Una autobiografía hallada en Ohio destapa la vida de un soldado británico amputado y olvidado tras la Guerra de 1812

Una mano temblaba sobre la mesa mientras la otra, ya rígida, apenas soportaba el peso del cuerpo. El hombre intentó enderezar la espalda, pero el hombro derecho le ardía con un dolor que lo mantenía despierto noche tras noche. Se llevaba la mano al pecho buscando alivio y notaba la antigua cicatriz, una línea dura donde décadas atrás había entrado una bala de mosquete.

El aire de la habitación estaba frío y el gesto de llevar una taza a los labios era una batalla diaria. A cada intento, el brazo fallaba y el metal del asa chocaba contra la madera con un golpe seco que le recordaba el cuerpo mutilado. Con la misma paciencia con la que había enterrado su propio miembro amputado, aprendió a mover el cuerpo entero como si fuera una herramienta única, aunque el dolor fuera insoportable.

Un manuscrito perdido que reescribe su historia

El historiador Eamonn O’Keeffe, de la Universidad Memorial de Terranova, encontró en una biblioteca de Cleveland la única copia conocida de History and Conversion of a British Soldier, la autobiografía que Shadrack Byfield publicó en Londres en 1851. Según O’Keeffe, el manuscrito, extraviado durante más de un siglo, cambia la imagen del veterano inglés de la guerra de 1812, al mostrarlo no como un soldado dócil, sino como un hombre marcado por el dolor, la pobreza y una fe obstinada.

El hallazgo permitió reconstruir una historia distinta. Byfield, un tejedor de Wiltshire que perdió un brazo en combate, se convirtió en un símbolo de resistencia entre los soldados británicos. Su relato de amputación, su entierro del propio miembro y la invención de una prótesis casera mostraban el empeño de un hombre que se negó a quedar fuera del trabajo y la vida civil.

En su primera autobiografía, publicada en 1840, describía con detalle su paso por el ejército, las heridas sufridas en Canadá y su lucha por conseguir una pensión justa. El nuevo documento, en cambio, revela un tono espiritual y una mirada más amarga sobre la vejez y el sufrimiento.

O’Keeffe explicó en Journal of British Studies que el contraste entre ambas obras muestra un cambio radical: la primera buscaba la aprobación de benefactores, mientras la segunda era una confesión de fe. En ella, Byfield admitía faltas y narraba episodios de penuria, endeudamiento y desempleo. “El hallazgo ofrece una visión inédita sobre los veteranos británicos que volvieron del frente y tuvieron que rehacer su vida con cuerpos rotos”, dijo el investigador.

Un enfrentamiento que rompió su paz tardía

Décadas antes, Byfield había regresado a Bradford-on-Avon con su prótesis de hierro y madera, un artefacto que encargó a un herrero local tras soñar con su forma. A pesar de la discapacidad, se empleó como jardinero y cargador en Bath. En una de sus frases más conocidas afirmó: “Nunca vi a nadie que pudiera competir conmigo con un brazo”. Esa obstinación le permitió sobrevivir a la miseria y mantener a su familia, aunque siempre reclamó un aumento de pensión que solo logró con ayuda del historiador militar Sir William Napier.

Su vida posterior se volvió más turbulenta. Al trasladarse a Hawkesbury Upton, se vio envuelto en una disputa por el control de una capilla bautista. Hubo peleas, denuncias y un enfrentamiento que terminó con un hombre herido por el gancho metálico de su brazo artificial. Los registros policiales y judiciales, revisados por O’Keeffe, describen un caos de acusaciones y golpes en plena ceremonia religiosa. Aunque no fue condenado, perdió su puesto como guardián del monumento dedicado al general Somerset, empleo que le garantizaba alojamiento.

Los últimos años fueron de cansancio y persistencia. Byfield volvió a casarse en 1856, asistió al funeral de Napier en Londres y continuó escribiendo pese a las dolencias. En 1867 vendía copias de una nueva obra, The Forlorn Hope, de la que no se conserva ningún ejemplar. Murió en 1874, con 84 años, tras una vida que alternó gloria, miseria y fe. Según O’Keeffe, “el veterano fue fuerte de carácter, pero soportó un sufrimiento profundo y una soledad duradera”.

La voluntad como última arma de un hombre cansado

La guerra que lo marcó había sido un conflicto entre Reino Unido y Estados Unidos, librado en el frente norteamericano mientras Europa cerraba las campañas napoleónicas. Para los historiadores, la guerra de 1812 fue un episodio fundacional para Estados Unidos y Canadá, y los escritos de Byfield ofrecen una mirada excepcional desde el punto de vista de un soldado raso británico. Su figura ha aparecido en documentales como The War of 1812 de PBS y en novelas como Redcoat, de Gregory Sass, que lo convirtió en personaje de ficción.

En los registros más personales, Byfield dejó constancia de su trato con los vecinos, las acusaciones que sufrió y los golpes que recibió en la capilla, donde fue insultado y escupido por quienes querían arrebatarle la pensión. En uno de sus pasajes escribió: “Vinieron y me empujaron y me escupieron en la cara, esperando que les golpeara, para poder quitarme mi pensión”. Su tono era el de un hombre cansado, pero aún dispuesto a defender su dignidad.

En la misma autobiografía, el veterano recordó su dolencia en el hombro derecho y los años en que apenas podía levantar una taza. Aun así, se negaba a ceder. En otra entrada, explicó que, antes de volver a su telar, se arrodillaba y rezaba para tener fuerza suficiente para trabajar. “A la honra y alabanza de su querido nombre, ese brazo ha logrado hacer el trabajo tan bien como el otro”, escribió. Su fe y su empeño mantuvieron en pie a un hombre que había perdido medio cuerpo, pero no la voluntad de seguir.