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Volver a la verdadera dieta mediterránea reduciría a la mitad el daño ambiental que causa nuestra alimentación

La manera de consumir en España, desde la comida a la calefacción, pasando por los viajes en avión o la ropa, daña cada vez más el medio ambiente. La huella ecológica para satisfacer el consumo intensivo crece a base de contaminar el aire, degradar el agua, extraer recursos o exacerbar el cambio climático, según acaba de acreditar el Centro Conjunto de Investigaciones (JRC) de la Comisión Europea.

Los científicos de la ONU llaman a cambiar la dieta mundial con urgencia para frenar la crisis climática

Saber más

El JRC ha analizado, en colaboración con el Ministerio de Consumo, los datos de España a partir de su estudio global sobre la Unión Europea. La conclusión es que, de 2010 a 2018 –los últimos datos consolidados–, los impactos en general han crecido un 5% “con un notorio cambio de tendencia [al alza] desde 2013”.

Esta huella mide con 16 indicadores los impactos ambientales del consumo de un país. Se trata, entre otros, de la acidificación del medio, la eutrofización de ecosistemas (el exceso de nutrientes por los vertidos de purines o restos de fertilizantes), el cambio climático, el uso de recursos (agua, suelo o minerales), la pérdida de capa de ozono o la contaminación.

Los investigadores han hallado que la forma de consumir alimentos en España es el principal responsable de esos impactos ambientales –hasta el 52% de la huella ecológica– y que retornar a una dieta mediterránea auténtica rebajaría muy notablemente los daños. “El consumo de alimentos representa con diferencia el principal impulsor de los impactos ambientales generados de media por una persona”.

A la alimentación le siguen la movilidad por el uso de los turismos y los viajes en avión y la vivienda debido, sobre todo, al consumo de energía para la calefacción. Los otros dos sectores que aparecen son los bienes del hogar (como la ropa o los muebles) y los electrodomésticos propiamente dichos: nevera, lavadora o aparatos de aire acondicionado.

El consumo de alimentos representa con diferencia el principal impulsor de los impactos ambientales generados de media por una persona

La conversión del sistema agropecuario en un modelo “altamente intensivo e industrial” explica gran parte de sus impactos. Se ha hecho “fuertemente dependiente del uso de recursos fósiles, fertilizantes químicos y grandes cantidades de agua”, describe el estudio.

Los datos muestran que el consumo de alimentos en España, basado en ese sistema muy intensivo, provoca saturación de nutrientes en el suelo y el mar (la eutrofización que tiene al Mar Menor en colapso), agotamiento de la capa de ozono, acidificación de ecosistemas y uso masivo de agua y del suelo.

El análisis no se limita a la manera de producir dentro de España. La importación a gran escala de soja para piensos ganaderos que ha multiplicado la deforestación en la Amazonía, por ejemplo, computa en la huella ecológica del consumo español. O la transformación de turberas o bosques en monocultivos de palma en Indonesia. Estas realidades son las que han empujado a la creación de una normativa europea específica para intentar que la importación de materias no implique deforestación.

El elevado consumo de carne y lácteos producidos industrialmente es lo que más peaje ambiental impone. En este sentido, la producción intensiva y en ascenso lleva a que las emisiones de efecto invernadero de solo 20 grandes corporaciones europeas equivalgan a tres cuartas partes de todo el CO2 liberado por España en un año.

El análisis del Centro de Investigaciones explica que una reducción del 25% en el consumo de estos productos aliviaría en un 20% de promedio impactos como la eutrofización del suelo y del mar. Va en la línea de lo que demandaron los científicos expertos en cambio climático de la ONU (IPCC) en 2019  al pedir una dieta con más vegetales y carne obtenida con sistemas que demanden menos energía por su menor impacto climático.

Si el consumo bajara un 50% para adaptarse más a la dieta mediterránea, la mejora ambiental sería todavía mayor. 15 de los 16 indicadores ambientales estudiados descenderían muy significativamente, hasta un 40% mejor.

¿Pero la dieta mediterránea no es ya la propia de España? Los datos avalan que no.

La Fundación Dieta Mediterránea (FDM) asegura desde hace tiempo que apenas un 45% de la población española sigue este tipo de alimentación. La Federación Española de Sociedades de Nutrición, Alimentación y Dietética (Fesnad) alertó en 2021 de que solo un 30% dice seguir esta dieta que supone comer frutas y verduras todos los días, limitar la carne roja a dos veces por semana y contempla una ración semanal de carne procesada, según detalla la misma FDM.

