Una revisión científica desmonta la teoría que atribuía la caída del Imperio Romano al envenenamiento por plomo
Una hegemonía no se pierde de un día para otro. El Imperio romano fue la gran potencia del Mediterráneo durante siglos y, en su momento de mayor expansión, concentró ejército, administración y comercio bajo un mismo poder. Su dominio se apoyaba en rutas terrestres, flotas y una maquinaria fiscal que movía recursos desde Britania hasta Oriente. Cuando esa estructura empezó a fallar, la explicación buscó causas claras y simples. Entre ellas ganó fuerza la idea de que un metal presente en la vida cotidiana pudo debilitar a la población desde dentro y acelerar el final.
La explicación del derrumbe cambió cuando nuevas pruebas pusieron en duda la teoría del metal
Una revisión firmada por Rachel M. L. Simpson y Sandra J. Garvie-Lok, de la Universidad de Alberta en Canadá, concluye que la hipótesis de una intoxicación masiva por plomo como motor de la caída de Roma no encaja con los datos disponibles. El trabajo integra textos antiguos, hallazgos arqueológicos y análisis de restos humanos para revisar esa narrativa.
Las autoras comparan la ubicuidad del plomo en la Antigüedad con la del plástico en la actualidad y, aun así, descartan que existiera un envenenamiento generalizado capaz de explicar el derrumbe político. La investigación recuerda además que el estudio de objetos y restos humanos permite reconstruir aspectos de salud, comercio o movilidad, pero no respalda el escenario catastrofista que se popularizó.
Uno de los pilares de esa teoría era la sapa o defrutum, un jarabe dulce obtenido al hervir mosto. Catón, Columela y Plinio el Viejo describieron su elaboración en recipientes de plomo, donde el ácido acético reaccionaba con el metal y generaba acetato de plomo, conocido como azúcar de plomo. Ese producto se utilizaba como edulcorante, conservante y corrector de vinos de baja calidad. Sin embargo, los registros arqueológicos apenas han proporcionado recipientes de cocina fabricados en ese material.
Los análisis químicos de restos de vino en ánforas tampoco avalan un uso masivo, ya que una muestra del siglo I a.C. recuperada en un pecio frente a Albenga mostró 1,5 microgramos por gramo, una cifra superior a la de vinos actuales pero muy inferior a la que implicaría añadir grandes cantidades de jarabe.
La teoría ganó fama en el siglo XX pero acumuló críticas por su lectura de las fuentes
La conexión entre plomo y decadencia tomó forma en 1965, cuando el sociólogo Seabury Colum Gilfillan atribuyó la pérdida de creatividad en artes y ciencias a la infertilidad y la mortalidad infantil provocadas por ese metal. Sus planteamientos retomaban ideas previas de Karl Hofmann y Rudolf Kobert, y fueron ampliados después por el científico ambiental Jerome Nriagu.
Según ese modelo, el consumo de vino adulterado y el uso de recipientes de plomo afectaron sobre todo a la aristocracia. Filólogos e historiadores criticaron esa lectura por citas imprecisas y por una interpretación amplia de las fuentes clásicas, pero la imagen se asentó y volvió a surgir cuando estudios sobre contaminación atmosférica en hielos antiguos apuntaron a posibles efectos cognitivos en niños de los siglos I y II.
Los objetos domésticos y los restos óseos dibujaron un panorama distinto
El examen de inventarios domésticos ofrece otra perspectiva. Las investigadoras revisaron 41 publicaciones con listados completos de objetos hallados en viviendas de Italia, Britania, Cartago y Chipre para valorar frecuencia y riesgo. Los hallazgos muestran que los calderos asociados a la sapa apenas aparecen, mientras que abundan contrapesos de telar y, sobre todo, reparaciones de cerámica realizadas con grapas o vertidos de plomo fundido.
Ese material, en contacto con líquidos ácidos como vino o vinagre, podía pasar a la comida. Las autoras indican que “esto probablemente representaba una fuente más común de exposición al plomo en el ámbito doméstico”, y añaden que los artesanos que fundían el metal inhalaban vapores perjudiciales.
Las conducciones urbanas elevaron la concentración en el agua pero no provocaron una crisis sanitaria general
La bioarqueología aporta otro ángulo. Los dientes conservan la señal de la exposición durante la infancia y los huesos reflejan los años previos a la muerte, y decenas de estudios han medido esas concentraciones en poblaciones romanas. Los valores medios no indican un envenenamiento masivo, aunque casi todos los yacimientos incluyen individuos con cifras altas.
En Londres, un estudio liderado por Joanna Moore en 2021 detectó niveles muy elevados en un feto y en varios lactantes, lo que apunta a transmisión a través de la placenta y a posibles efectos graves. El mismo trabajo relacionó esas concentraciones con lesiones asociadas a anemias o carencias vitamínicas. Además, los esqueletos de grandes ciudades como Roma o Londinium muestran cifras más altas que los de regiones rurales de Alemania, Croacia o España, y tras el siglo V d.C. esos valores descienden de forma acusada.
El sistema de conducciones de agua también entró en la discusión. Las fistulae de plomo eran habituales y Vitruvio ya advirtió que el agua transportada por ese metal resultaba menos saludable que la que circulaba por barro. Para que se produjera disolución, el líquido debía permanecer estancado, pero muchas redes urbanas funcionaban con flujo continuo.
En aguas con alto contenido en calcio se formaba una capa de carbonato cálcico en el interior de las tuberías que aislaba el metal. Un estudio de sedimentos de la cuenca Trajana en Roma indicó que el uso de esas conducciones multiplicó hasta 40 veces la concentración respecto a manantiales naturales, aunque las autoras concluyen que ese aumento no bastaba para provocar una intoxicación aguda generalizada.
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