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Oro blanco sobre tierra mojada: un recorrido por las salinas de interior de España

Roberto Ruiz

29 de enero de 2026 21:40 h

España es un país con miles de kilómetros de costa, así que no sorprende que cuando pensamos en salinas nos vengan a la cabeza grandes extensiones blancas junto al mar. Sin embargo, más allá del litoral existe otro mapa salino mucho menos conocido y, quizá por eso mismo, especialmente interesante: el de las salinas de interior, repartidas en su mayoría por comarcas que asociamos más al campo que al mar.

Son muchas más de las que imaginamos y las encontramos por buena parte del territorio. Algunas siguen produciendo sal, otras llevan años en silencio y unas cuantas han iniciado procesos de recuperación patrimonial. En ciertos casos se pueden visitar, recorrer con guía o conocer a través de centros de interpretación, lo que las convierte en una excusa perfecta para descubrir paisajes y pueblos fuera de los itinerarios habituales.

Durante siglos, estas salinas fueron un recurso estratégico. La sal era imprescindible para conservar alimentos y su control tuvo un enorme peso económico y político. Con el tiempo, la competencia de las salinas costeras y de la explotación industrial hizo que muchas de las de interior dejaran de ser rentables y acabaran cayendo en desuso. Hoy, sin embargo, se valoran como patrimonio histórico, como ecosistemas singulares y también como atractivo turístico ligado al mundo rural.

Un paisaje blanco lejos del mar

El proceso para obtener la sal en estos lugares es relativamente sencillo, aunque exige paciencia y unas condiciones climáticas concretas. Todo parte de manantiales de agua salada que, conducidos por canales hasta balsas poco profundas, se dejan evaporar con la ayuda del sol y el viento. Así se obtiene sal gorda, flor de sal o escamas, dependiendo del momento y de la técnica de recogida. Un método artesanal que apenas ha cambiado con el paso de los siglos.

Desde las monumentales salinas de Imón o el espectacular Valle Salado de Añana hasta enclaves menos conocidos como Iptuci, Duernas, el Cabezo de la Rosa, Saelices de la Sal, Poza de la Sal o Salinas de Oro, este recorrido propone asomarse a una pequeña muestra de este patrimonio singular y a veces desconocido.

Salinas de Imón (Guadalajara)

Situadas a pocos kilómetros de Sigüenza, en el valle del río Salado, las salinas de Imón fueron durante siglos una de las explotaciones salineras de interior más importantes de Castilla-La Mancha. Su origen medieval y su vinculación directa a la Corona explican la dimensión de un conjunto formado por grandes almacenes, norias, canales y cientos de albercas, que da una buena idea de la importancia económica que tuvo la sal en la comarca.

La actividad se mantuvo, con distintas modernizaciones, hasta finales del siglo XX. Hoy las salinas están inactivas, pero conservan un paisaje muy singular, con prados salinos y una vegetación adaptada a la alta salinidad, poco habitual tan lejos del mar. Declaradas Bien de Interés Cultural, cuentan además con un proyecto para abrirlas al público y convertirlas en un destino turístico de renombre en la región, combinando patrimonio, naturaleza y memoria histórica.

Valle Salado de Salinas de Añana (Araba)

En la localidad alavesa de Salinas de Añana se encuentra uno de los paisajes salineros más singulares de Europa. Aquí se lleva produciendo sal de manera ininterrumpida desde hace más de 7.000 años, gracias a manantiales naturales de agua salada que brotan de un antiguo mar desaparecido. El valle está cubierto por miles de plataformas de evaporación escalonadas, construidas con piedra, madera y arcilla, y conectadas por una compleja red de canales también de madera.

Tras un fuerte declive en el siglo XX, el Valle Salado ha vivido una profunda recuperación. Hoy vuelve a producir sal mediante técnicas tradicionales y comercializa distintas variedades, como flor de sal o sal de manantial, muy valoradas en la alta cocina. Además, ofrece un completo programa de visitas guiadas, talleres y experiencias, y ha recibido importantes reconocimientos internacionales por su valor patrimonial, agrícola y turístico. No en vano, está reconocido como un Sistema Importante del Patrimonio Agrícola Mundial (SIPAM).