Aunque en el sector de los alimentos es donde más espacio de mejora existe, todos los campos pueden aportar, refleja este trabajo. Por ejemplo, avanzar hacia electrodomésticos más eficientes o profundizar en la reutilización, reciclaje y reparación de aparatos.

Consecuencias

El estudio explica que los patrones de consumo intensivo en España (también en Europa) provocan que algunos impactos hayan sobrepasado los límites de lo sostenible. En concreto la toxicidad en las aguas dulces, el cambio climático, la contaminación por partículas, el uso de recursos fósiles y la eutrofización. El uso de recursos minerales ha llegado a la zona de incertidumbre.

La presiones ambientales del patrón de consumo se dejan notar, explica el JRC, tanto en los ecosistemas como en la salud humana.

El cambio climático y la modificación en los usos del suelo, por ejemplo creando monocultivos intensivos, provocan el 80% de los daños que soportan los hábitats a cuenta del consumo. “De nuevo la alimentación es el área que más contribuye a la pérdida de calidad de los ecosistemas y por lo tanto a la pérdida de biodiversidad”, afirma.

Ilustra este proceso la degradación de los ecosistemas esteparios y el declive de la fauna ligada a ambientes agrarios que está desapareciendo con la intensificación agrícola. Especies propias de estos hábitats como el sisón o la alondra ricotí están a la puertas de recibir la catalogación de “en peligro de extinción”. Son solo dos ejemplos.

Respecto a la salud de las personas, los impactos más dañinos que empeoran por la manera de consumir son el calentamiento global –España atraviesa en esta segunda quincena de mayo un pico de calor muy inusual para este época del año– y la contaminación por partículas.  

La manera de consumir en España, desde la comida a la calefacción, pasando por los viajes en avión o la ropa, daña cada vez más el medio ambiente. La huella ecológica para satisfacer el consumo intensivo crece a base de contaminar el aire, degradar el agua, extraer recursos o exacerbar el cambio climático, según acaba de acreditar el Centro Conjunto de Investigaciones (JRC) de la Comisión Europea.

Los científicos de la ONU llaman a cambiar la dieta mundial con urgencia para frenar la crisis climática

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El JRC ha analizado, en colaboración con el Ministerio de Consumo, los datos de España a partir de su estudio global sobre la Unión Europea. La conclusión es que, de 2010 a 2018 –los últimos datos consolidados–, los impactos en general han crecido un 5% “con un notorio cambio de tendencia [al alza] desde 2013”.

Esta huella mide con 16 indicadores los impactos ambientales del consumo de un país. Se trata, entre otros, de la acidificación del medio, la eutrofización de ecosistemas (el exceso de nutrientes por los vertidos de purines o restos de fertilizantes), el cambio climático, el uso de recursos (agua, suelo o minerales), la pérdida de capa de ozono o la contaminación.

Los investigadores han hallado que la forma de consumir alimentos en España es el principal responsable de esos impactos ambientales –hasta el 52% de la huella ecológica– y que retornar a una dieta mediterránea auténtica rebajaría muy notablemente los daños. “El consumo de alimentos representa con diferencia el principal impulsor de los impactos ambientales generados de media por una persona”.

A la alimentación le siguen la movilidad por el uso de los turismos y los viajes en avión y la vivienda debido, sobre todo, al consumo de energía para la calefacción. Los otros dos sectores que aparecen son los bienes del hogar (como la ropa o los muebles) y los electrodomésticos propiamente dichos: nevera, lavadora o aparatos de aire acondicionado.

El consumo de alimentos representa con diferencia el principal impulsor de los impactos ambientales generados de media por una persona

La conversión del sistema agropecuario en un modelo “altamente intensivo e industrial” explica gran parte de sus impactos. Se ha hecho “fuertemente dependiente del uso de recursos fósiles, fertilizantes químicos y grandes cantidades de agua”, describe el estudio.

Los datos muestran que el consumo de alimentos en España, basado en ese sistema muy intensivo, provoca saturación de nutrientes en el suelo y el mar (la eutrofización que tiene al Mar Menor en colapso), agotamiento de la capa de ozono, acidificación de ecosistemas y uso masivo de agua y del suelo.

