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Andrés Ortega

Andrés Ortega Klein (Madrid, 1954) es escritor, analista y periodista. Ha sido en dos ocasiones (1994-1996 y 2008-2011) Director del Departamento de Análisis y Estudios del Gabinete de la Presidencia del Gobierno. Ha tenido una larga carrera en periodismo como corresponsal en Londres y Bruselas y columnista y editorialista de El País. Es Licenciado en Ciencias Políticas por la UCM y Máster en Relaciones Internacionales por la London School of Economics. Ha publicado varios libros, entre ellos, La razón de Europa (2004),  La fuerza de los pocos ( 2007 ) y (en colab.) El fallo de un país (2012). También una novela, Sin alma (2012). Su último libro es Recomponer la democracia (RBA), escrito en colaboración con Agenda Pública. Es miembro del Consejo del European Council on Foreign Affairs, Senior Research Fellow del Real Instituto Elcano, presidente de Herederos de José Ortega y Gasset, y director del Observatorio de las Ideas.

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Trump contra la neutralidad de la Red

En su afán ultraliberalizador (en lo que le conviene, no en el comercio internacional) y para desmontar todo el legado de Obama, Donald Trump quiere acabar con una gran ventaja con la que nació Internet: su llamada neutralidad. Es decir, la idea de que todo el tráfico debe ser igual en la Red, no pudiendo los operadores dar un trato preferente, acelerar el tráfico de aquellas empresas, o particulares, que pudieran pagarlo. Esto puede afectar también a Europa, que, aunque protegida a este respecto desde 2015, ve que una parte de su tráfico pasa por EE UU. Varias empresas, entre ellas Amazon y millones de usuarios van a llevar a cabo una jornada de acción en la red el próximo 12 de julio, en protesta contra estos planes. Una protesta similar en 2014 llevó a Obama a impulsar una legislación para asegurar esta neutralidad, con la que quieren acabar los nuevos reguladores nombrados por Trump. En particular, Ajit Pi, presidente desde enero de la poderosa FCC (Federal Comunications Commission), que ha invocado para impulsar sus planes la libertad en Internet, cuando en realidad la ahogaría.

De hecho, la legislación pro-neutralidad la impulsó George W. Bush y la reforzó Obama. Pero muchos republicanos en el Congreso parecen haber cambiado de parecer o de bando. Lo cual puede tener que ver con el hecho, según el Center for Responsive Politics, de que las empresas que proporcionan servicios de Internet en EE UU se gastaron el año pasado 30 millones de dólares en actividades de lobby con los legisladores. Las medidas que propugnan dañan a los ciudadanos (que además, al contrario que en Europa, están perdiendo privacidad pues en EE UU los operadores de telefonía y cable van a poder comercializar sus datos).

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Partidos que no vertebran

Este país se obsesiona con la vertebración, antes incluso que con su necesaria estructuración, pero hay pocos en Europa que lo necesiten como España. Y, sin embargo, le están empezando a fallar algunos instrumentos: para empezar, partidos políticos con esa capacidad. Ningún partido vertebra hoy a España, lo que puede contribuir a una desvertebración avanzada cuando otros elementos han dejado de hacerlo, como la movilidad geográfica, la enseñanza, la circulación de funcionarios, los medios de comunicación que han dejado de ser referentes, aunque se haya progresado en términos de infraestructuras y algunas políticas sociales (hasta los recortes). No hay que pensar que vertebración implique centralización. No. En esta España, todo lo contrario. Pero lo que está ocurriendo en Cataluña contribuye a esta desvertebración, y esta última, a lo que está ocurriendo en Cataluña.

El Partido Popular tiene un arraigo insuficiente en Cataluña y en el País Vasco para desempeñar bien esa función, y tiene una visión excesivamente radial desde Madrid. Ha logrado un acuerdo presupuestario con el PNV, sí, pero eso no basta. El Gobierno de Rajoy pareció plantear tras la investidura un nuevo enfoque hacia Cataluña, pero se ha quedado corto. Puso sobre la mesa un plan de infraestructuras para Cataluña, pero lo socavó a los pocos días con unos presupuestos que dejaban claramente insuficientes las partidas destinadas a estos fines. Sería un error renunciar al diálogo, a la política con la Generalitat. El diálogo siempre ha de continuar, incluso en los peores momentos. El PP está atrapado por una parte de su ser y de su electorado que se resiste a aceptar que España es una nación "con" naciones (no "de", pues hay muchas comunidades que no tienen sentimiento nacional). Y, en todo caso, como ha sugerido el propio Rajoy en Sitges, esto supera al PP que necesita el concurso de otras fuerzas políticas para hacer frente a esta situación.

