Así fue como la rendición de Granada convirtió a los Reyes Católicos en dueños del último bastión del reino nazarí en España

Las decisiones tras la victoria cambiaron el rumbo social y religioso

Héctor Farrés

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Las guerras prolongadas tienden a agotar tanto a quienes atacan como a quienes se defienden. La guerra de la conquista de Granada mostró ese desgaste durante una década de campañas que alteraron la vida política y económica de la Península. Fue una contienda planificada por los Reyes Católicos para someter al último reino musulmán que resistía en el sur. Sus operaciones combinaban asedios prolongados, toma de fortalezas y negociaciones que buscaban fracturar la unidad nazarí.

La dureza de los asaltos y la persistencia de los cercos revelaron un tipo de guerra distinta a las anteriores, más metódica y sostenida. Con ello, los monarcas establecieron un modelo militar y político que acabaría definiendo la monarquía hispánica y que alcanzaría su punto culminante con la capitulación de Granada.

Cada conquista intermedia inclinó poco a poco el equilibrio del conflicto

Los Reyes Católicos emprendieron una larga ofensiva contra el reino nazarí que culminó el 2 de enero de 1492 con la entrega de Granada por Boabdil. La campaña había comenzado tras la ruptura de una tregua y se extendió durante diez años, combinando batallas, alianzas internas y una estrategia de asedio que buscaba el desgaste del enemigo. Su desenlace marcó el cierre de la Reconquista y el inicio de una nueva etapa de expansión y centralización en la Península.

Las principales campañas mostraron el avance paulatino de las fuerzas cristianas. Desde la ocupación de Zahara por los nazaríes en 1481 hasta el asedio final, cada operación modificó el equilibrio del conflicto. La conquista de Málaga en 1487 privó al reino musulmán de su puerto esencial y anticipó la caída de otras plazas como Baza o Almería. En esos años, Isabel y Fernando consolidaron una red de apoyo logístico y político que hizo posible mantener la presión sobre el emirato.

Las Capitulaciones de Granada fijaron el fin del enfrentamiento. Firmadas el 25 de noviembre de 1491, establecían condiciones favorables para los vencidos: respeto a la religión, las propiedades y las leyes musulmanas. Sin embargo, esa tolerancia resultó temporal. Poco después, las autoridades cristianas introdujeron impuestos y exigencias que alteraron el equilibrio prometido.

La ambición de unificar el territorio impulsó una campaña sin marcha atrás

El conflicto había surgido de una serie de incursiones fronterizas y de la ambición de Castilla por unificar su territorio. Los reinos de Juan II y Enrique IV ya habían impuesto tributos a Granada, pero fue Isabel quien transformó esa presión en una campaña definitiva. Su objetivo no se limitaba a la victoria militar: buscaba eliminar el poder islámico en la Península y asegurar la cohesión de su monarquía.

Las consecuencias se sintieron en la organización del nuevo territorio y en la política religiosa. Los musulmanes que permanecieron fueron llamados mudéjares y se intentó integrarlos bajo una evangelización controlada por fray Hernando de Talavera. Más tarde, el cardenal Cisneros adoptó medidas coercitivas que provocaron rebeliones y llevaron en 1502 a la Pragmática que obligaba a elegir entre conversión o exilio.

Los pactos de Boabdil con los Reyes Católicos ilustraron la complejidad interna del reino nazarí. A cambio de su liberación tras ser capturado, el emir aceptó vasallaje y más tarde prometió entregar la capital a cambio de tierras. Su indecisión y las divisiones internas retrasaron la rendición, pero el hambre y el asedio acabaron forzando la entrega. Con esa decisión se ponía fin a ocho siglos de presencia musulmana en la Península y comenzaba la hegemonía política de la monarquía castellana.

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