Trump lanza una pulla a Japón y reabre la herida de Pearl Harbor: ¿qué ocurrió en el ataque que llevó a Estados Unidos a la guerra?
El cielo todavía estaba oscuro cuando el zumbido empezó a crecer sin aviso. Los 177 aviones de la Imperial Japanese Navy entraban en formación cerrada, bajando altura mientras la base aún dormía y las primeras sombras del amanecer apenas marcaban las pistas.
Los motores rompían el silencio con una vibración continua que se acercaba desde el mar, y en cuestión de segundos los primeros proyectiles ya caían sobre hangares y aparatos alineados ala con ala. Las cubiertas de los acorazados recibieron impactos casi al mismo tiempo, y en minutos el puerto entero se convirtió en un caos de fuego y humo. Todo ocurrió tan rápido que muchos soldados apenas tuvieron tiempo de entender qué estaba pasando antes de responder.
Donald Trump evocó aquel episodio en una intervención ante la prensa
Ese golpe planificado es el mismo episodio histórico que Donald Trump utilizó al hablar de ataques sorpresa al referirse a Japón en una reunión en la Casa Blanca. Durante un intercambio con periodistas, lanzó la frase “¿quién sabe más de sorpresa que Japón?” y luego añadió, dirigiéndose a la primera ministra Sanae Takaichi, que “¿por qué no me dijiste sobre Pearl Harbor?”. El comentario generó un enorme silencio en la sala por la carga histórica del ejemplo que estaba usando.
En medio de ese ataque citado por el presidente estadounidense, hubo reacciones que se produjeron en cuestión de segundos dentro del propio caos. Doris “Dorie” Miller, marinero de tercera clase a bordo del USS West Virginia, actuó en cuanto el barco recibió torpedos.
Aquel hombre ayudó a sacar al capitán herido y después manejó una ametralladora antiaérea Browning calibre .50 hasta quedarse sin munición. Más tarde siguió trasladando heridos hacia cubierta mientras el buque se hundía. Su actuación le valió la Navy Cross en mayo del año siguiente.
En otro punto de la base, por ejemplo, Kenneth M. Taylor y George Welch despegaron bajo fuego enemigo tras escuchar explosiones desde sus camas. Aún con sus trajes de la noche anterior, lograron derribar siete aviones japoneses.
Tokio buscó un golpe breve para frenar a su rival en el Pacífico
La operación japonesa se había concebido como una apuesta corta. Tokio sabía que no podía mantener un conflicto largo con Estados Unidos, así que buscaba un golpe rápido que frenara cualquier respuesta en el Pacífico.
El objetivo era ganar tiempo para asegurar territorios ricos en recursos y forzar una negociación. Por eso centraron su ataque en acorazados y dejaron en segundo plano instalaciones como depósitos de combustible o talleres de reparación, elementos que luego permitieron a Estados Unidos recuperarse.
Cuando las bombas empezaron a caer, la secuencia fue rápida y precisa. Según Imperial War Museums, la primera oleada atacó hangares y aviones en tierra mientras lanzaba torpedos contra los barcos anclados.
En apenas cinco minutos, cuatro acorazados quedaron alcanzados, entre ellos el USS Oklahoma y el USS Arizona. Este último explotó poco después al recibir un impacto en su depósito de pólvora, con 1.177 tripulantes muertos. Una segunda oleada llegó menos de una hora después y amplió los daños. En poco más de dos horas, 21 buques quedaron hundidos o dañados y 188 aviones fueron destruidos.
Las tensiones previas y el embargo empujaron a Japón hacia la confrontación
Todo ese desenlace venía gestándose desde años antes. Japón había iniciado su expansión con la invasión de Manchuria en 1931 y más tarde se vio atrapado en una guerra prolongada en China desde 1937. Necesitaba recursos que no tenía en su territorio, sobre todo petróleo, y dependía en gran parte de importaciones desde Estados Unidos.
Cuando Washington respondió con embargos y congeló activos japoneses en 1941, Tokio perdió alrededor del 94% de su suministro de petróleo. Las negociaciones fracasaron porque implicaban retirarse de China y abandonar alianzas estratégicas, algo que Japón rechazó.
El ataque logró su efecto inmediato en el frente militar, pero el impacto político fue justo el contrario al que buscaban. Al día siguiente, Franklin D. Roosevelt pidió al Congreso declarar la guerra a Japón tras describir el 7 de diciembre como “una fecha que vivirá en la infamia”.
La aprobación llegó en cuestión de una hora. El país pasó de una postura de aislamiento a movilizar todos sus recursos industriales y humanos para el conflicto. Miles de voluntarios se alistaron y la producción se orientó hacia la guerra.
Ese giro dejó sin espacio para la idea japonesa de una contienda breve. Estados Unidos reconstruyó gran parte de su flota dañada y sus portaaviones, que no estaban en Pearl Harbor durante el ataque, se convirtieron en piezas decisivas en las campañas posteriores.
Con el paso de los años, la industria y la capacidad militar estadounidense acabaron inclinando el resultado. Japón había ganado tiempo en el corto plazo, pero ese mismo movimiento activó una respuesta que terminaría cerrando el conflicto en su contra.