Salinas Romanas de Iptuci (Cádiz)

En pleno Parque Natural de los Alcornocales, en el municipio gaditano de Prado del Rey, se encuentran las salinas romanas de Iptuci, las únicas salinas de interior que siguen en funcionamiento en la provincia de Cádiz. Su origen se remonta a la época fenicia, aunque alcanzaron su mayor desarrollo en tiempos romanos, cuando abastecían a la ciudad de Iptuci. Desde entonces, el sistema de extracción apenas ha cambiado y sigue siendo completamente artesanal.

En estas salinas se producen distintos tipos de sal, como la flor de sal, las escamas y la sal gorda, utilizando herramientas tradicionales y sin maquinaria industrial. Las visitas pueden concertarse previamente y permiten conocer de primera mano el proceso de producción, además de adquirir sal en la propia instalación. La cercanía del yacimiento arqueológico de Iptuci añade interés cultural a la experiencia.

Salinas de Duernas (Córdoba)

Las salinas de Duernas se sitúan en la campiña cordobesa, junto a la carretera que une Córdoba y Granada, y aprovechan un recurso geológico muy singular: salmueras naturales de altísima concentración, hasta cuatro veces más saladas que el agua del mar. Su origen se remonta a época romana y desde entonces han mantenido una actividad casi constante, adaptándose a los cambios históricos y tecnológicos.

A diferencia de muchas salinas de interior, Duernas sigue en activo y mantiene una producción notable, orientada hoy a la calidad más que a la cantidad. Junto a su valor industrial, el enclave conserva piletas romanas, estructuras medievales y edificios históricos, y se plantea como un espacio con potencial turístico, educativo y ambiental, ligado también a la gastronomía local.

Salinas de Saelices de la Sal (Guadalajara)

Las salinas de San Juan, en la localidad de Saelices de la Sal, forman uno de los conjuntos salineros de interior mejor conservados de Castilla-La Mancha. El complejo incluye pozos, cocederos, albercas, canalizaciones, un gran almacén de sal y una singular ermita. Todo ello en un entorno donde la explotación de la sal se remonta, al menos, a época celtíbera, y fue continuada por romanos y árabes.

Tras décadas de abandono, las salinas han sido restauradas y han recuperado la producción artesanal. Declaradas Bien de Interés Cultural, hoy pueden visitarse y constituyen un buen ejemplo de cómo el patrimonio industrial rural puede ponerse en valor, combinando historia, paisaje y actividad económica ligada al territorio.

Salinas del Cabezo de la Rosa (Murcia)

Las salinas del Cabezo de la Rosa se encuentran en el término municipal de Jumilla, dentro del Parque Regional de la Sierra del Carche, y son las únicas salinas de interior de la Región de Murcia con origen romano documentado. Aprovechan un gran diapiro salino, una enorme masa de sal subterránea que explica la presencia de agua salada en este entorno de interior.

A diferencia de otros ejemplos más artesanales, el Cabezo de la Rosa es hoy una explotación moderna y altamente productiva. La extracción se realiza mediante sondeos profundos y procesos industriales, combinados con balsas de evaporación al aire libre. Es un buen ejemplo de cómo algunas salinas de interior han evolucionado hacia modelos industriales sin perder su vínculo con un antiguo recurso geológico.

Poza de la Sal (Burgos)

Poza de la Sal debe su nombre y su historia a la sal. Durante siglos, este enclave burgalés que vio nacer a Félix Rodríguez de la Fuente fue uno de los principales centros salineros del norte peninsular, con referencias documentales que se remontan a la Alta Edad Media y una explotación que tuvo especial importancia en época romana y medieval.

Aunque las salinas ya no están en funcionamiento, su legado sigue muy presente en la localidad. Poza de la Sal cuenta con un Centro de Interpretación de las Salinas que explica la importancia histórica y económica de este recurso, además de iniciativas culturales como la Fiesta Salinera, que mantienen viva la memoria de un pasado profundamente ligado al ‘oro blanco’.

Salinas de Oro (Navarra)

En el pequeño municipio navarro de Salinas de Oro se conservan los restos de una antigua explotación salinera de interior que tuvo gran importancia a escala local. La presencia de manantiales salados permitió durante siglos la obtención de sal, fundamental para el consumo humano y la conservación de alimentos en la zona.

Hoy las salinas siguen activas y son un motor económico local y un ejemplo de artesanía viva, manteniendo un importante interés etnográfico y paisajístico. El entorno permite comprender cómo funcionan estas explotaciones tradicionales y cómo la sal condiciona la economía y la sociedad de muchas áreas rurales del interior peninsular.