El cuerpo de un monje del siglo XVIII fue preservado con un método insólito: serrín y telas en el recto

A Franz Xaver Sidler le metieron ramas, barro y telas por el recto. No fue un accidente ni tampoco sadismo. Esa intervención se produjo como parte de una técnica de embalsamamiento que nadie había registrado antes. Su cadáver, perfectamente conservado desde 1746, llevaba décadas generando rumores, hipótesis y hasta teorías disparatadas sobre su muerte.

Lo que no se sabía es que el secreto no estaba en un veneno ni en milagros, sino en una mezcla insólita de serrín y tejidos comprimidos dentro del cuerpo. La momia estaba tan bien conservada que parecía obra de algo más que madera y tela.

La momia del capellán seco no escondía milagros, pero sí una técnica desconocida

La historia empieza con una iglesia de piedra en un pueblo diminuto junto al Danubio, en Austria, y una momia que los vecinos conocían como el capellán seco al aire. El cuerpo, guardado en una cripta de St. Thomas am Blasenstein, se creía perteneciente a un vicario local fallecido con 37 años. En los últimos años, sin embargo, las sospechas sobre su muerte fueron creciendo, sobre todo después de que una radiografía tomada en el año 2000 revelara un objeto extraño en su interior.

Las teorías se dispararon. Algunos pensaban que podía tratarse de una cápsula de veneno. Otros, que había sido víctima de un intento de asesinato. Pero ninguna de esas hipótesis encajaba con la historia real. Un nuevo estudio publicado en Frontiers in Medicine resolvió el misterio, y de paso, descubrió una práctica de conservación del cuerpo completamente insólita.

El equipo, liderado por Andreas Nerlich, investigador de la Universidad Ludwig-Maximilians de Múnich, hizo una exploración detallada del cadáver con técnicas actuales, como el escaneo por tomografía computarizada. Lo que encontraron fue todo menos habitual: la cavidad abdominal estaba intacta, lo que indicaba que el embalsamamiento no se había hecho por una incisión clásica, sino a través del canal rectal, que se encontraba dilatado.

Durante la disección, los investigadores encontraron madera de abeto y pino, restos de ramas sin identificar, barro seco y varios fragmentos de tejidos como lino, cáñamo y seda, además de botones de madera. Uno de los objetos, que antes se pensaba que era un contenedor de veneno, resultó ser una cuenta de rosario.

Junto con los materiales, también se detectó la presencia de cloruro de zinc, un compuesto que ayudó al secado interno del cuerpo. A partir de ahí, Nerlich y su equipo concluyeron que la preservación del cadáver se debió a un proceso muy particular, del que no se tenía constancia en los textos médicos o religiosos de la época.

Ni mártir ni víctima de complot, solo un capellán enfermo de tuberculosis

Después de tomar muestras de piel, tejido y esmalte dental, los análisis químicos descartaron completamente la presencia de tóxicos. En cambio, los restos pulmonares mostraban calcificaciones y quistes compatibles con tuberculosis crónica. Esa enfermedad respiratoria fue, según el estudio, la causa más probable de su muerte.

Además, las imágenes del escáner revelaron signos de sinusitis persistente y desgaste semicircular en los dientes frontales, dos pistas que apuntan a que Sidler fumaba en pipa de forma habitual.

La confirmación de su identidad llegó con la datación por radiocarbono, que situaba su fallecimiento a mediados del siglo XVIII, y por la edad ósea, que coincidía con la del vicario registrado en los archivos parroquiales. Todo apuntaba a que el cuerpo era, efectivamente, el de Franz Xaver Sidler von Rosenegg.

Aunque se desconoce el motivo exacto por el que se le aplicó esta técnica de conservación, los investigadores creen que podría haberse preparado su cuerpo para un traslado que finalmente no se llevó a cabo.

En referencia a esto, Nerlich señala que hay documentos que recogen este tipo de preparaciones para alargar el velatorio o facilitar un desplazamiento, y añade que “posiblemente, el vicario fue preparado para su transporte a la abadía de origen, lo cual pudo no haberse completado por razones desconocidas”.

Así que el misterio no estaba en el veneno ni en lo milagroso, sino en una técnica de embalsamamiento que usó madera, telas y un poco de química, todo comprimido por en un canal que está naturalmente diseñado para tener una sola dirección.