Así fue como el mar de Aral pasó de ser el cuarto mayor lago interior del mundo a convertirse en una amenaza climática
Las bacterias y los hongos tienen ahora bastante trabajo en el antiguo fondo del mar de Aral, entre Kazajistán y Uzbekistán. Al desaparecer el agua, estos microorganismos han encontrado materia orgánica enterrada que pueden descomponer con ayuda del oxígeno. El resultado es una liberación de dióxido de carbono que continúa mucho después de que retroceda la orilla. Menuda herencia para un lago que, cuando estaba lleno, mantenía ese carbono almacenado bajo sus aguas.
El deterioro del Aral agravó el calentamiento global
Una investigación publicada en la revista Science y recogida por Grist ha calculado que el mar de Aral emitió unos 748 millones de toneladas de CO₂ entre 1960 y 2022, aproximadamente el triple de las emisiones anuales de España. El trabajo, encabezado por Rafael Marcé, investigador del Centro de Estudios Avanzados de Blanes, incorpora así una dimensión climática a una catástrofe conocida principalmente por sus consecuencias ecológicas y humanas. Por lo tanto, la desaparición de una masa de agua también puede transformar el carbono acumulado en su fondo en una fuente de gases de efecto invernadero.
Las emisiones tampoco se distribuyen de manera uniforme a lo largo del tiempo, según los cálculos del equipo científico. Aproximadamente la mitad del CO₂ correspondiente a cada superficie descubierta se libera en sus primeros 15 años de exposición. Después, la velocidad disminuye, aunque el proceso continúa. El viento añade otra vía de pérdida, al levantar partículas del antiguo fondo lacustre y transportar sedimentos ricos en carbono. Este mecanismo representa casi una quinta parte del total estimado.
Para reconstruir esa evolución, Marcé y sus colaboradores viajaron a Asia Central en 2022 y recogieron muestras en terrenos que habían quedado secos en momentos diferentes. Algunas zonas llevaban décadas fuera del agua, mientras otras habían emergido mucho más recientemente. Esa sucesión de superficies permitió comparar distintas fases de degradación.
Sin embargo, el equipo solo pudo extraer sedimentos hasta 50 centímetros de profundidad. Las capas inferiores siguen siendo una incógnita, por lo que los investigadores admiten que sus estimaciones podrían quedarse cortas. Pretenden regresar con equipos de perforación de mayor capacidad.
La agricultura soviética provocó la desaparición del antiguo lago
El origen de esta transformación se remonta a las políticas agrícolas de la Unión Soviética, que desde la década de 1960 intensificó el aprovechamiento del agua para cultivar algodón. Los caudales del Amu Daria y del Sir Daria, los dos grandes ríos que alimentaban el Aral, fueron desviados hacia sistemas de irrigación. El lago, que había sido la cuarta mayor masa de agua continental del planeta, perdió más del 90% de su superficie. En su lugar quedaron extensiones salinas que forman el desierto de Aralkum.
El problema puede extenderse a otras regiones donde están disminuyendo las reservas de agua continentales. Entre los casos examinados figuran el lago Chad, el Poopó boliviano y el mar Caspio, cuya superficie podría reducirse considerablemente antes de terminar el siglo. También preocupa el Gran Lago Salado de Utah.
Un estudio encabezado por Soren Brothers, limnólogo de la Universidad de Toronto, estima que este último libera más de cuatro millones de toneladas de CO₂ al año. Sarian Kosten, ecóloga acuática de la Universidad Radboud, considera sólidas las conclusiones sobre el Aral, aunque advierte de la gravedad de su deterioro.
La investigación calcula además que los sedimentos del Aral todavía podrían liberar otros 605 millones de toneladas de CO₂. Evitar esas emisiones tendría, según el estudio, un valor potencial cercano a 18.000 millones de dólares en créditos de carbono. Esa posibilidad abre una vía para financiar intervenciones que protejan las reservas restantes.
La recuperación del agua exige transformar los sistemas agrícolas
Recuperar parte del agua exigiría modernizar las infraestructuras de riego y reducir las pérdidas en los canales agrícolas. También sería necesario alcanzar acuerdos entre los territorios que comparten los recursos fluviales, porque el agua ahorrada podría destinarse a otros usos.
Marcé reconoce las dificultades políticas y técnicas de esa recuperación, pero plantea que la financiación climática podría ofrecer nuevos incentivos. Proteger los sedimentos que aún conservan carbono permitiría actuar antes de que otra parte de esas reservas termine en la atmósfera.
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