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Un proyecto clandestino llena de cruces una carretera para visibilizar la masacre diaria de la fauna

Una rana aplastada junto a una colilla de cigarro, el cuerpo de una paloma con las alas dobladas bajo un guardarraíl, una culebra enrollada sobre sí misma, partida por la mitad. En cualquier país del mundo, cruzar una carretera puede ser una condena para miles de animales que no entienden los límites artificiales que dividen el territorio.

El tráfico rodado se ha convertido en uno de los factores más letales para la fauna silvestre, afectando tanto a especies comunes como a ejemplares protegidos. Todo por cruzar una vía en el momento menos oportuno, aunque solo fuera para buscar comida, volver al nido o seguir el rastro de su grupo. En los Países Bajos, un naturalista decidió contar uno por uno esos cadáveres para demostrar que cada uno tenía nombre, fecha y lugar.

Un zoólogo decidió que no bastaba con mirar y optó por contarlos uno a uno

Bram Koese es zoólogo, especialista en insectos acuáticos, y lleva años cruzando en bicicleta una carretera estrecha al sur de Ámsterdam donde el tráfico se desvía a diario para evitar los atascos de la autopista. En ese tramo de cuatro kilómetros, observó cómo desaparecían familias enteras de gansos, anfibios protegidos y aves migratorias.

Así que, con un foco en la cabeza y un cuaderno, se puso a registrar todo lo que encontraba muerto. Subía los datos y fotografías al portal Observation International, donde quedó constancia de cada víctima, desde búhos hasta tritones. Tras doce meses recorriendo el mismo camino, su recuento alcanzó los 642 ejemplares.

El listado incluía 35 mamíferos, 90 aves y 515 anfibios. Algunos con especial protección legal, como el turón, el sapo corredor o la rana ágil. La falta de reacción de las autoridades municipales ante esos datos llevó a Koese a organizar una intervención que hiciera visible ese goteo constante de atropellos. Reunió a una veintena de voluntarios y, con la colaboración de un taller de bicicletas y vecinos de la zona, prepararon una cruz por cada animal documentado, fabricadas con estacas de sauce vivo y travesaños reciclados de madera vieja, todos pintados de blanco.

Los preparativos se extendieron más de dos semanas. Para entonces, ya habían seleccionado los puntos exactos donde debían instalarse las cruces, cada una con el nombre del animal y la fecha de su muerte, además de un código QR que enlazaba con la imagen original del ejemplar. A través de un canal que discurre paralelo a la carretera, fueron transportando las piezas en barcas, bicicletas y carretillas. Lo hicieron al amanecer para evitar el tráfico y llamar la atención antes de que los conductores pasaran con prisas camino del trabajo.

El 7 de mayo de 2021, en apenas unas horas, dejaron plantadas las 642 cruces a lo largo de la Ziendeweg. Una fila blanca, recta, punteada por el recuerdo de cada ser que había muerto allí sin que nadie se diese cuenta. Koese avisó a la prensa local y nacional, y en pocos días el gesto se replicó en distintos medios. Según recoge la antropóloga Jane Desmond en su estudio sobre el impacto cultural de los atropellos de fauna, este tipo de intervenciones permiten que “empecemos a percibir con más claridad la magnitud de la mortandad animal provocada por el tráfico rodado”.

Una instalación efímera que logró despertar conciencias en pocas horas

En las primeras horas, algunos conductores redujeron la velocidad. Otros pararon a leer las inscripciones. Pero al día siguiente, todas las cruces habían sido derribadas. Algunos sospechaban que la misma persona que meses antes había saboteado un paso de fauna para nutrias pudo haber sido responsable del acto vandálico. Pese a eso, Koese y su equipo las volvieron a levantar porque aún quedaban imágenes por mostrar y datos por explicar.

Una semana después, el informe completo con la ubicación exacta y el número de cadáveres fue entregado al ayuntamiento. Además del documento, adjuntaron una propuesta para restringir la circulación en esa carretera a tráfico local. La acción también provocó que otros grupos ecologistas se interesaran por replicar el método, no solo para denunciar los efectos del tráfico, sino para registrar la evolución de especies que atraviesan zonas urbanas con regularidad.

El caso también puso de relieve que la mayoría de los proyectos oficiales que miden el impacto de la fauna sobre la circulación tienen como objetivo reducir accidentes con animales grandes, pero no prestan atención al impacto de los vehículos sobre animales pequeños. El planteamiento de Koese y su equipo, sin embargo, partía del efecto contrario: registrar el daño que provoca el tráfico diario sobre las especies más vulnerables.

Todo comenzó con una bicicleta, un foco y una libreta. Pero el resultado fue un cementerio visible a pie de carretera que cambió la forma en la que se hablaba del problema. El equipo sabía que las cruces serían efímeras, pero cuando alguien recorra esa carretera, aunque ya no haya cruces blancas, sabrá que ahí hubo 642 animales. Y que alguien se tomó la molestia de contarlos.