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Alba Muñoz

Alba Muñoz (1985) es periodista en PlayGround, colabora con otros medios nacionales y lleva tiempo trabajando en su primer libro, una investigación periodística novelada sobre el tráfico de mujeres.

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Del aullido al poder

Un médico forense examina el cuerpo de una mujer que denuncia haber sido víctima de violencia sexual. Durante la exploración, no se sabe si por los nervios o a las cosquillas, a ella se le escapa la risa. El forense decide que ese impulso resta credibilidad a su testimonio, y así lo hace constar durante la exposición de sus conclusiones en el posterior juicio. Finalmente, el juez secunda esa apreciación en la sentencia: por haberse reído, la demandante ya no resulta tan creíble. Este es un caso real documentado en España el año 2014.

Algo ocurrió durante las concentraciones del pasado viernes en varias ciudades españolas. Muchas y muchos lo notamos. Fue una especie de agitación premonitoria, la misma sensación que me empujó a contactar a Patsilí Toledo, doctora en Derecho, experta en feminicidio y profesora de Criminología en la Universidad Pompeu Fabra. 

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Catalunya en miniatura

Yo quería escribir una columna sobre la situación política entre Catalunya y España, pero como hay tantas plumas certeras analizando la situación, tantos señores con las ideas claras, diccionario y Constitución, prefiero sortear las arenas peligrosas y escribir algo más "femenino". Ya saben, esa forma obcecadamente irrelevante e inofensiva de desentrañar y hablar de los asuntos serios. Una historieta protagonizada por mujeres, vaya. 

Desobedecer. Tenía ocho años cuando mi profesora anunció que iríamos de excursión a Catalunya en Miniatura, un parque temático al aire libre en el que aún hoy se exhiben maquetas de los lugares más destacados de las tierras catalanas. El lugar sigue siendo una simplificación de Catalunya en la que cualquier persona puede sentirse como King Kong. Ahora le han añadido tirolinas para darle un poquito más de emoción. Yo no me sentía como King Kong porque era una niña escuálida y atenta, demasiado seria para su edad —eso decían los adultos que me pellizcaban el mentón—, sin embargo aquella excusión se convirtió en un acontecimiento crucial. Carles, el niño que me gustaba, había estado antes ese lugar con sus padres. Preso de la emoción por el anuncio de la profesora, había dicho que iba a mostrarme una maravilla oculta del parque: un edificio roto del que podía verse el interior. Recuerdo el olor de Carles, un fuerte aroma a jabón para la ropa que parecía mucho más sofisticado, mejor, que el que usábamos en casa. Recuerdo su olor porque nuestros anoraks se rozaban mientras la profesora hablaba junto a una Casa Batlló que le llegaba por la cintura. De pronto Carles me tiró de la manga y me condujo hacia la zona trasera del grupo, donde habitaban los niños que querían portarse mal. Siguió tirándome de la manga y nos adentramos entre la Seu Vella de Lérida y la Vall de Boí. Desobedecí. Descubrí que un niño también podía saber cosas sobre edificios. Comprobé que los límites de lo prohibido estaban mucho más lejos de lo que yo pensaba. Ser libre no tenía por qué ser malo ni hacer enfadar a nadie. Desobedecí y crecí. 

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Notas de una turista en tránsito

Barcelona, 19.30 horas

Por primera vez en mi vida me siento un poco mal al irme de vacaciones. Hay dos cuestiones que me preocupan. Bueno, tres: "En Japón, ¿bikini o bañador entero?", "¿cruzaremos a tiempo el control de seguridad de El Prat?". Y por último, "¿cómo se supone que debe sentirse una barcelonesa que odia el turismo en su ciudad, cuando es ella quien se convierte en turista?".

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Lección de una señora racista

Hace poco una mujer racista me dio una lección. Íbamos en el mismo vagón de metro cuando un acordeonista empezó a tocar. A ese hombre le he visto en varias ocasiones, le recuerdo bien porque lleva unos mocasines de charol que no parecen tener suela y porque cuando toca siempre sonríe con elegancia, con el mentón hacia arriba, con las pestañas desmayadas sobre sus profundas ojeras. Suele empezar con temas clásicos del cine popular, como la banda sonora de El Padrino, luego pasa a piezas como el Vals sobre las Olas de Juventino Rosas, y termina con el Vals de las Flores de Tchaikovski.

Cuando llega ese punto, si aún estoy en el vagón, suelo imaginármelo con esmoquin en un gran salón austrohúngaro, rodeado de mujeres con vestidos vaporosos, y pienso que, en realidad, el dinero no le importa porque su sensibilidad e incluso su linaje están por encima del de quienes le rodeamos en el túnel, en ese instante. Luego me digo que mi reflexión es romántica y mezquina, propia de una tataranieta de Disney que asocia la sonrisa o la elegancia de un personaje con su nobleza, bondad y recompensa final.

