdido fuerza porque la individualidad está por encima de todo, incluso de la familia”, opina el antropólogo.
Socializar desde el miedo
Cruz recalca que esa “socialización a partir del miedo”, como él la define, no solo afecta a las generaciones más jóvenes. “Los ancianos han sido víctimas de este proceso de individualización y se han convertido en un target objetivo para la industria del miedo”, comenta en referencia al negocio de la seguridad y la forma en la que explotan el temor al migrante o a la ocupación.
“A mí me cuesta pensar que las prácticas sociales más antiguas vayan a desaparecer rápidamente, y también pienso que hasta cierto punto podrán ser reproducidas de otra manera en la medida en que vayamos recomponiendo las comunidades locales que rompan con los procesos de subjetivación tan aplastantemente individualistas”, se explaya el especialista jiennense.
Desde su punto de vista, esa “vecindad antigua” de confianza mutua podría ayudar a aplacar los miedos contemporáneos. Es algo que todavía en inmensidad de pueblos se mantiene y cuya máxima expresión es convivir con las puertas abiertas. “Esa confianza es la base del bienestar social, porque este no existe si hay desconfianza en el otro”, reitera.
La cooperación como salvavidas
En esta época se está perdiendo aquella generación educada en los procesos solidarios que aparecieron tras la Segunda Guerra Mundial. “La gente era más pobre y tenía que ayudarse más. En España, en concreto durante la Transición, vinieron una serie de años en los que se tejieron muchísimos lazos de tipo cooperativo”, explica Asunción Bernárdez, catedrática de Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid. “Esos tejidos sociales son cruciales para la vida social y política, no solo votar cada cuatro años”, añade.
Al igual que Cruz, esta experta de la comunicación considera a sus 65 años que vivimos inmersos en un “individualismo feroz”. A través de redes sociales, a través de partidos ultraconservadores cada vez con mayor prédica, se ha construido una “mitología de la individualidad” que no existía en épocas anteriores. Aunque siempre ha existido esa idea del personaje individual que triunfa, es en estos momentos cuando se da una exaltación de ese modelo, que es un modelo interesado, defiende Bernárdez.
La consecuencia no tarda en llegar. Según desarrolla esta especialista, “lo individual hace que la gente deje de creer en lo público, en lo cooperativo, en el apoyo mutuo, y eso es muy peligroso y contraproducente para el desarrollo de la democracia. Si no creemos en lo común, no funcionará el sistema democrático y, por lo tanto, tampoco el sistema de justicia”.
Expansión del miedo
En este sentido, la perversión de los conceptos es otra de las herramientas que más utilizan la derecha y extrema derecha que apuntalan el neoliberalismo e individualismo social. “Hablan mucho de libertad, pero la libertad no es entendida como lo que yo quiero. La libertad pasa por tener un sistema de justicia y reparto social. La libertad no existe para el pobre que no puede decidir”, comenta la catedrática.
La experiencia de esta sexagenaria le hace ver cómo “todo el mundo de repente se siente inseguro”, lo que lleva al miedo: “Y esto es peligroso, porque el miedo nos legitima para usar la violencia en un momento dado. Es curioso que tengamos sensación de inseguridad en una sociedad como la nuestra”.
Según la Secretaría de Estado de Seguridad, en 2025 se registraron 2.474.156 delitos, lo que supone un aumento del 0,8 % sobre el año 2024. Hace casi dos décadas, en 2006, la Policía y la Guardia Civil actuaron sobre 1.881.913 delitos y faltas. Sin embargo, la tasa de criminalidad (los delitos por cada mil habitantes) se situaba en el 47.7 en 2006 y en la actualidad está en el 40.4.
Bernárdez destaca que tener cierta incertidumbre hacia el futuro no es malo en sí mismo. Consciente de que vivimos en una crisis ecológica y de valores y de redistribución de la riqueza, los interrogantes están ahí y es normal que los sintamos. “El problema está cuando esa sensación de fragilidad se canaliza como miedo hacia el que es más pobre que tú”, concluye.