El análisis no se limita a la manera de producir dentro de España. La importación a gran escala de soja para piensos ganaderos que ha multiplicado la deforestación en la Amazonía, por ejemplo, computa en la huella ecológica del consumo español. O la transformación de turberas o bosques en monocultivos de palma en Indonesia. Estas realidades son las que han empujado a la creación de una normativa europea específica para intentar que la importación de materias no implique deforestación.

El elevado consumo de carne y lácteos producidos industrialmente es lo que más peaje ambiental impone. En este sentido, la producción intensiva y en ascenso lleva a que las emisiones de efecto invernadero de solo 20 grandes corporaciones europeas equivalgan a tres cuartas partes de todo el CO2 liberado por España en un año.

El análisis del Centro de Investigaciones explica que una reducción del 25% en el consumo de estos productos aliviaría en un 20% de promedio impactos como la eutrofización del suelo y del mar. Va en la línea de lo que demandaron los científicos expertos en cambio climático de la ONU (IPCC) en 2019  al pedir una dieta con más vegetales y carne obtenida con sistemas que demanden menos energía por su menor impacto climático.

Si el consumo bajara un 50% para adaptarse más a la dieta mediterránea, la mejora ambiental sería todavía mayor. 15 de los 16 indicadores ambientales estudiados descenderían muy significativamente, hasta un 40% mejor.

¿Pero la dieta mediterránea no es ya la propia de España? Los datos avalan que no.

La Fundación Dieta Mediterránea (FDM) asegura desde hace tiempo que apenas un 45% de la población española sigue este tipo de alimentación. La Federación Española de Sociedades de Nutrición, Alimentación y Dietética (Fesnad) alertó en 2021 de que solo un 30% dice seguir esta dieta que supone comer frutas y verduras todos los días, limitar la carne roja a dos veces por semana y contempla una ración semanal de carne procesada, según detalla la misma FDM.

Aunque en el sector de los alimentos es donde más espacio de mejora existe, todos los campos pueden aportar, refleja este trabajo. Por ejemplo, avanzar hacia electrodomésticos más eficientes o profundizar en la reutilización, reciclaje y reparación de aparatos.

Consecuencias

El estudio explica que los patrones de consumo intensivo en España (también en Europa) provocan que algunos impactos hayan sobrepasado los límites de lo sostenible. En concreto la toxicidad en las aguas dulces, el cambio climático, la contaminación por partículas, el uso de recursos fósiles y la eutrofización. El uso de recursos minerales ha llegado a la zona de incertidumbre.

La presiones ambientales del patrón de consumo se dejan notar, explica el JRC, tanto en los ecosistemas como en la salud humana.

El cambio climático y la modificación en los usos del suelo, por ejemplo creando monocultivos intensivos, provocan el 80% de los daños que soportan los hábitats a cuenta del consumo. “De nuevo la alimentación es el área que más contribuye a la pérdida de calidad de los ecosistemas y por lo tanto a la pérdida de biodiversidad”, afirma.

Ilustra este proceso la degradación de los ecosistemas esteparios y el declive de la fauna ligada a ambientes agrarios que está desapareciendo con la intensificación agrícola. Especies propias de estos hábitats como el sisón o la alondra ricotí están a la puertas de recibir la catalogación de “en peligro de extinción”. Son solo dos ejemplos.

Respecto a la salud de las personas, los impactos más dañinos que empeoran por la manera de consumir son el calentamiento global –España atraviesa en esta segunda quincena de mayo un pico de calor muy inusual para este época del año– y la contaminación por partículas.  

La manera de consumir en España, desde la comida a la calefacción, pasando por los viajes en avión o la ropa, daña cada vez más el medio ambiente. La huella ecológica para satisfacer el consumo intensivo crece a base de contaminar el aire, degradar el agua, extraer recursos o exacerbar el cambio climático, según acaba de acreditar el Centro Conjunto de Investigaciones (JRC) de la Comisión Europea.

Los científicos de la ONU llaman a cambiar la dieta mundial con urgencia para frenar la crisis climática

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El JRC ha analizado, en colaboración con el Ministerio de Consumo, los datos de España a partir de su estudio global sobre la Unión Europea. La conclusión es que, de 2010 a 2018 –los últimos datos consolidados–, los impactos en general han crecido un 5% “con un notorio cambio de tendencia [al alza] desde 2013”.