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¿El lugar más peculiar de Europa? Durante siglos no dejó entrar a mujeres, a vacas ni a catalanes

Héctor Farrés

30 de agosto de 2026 14:01 h

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Un gesto tan simple como apartar la mirada o evitar un encuentro cercano marca el inicio de una forma de vida que intenta esquivar cualquier tentación. La idea de la mujer como tentación y pecado nace en ese punto, cuando la presencia femenina se percibe como algo que puede alterar el equilibrio espiritual de hombres religiosos que, como cualquier otra persona, sienten impulsos y deseo.

Para contenerlos, no basta con una norma interna, hace falta cambiar el entorno y limitar lo que entra en él. Ese planteamiento lleva a convertir la ausencia en una herramienta diaria, donde el deseo no se combate enfrentándolo, sino evitando que llegue a aparecer.

La autonomía permitió conservar normas durante siglos

El Monte Athos mantiene desde hace siglos un sistema propio dentro de Grecia que permite aplicar ese tipo de reglas sin interferencias externas. Situado en una península montañosa que se adentra en el mar Egeo, funciona como una república monástica autónoma con leyes propias, reconocidas a lo largo del tiempo por distintos poderes políticos. Allí viven unos 2.000 monjes ortodoxos repartidos en veinte monasterios, en un territorio que ha logrado mantenerse al margen de muchas normas comunes en Europa.

Esa autonomía ayuda a entender por qué allí se han mantenido costumbres muy antiguas. La entrada está muy controlada y apenas se permite el paso a algo más de cien visitantes al día, siempre hombres, que llegan por mar en barcos autorizados. El aislamiento marca mucho más que la ubicación del lugar. También condiciona la vida cotidiana, con un calendario propio y una forma distinta de contar las horas, que empieza cuando cae el sol.

Dentro de ese sistema, la norma más conocida es el avaton, vigente desde el año 1046. Establece que ninguna mujer puede entrar en todo el territorio, sin excepciones. No es una regla solo sobre el papel, sino una prohibición que se lleva aplicando desde hace siglos.

Los animales también quedaron sometidos a la misma norma

La vida monástica se protege eliminando cualquier presencia que pueda alterar la disciplina, y eso incluye tanto a visitantes como a investigadoras o representantes políticas. La tradición sostiene que la única figura femenina admitida es la Virgen María, convertida en referencia espiritual exclusiva.

La misma lógica se extiende más allá de las personas. La entrada de animales hembra también quedó prohibida para evitar cualquier rastro asociado a la feminidad. Esa norma, llevada al extremo, obligó a introducir excepciones con el paso del tiempo. Se permitieron gatas para controlar plagas y gallinas para asegurar el suministro de huevos, lo que muestra hasta qué punto la vida cotidiana exige ajustes incluso en un entorno tan cerrado.

El funcionamiento de los monasterios refuerza ese modelo. Dormir y comer dentro de ellos forma parte de la hospitalidad que ofrecen, sin pago, porque aceptar dinero puede resultar ofensivo.

El veto a los catalanes desapareció mientras el avaton continúa

Las construcciones, muchas de ellas con aspecto de fortaleza, responden a siglos de conflictos y ataques. Algunas se levantaron cerca de la costa para resistir invasiones, lo que da una idea del tipo de amenazas que han tenido que afrontar a lo largo del tiempo.

Entre esos episodios destaca uno que dejó una huella duradera. A comienzos del siglo XIV, la llamada Venganza catalana cambió la relación del lugar con el exterior. Tras el asesinato de Roger de Flor y de un grupo de almogávares en 1305 por orden del Imperio bizantino, los supervivientes respondieron con una campaña de castigo que arrasó territorios enteros. En su avance, llegaron hasta el Monte Athos, donde los monasterios, cargados de bienes y apenas defendidos, se convirtieron en un objetivo a conseguir.

El saqueo fue sistemático. Se llevaron tesoros, destruyeron edificios y acabaron con muchos de los religiosos que vivían allí. La reacción posterior consistió en cerrar el acceso a los catalanes como colectivo, una prohibición que no distinguía entre responsables y generaciones posteriores. Durante siglos, el origen bastaba para encontrar la prohibición absoluta para entrar allí como parte de un castigo que se mantuvo en el tiempo.

Esa restricción fue perdiendo importancia con el paso de los años, sobre todo en el contexto de una Europa más integrada, donde mantener ese tipo de vetos resultaba cada vez más difícil de justificar. Aun así, la prohibición a las mujeres sigue vigente hoy, igual que la mayoría de normas que definen la vida en la península.

El resultado es un espacio donde conviven reglas muy antiguas con un presente que las rodea sin llegar a cambiarlas, y donde el intento de controlar el deseo sigue marcando la forma de organizar todo lo demás.