En los pasillos húmedos del metro o entre los cubos de basura de una calle sin luz, se oye el roce de unas patas diminutas que avanzan con rapidez. El sonido apenas se distingue, un chasquido breve seguido del golpeteo rítmico de unos bigotes que tantean el aire. Cada movimiento parece medido: un toque, una pausa, otro toque, como si los animales se orientaran a ciegas, confiando solo en lo que sienten.
En ese silencio de fondo, las ratas buscan paso entre grietas, evitan obstáculos y siguen adelante sin dudar, guiadas solo por lo que sienten en la piel. Su capacidad para moverse sin ver ha despertado durante años una mezcla de fascinación y rechazo que no impide reconocer su precisión extraordinaria.
Un grupo internacional recrea el interior del folículo del bigote con detalle
Hace más de 20 años, un grupo de investigadores del Instituto Weizmann de Ciencias descubrió cómo esos bigotes actúan como un sistema sensorial único. Identificaron neuronas que permanecían inactivas mientras el animal movía la cabeza y que solo se encendían en el instante exacto en que un bigote tocaba un objeto. El hallazgo, publicado entonces en Nature Communications, planteó una cuestión que intrigó a los científicos: de qué manera un sistema tan simple podía distinguir entre el movimiento propio y el contacto real con el entorno.
Un estudio posterior, dirigido por el estudiante Taiga Muramoto bajo la supervisión de la profesora Satomi Ebara en la Universidad Meiji de Medicina Integrativa de Kioto, retomó esa duda. El trabajo se desarrolló junto al profesor Takahiro Furuta, de la Universidad de Osaka, y con los investigadores Ehud Ahissar y Knarik Bagdasarian, del Departamento de Ciencias del Cerebro del Instituto Weizmann. El equipo reconstruyó el interior del folículo del bigote con microscopía electrónica y modelos tridimensionales para observar cómo se distribuyen los receptores.
Según Ebara, los mecanorreceptores se alojan en capas y tejidos distintos dentro del folículo, cada uno con su propia función. Ese diseño escalonado es un sistema de precisión que filtra el ruido del movimiento y amplifica la señal del contacto real. El grupo describió que la estructura está compuesta por fibras de colágeno, anclajes membranosos y compartimentos que actúan como resortes naturales.
Un peso interno estabiliza el movimiento y evita falsas señales
Los investigadores comprobaron que entre los cientos de receptores del folículo existe un grupo de unos 50 con forma de maza. Estos son los que responden al tacto activo. Su posición no es aleatoria: forman un anillo único cerca del centro de masa del folículo, justo donde el bigote se apoya para girar. Ese punto apenas se mueve cuando el animal agita la cabeza, lo que permite que las neuronas permanezcan en reposo hasta notar un contacto externo. Muramoto explicó que esa zona funciona como el eje inmóvil de un mecanismo de relojería que solo reacciona ante una fuerza ajena.
La observación más llamativa fue el hallazgo de un peso colágeno suspendido dentro del folículo. Esta masa funciona como un pequeño contrapeso que amortigua las vibraciones generadas por el movimiento del propio bigote. “Actúa como un péndulo microscópico que mantiene estables los receptores mientras la rata explora”, afirmó Ahissar en declaraciones recogidas por Nature Communications. El resultado es un sensor biológico capaz de ignorar su propia agitación para centrarse en el mundo exterior.
El estudio demostró que esta organización mecánica es fruto de una adaptación evolutiva. Los animales que no dependen del batido activo, como los gatos, carecen de esa disposición precisa. En ellos, los receptores tipo maza están inmersos en un colágeno más laxo que transmite las vibraciones sin filtrarlas. Tampoco aparecen agrupados en un anillo único ni protegidos por un peso interno.
La evolución adaptó los bigotes de las ratas a la vida nocturna
Ahissar señaló que las ratas son más activas durante la noche y que su supervivencia depende de esos bigotes sensibles. “Al no tener una visión nocturna desarrollada, necesitan un sistema que les indique la distancia y la textura de cada objeto”, dijo el investigador del Instituto Weizmann. Las comparaciones entre especies permitieron entender cómo la evolución ha moldeado los mecanismos del tacto para distinguir entre movimiento propio y estímulo real.
Cada lado del hocico alberga unos 35 bigotes móviles, y cada uno transmite cientos de señales al cerebro. Esa red convierte el rostro del animal en una superficie de detección continua. Gracias a ella, las ratas pueden orientarse en túneles, reconocer obstáculos y calcular huecos con una exactitud difícil de igualar por sensores artificiales. La investigación muestra que detrás de un comportamiento que suele provocar repulsión hay una ingeniería natural de enorme sofisticación, una solución biológica al problema de percibir el mundo sin luz.