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Bola de dragón

Tendido en su ataúd, el tiet Pere tenía la misma expresión de siempre, la de un crápula que trata de disimular ante su mujer. A sus 94 años mi tío abuelo consiguió que otros desobedecieran por él en el mismo día de su velatorio. Sucedió de la siguiente manera. En cuanto mi tía María apartó sus ojos miopes y llorosos del cuerpo de su marido, una de sus hijas reemplazó la corbata elegante por la que el difunto había elegido para el día de su entierro: la de estampado de condones.

Horas antes, Pere había ido a cenar al restaurante chino con la familia y, como de costumbre, pidió un plato aparte lleno de salsa. Aunque los médicos advertían de que iba reventar desde hacía al menos una década, él mantenía intactos sus hábitos insalubres y su cuerpo de peonza.

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¿Te impresiona más si sabes que es real?

El pasado marzo visité una feria de fotografía llamada Utopía Photo Market. No es mi intención promocionarla en esta columna, porque de hecho, lo que voy a contar me sucedió en cuanto empecé a deambular por puro aburrimiento.

En una de las casetas, un hombre conversaba cariñosamente con una mujer. Ambos sostenían una copa de vino y sus piernas se cruzaban al extenderse desde sus sillas, como un presagio de sexo.

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Lena Dunham y el Yurupary

Olía a lombriz. Poco después de que la buseta saliera del terminal de San Gil, en el departamento colombiano de Santander, las nubes negras consiguieron sortear el cerro de la Cruz. Un grupo de pájaros negros volaba en forma de lanza entre las paredes del cielo de la ciudad, ahuyentando del terminal a las vendedoras de plátano frito y maní, avisando a todos de que comenzaba el invierno.

El conductor inició el descenso por la tortuosa carretera y los árboles, las palmeras y toda la vegetación que las habita y rodea se ensancharon al contacto con el agua, oprimiendo aún más el hilo de tráfico que atraviesa el valle. Un río marrón cogía fuerza en la cuneta, empujándonos hacia abajo. Los habitantes de la carretera nos miraban de pie bajo sus porches. Yo miraba el móvil. Todo lo divisaba de forma intermitente, por el rabillo del ojo, mientras repasaba el Instagram Stories de mi gente predilecta, que es gente con la que no hablo. De modo que en plena época de desprendimientos mortales en Colombia, el aguacero competía con fotos oscuras de conciertos, brindis al sol, torrijas y boomerangs de bebés.

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Motivaciones secretas del conductor urbano

Desde hace tiempo duermo fuera de la ciudad un día por semana. El misterio es más bien poco: paso la noche en casa de mis suegros. Ese día salgo a la calle cuando todo es azul y cuando aún tengo cicatrices de sábana en la mejilla. Me pongo el casco, monto la parte trasera de la moto –con un pie en el estribo, siempre imagino el lomo de un mulo– y sigo dormitando agarrada al cinturón del caballero.  

El primer escalofrío siempre despeja más que cualquier café. Precisamente gracias a la rasca matutina he podido observar un fenómeno que sí es un misterio para mí: la gente que va en coche a trabajar a la ciudad. He desarrollado una serie de constataciones imprecisas fruto de cuatro años de observación sobre ruedas. Son las que siguen.

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Motivaciones secretas del conductor urbano

Desde hace tiempo duermo fuera de la ciudad un día por semana. El misterio es más bien poco: paso la noche en casa de mis suegros. Ese día salgo a la calle cuando todo es azul y cuando aún tengo cicatrices de sábana en la mejilla. Me pongo el casco, monto la parte trasera de la moto –con un pie en el estribo, siempre imagino el lomo de un mulo– y sigo dormitando agarrada al cinturón del caballero.  

El primer escalofrío siempre despeja más que cualquier café. Precisamente gracias a la rasca matutina he podido observar un fenómeno que sí es un misterio para mí: la gente que va en coche a trabajar a la ciudad. He desarrollado una serie de constataciones imprecisas fruto de cuatro años de observación sobre ruedas. Son las que siguen.

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Si el caballo vive, la historia muere

¿Dónde van los reportajes fracasados? Me hago esta pregunta desde que conocí el caso de una historia que murió, fue enterrada y sigue teniendo pulso. Quiero contarla hoy por primera vez. Va de un caballo llamado Duke y de un joven fotoperiodista en Estados Unidos.

El octubre pasado Guillem no podía creer que le hubieran becado para el Missouri Photo Workshop, el mítico curso que lleva celebrándose desde 1949 y que fundó el profesor de periodismo Cliff Edom. De Edom se dice que fue el padre del fotoperiodismo porque inventó la palabra fotoperiodismo. Antes de él, a estos profesionales se les llamaba reporteros gráficos o simplemente, fotógrafos. 

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