Un embajador de los Reyes Católicos viajó a Egipto para resolver un importante conflicto y acabó relatando lo que vio dentro de las pirámides

La protección de comunidades religiosas en territorios lejanos dependía de decisiones tomadas a cientos de kilómetros, en despachos donde una amenaza podía convertirse en un castigo real sobre quienes vivían allí. La situación de los cristianos en Tierra Santa quedó en manos de acuerdos frágiles, con gobernantes que podían cerrar iglesias, limitar actividades o permitir que siguieran abiertas según el clima político del momento.

Esos cambios no se veían en mapas ni en tratados, se notaban en la vida diaria de quienes residían en ciudades como Jerusalén o Belén. Esa fragilidad llevó a intervenir con una misión concreta que debía resolver un problema inmediato y evitar represalias que ya se habían anunciado.

Un enviado negoció cambios ante el poder egipcio

Un embajador logró aliviar las restricciones sobre comunidades cristianas tras negociar con el sultán de Egipto, según el Boletín de la Asociación Española de Orientalistas. Pedro Mártir de Anglería llegó a Alejandría el 23 de diciembre de 1501 y consiguió una audiencia el 6 de febrero de 1502 tras insistir durante semanas.

En ese encuentro pidió que se mantuviera la protección que antes habían tenido los cristianos en Tierra Santa y que no se atendiera a rumores que incitaban a castigarles. El acuerdo permitió retirar limitaciones que afectaban a su actividad y reconoció bajo protección de los Reyes Católicos a cuatro comunidades situadas en Beirut, Jerusalén, Belén y Ramala.

El acceso a esa audiencia no fue inmediato y requirió presión diplomática continuada. El sultán mostró rechazo inicial a recibir al enviado, pero acabó aceptando el encuentro tras varias solicitudes. Una vez dentro, Anglería planteó su petición apoyándose en la figura de Fernando como protector de los cristianos en Tierra Santa, y presentó el asunto como una cuestión de continuidad con decisiones anteriores.

El resultado se tradujo en cambios concretos que afectaban al día a día de esas comunidades, ya que pudieron mantener su actividad sin las trabas previas.

La misión que llevó a Anglería hasta Egipto tenía un objetivo definido desde su origen. Los Reyes Católicos buscaban evitar una escalada tras la conquista de Granada en 1492 y las conversiones forzosas que habían generado tensión con el sultán mameluco. El enviado debía explicar que los musulmanes en la península habían sido tratados como rebeldes y que no se les había obligado a abandonar su fe. Además, presentó la existencia de un enemigo común, el Imperio otomano, como un elemento que podía facilitar el entendimiento entre ambas partes.

La misión buscaba frenar tensiones tras la conquista peninsular

Tras asegurar la negociación, el embajador dirigió su atención a otro asunto que le interesaba de forma personal. Ordenó a sus servidores que entrasen en el interior de una de las pirámides por una abertura situada en la quinta hilera de piedra. Descendieron por un pasadizo inclinado, estrecho y resbaladizo, donde tuvieron que avanzar agachados o de rodillas mientras portaban teas y pedernal.

Al final del recorrido encontraron una cámara de unos doce pasos con dos espacios interiores añadidos. Allí observaron un gran sepulcro y otros más pequeños, que interpretaron como enterramientos de una figura importante junto a personas de su entorno cercano.

El origen de la misión diplomática se encontraba en un contexto de tensión creciente. Las relaciones entre los Reyes Católicos y el sultán estaban deterioradas y la amenaza de represalias contra cristianos en Palestina formaba parte de ese enfrentamiento. Incluso se llegó a contemplar la posibilidad de una guerra. Ante ese escenario, enviar a un representante que pudiera negociar directamente se convirtió en una vía para evitar consecuencias inmediatas sobre las comunidades afectadas.

El enviado exploró el interior de una gran construcción funeraria

Durante su estancia, Anglería también observó el entorno más allá de las construcciones principales. Subió a un montículo desde el que vio numerosos montículos alineados hacia el sudeste a lo largo del río, que se extendían a lo largo de unos 80 kilómetros. Le indicaron que se trataba de otras pirámides, aunque recibió información errónea al asegurarle que algunas superaban en tamaño a las que había visitado.

También le hablaron de restos de una ciudad en ruinas, que identificó como Menfis, antigua capital faraónica. Poco después fue conducido hasta la Esfinge, situada a unos 800 metros de las pirámides, donde observó daños en la nariz y las orejas causados por la erosión y calculó su perímetro en 58 pasos.

La trayectoria del humanista explica su mirada sobre Egipto

El perfil de Pedro Mártir de Anglería ayuda a entender su forma de observar todo lo que encontró en Egipto. Nació en Arona, en el Milanesado, y llegó a Castilla como instructor de los hijos del conde de Tendilla. Se integró en la corte de Isabel y Fernando, donde mantuvo relación con Cristóbal Colón y fue nombrado capellán de la reina en 1501.

Más tarde ejerció como Cronista de Indias y miembro del Consejo de Indias entre 1520 y 1526. Escribió en latín obras como Legatio Babylonica, Opus epistolarum y Décadas de Orbe Novo, donde recogió tanto su viaje a Egipto como relatos sobre el continente americano.

La visita a las pirámides reveló detalles de su estructura

La visita a las pirámides comenzó antes del amanecer del 7 de febrero de 1502. Tras cruzar el Nilo y pasar por los arrabales de El Cairo, se encontró con estructuras que comparó con montañas por su tamaño. Anotó que una de ellas tenía unos 1.300 pasos por lado y mandó a sus hombres subir hasta la parte superior, donde le describieron un barco de piedra con capacidad para unas 30 personas.

También observó hendiduras en los muros, causadas por la extracción de bloques para construir edificios en El Cairo. Frente a relatos anteriores que hablaban de graneros bíblicos, interpretó esas construcciones como tumbas de faraones, apoyándose en autores clásicos como Plinio.