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Edadismo y machismo

Aunque es improbable, por segunda vez (tras Ségolène Royal) una mujer, Marine Le Pen, estaría en situación de poder llegar a presidenta de la República francesa. Pero resultaría harto preocupante por lo que representa la candidata que ha logrado pasar a la segunda vuelta de las presidenciales. El único que puede y va pararla este domingo es Emmanuel Macron, de 39 años. El candidato está casado con Brigitte Trogneux, una mujer que le saca 24 años, algo que algunos de sus adversarios y parte de la prensa populista (antes se decía amarilla), incluida alguna británica, le han reprochado no por atacarla a ella, sino a él. Son opiniones minoritarias, pero no tanto. Abierta o discretamente ha surgido un cierto edadismo machista. De Donald Trump y Melania se dicen muchas cosas, pero nunca se apunta con desprecio que les separen 35 años. Al revés, algunos sectores que le votan, e incluso que no le votan, tienden a verlo como algo envidiable, como muchos italianos lo hacían con las andanzas de Berlusconi con las velinas.

El machismo cuando se une con el edadismo (discriminación o desprecio en razón de la edad) puede rizar el rizo del primero, incluso de forma inconsciente. Y sin embargo, la historia sentimental de Macron es relativamente normal: un alumno (en este caso aventajado) que se enamora de su profesora (en este caso de Lengua, unas de las materias centrales del bachillerato francés, y Teatro).

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Vientos anti-liberales

Soplan vientos anti- o iliberales en Occidente y más allá. Para entender de qué hablamos conviene, con Cicerón, volver a diferenciar entre democracia y estado de Derecho (o imperio de ley, rule of law, como dicen los anglosajones). Porque los anti-liberales se hacen con el estado de Derecho para desde él atacar la democracia. Es lo que ha hecho Maduro y antes que él Chávez en Venezuela, Putin en Rusia, Erdogan en Turquía (donde se está convirtiendo, tras su referéndum en un sultán moderno, o no tan moderno, cada vez más alejado de una Europa que le alejó), Orbán en Hungría o en Polonia Kaczyński, que ni siquiera está en el poder sino que mueve los hilos desde la sombra. Hungría es el único Estado de la Unión Europea que figura entre los de mayor declive en el índice de Freedom House 2017.

También puede ser útil retomar la diferenciación orteguiana entre democracia, liberalismo y socialismo. Decía el filósofo –entonces próximo a los socialistas– que estos tres términos son respuestas a tres preguntas distintas. ¿Quién gobierna? (Democracia, que en nuestra circunstancia debe ahora incluir la dimensión de soberanía compartida que es la Unión Europea). ¿Hasta dónde puede llegar el poder público? (Liberalismo en términos económicos, sí, pero también y sobre todo políticos, sociales culturales e incluso en lo que atañe a las libertades individuales). Y ¿para qué? (Para el bien social y la protección de los débiles, o para fomentar el triunfo del más fuerte y exitoso como pretende el neoliberalismo –término que poco tiene que ver con el liberalismo original).

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Jóvenes franceses con Le Pen, sin reflejo en el espejo alemán

Francia y Alemania son países vecinos cuyas relaciones son esenciales –mas no suficientes– para mantener y recomponer la Unión Europea. Sin embargo, sus juventudes parecen tirar por distintos caminos. En Francia, más jóvenes entre 18 y 24 años –incluso entre los de 25 a 34– optan en las encuestas por Le Pen que por otros candidatos. De hecho, es entre los más jóvenes entre los que el Frente Nacional tiene más apoyos. En Alemania, la opción preferida de estos grupos de edad es la de los socialdemócratas (SPD), seguidos de los democristianos (CDU), de La Izquierda (Die Linke) y de los Verdes. La derecha xenófoba y antieuropea de la Alianza por Alemania (AfD) queda marcadamente por detrás.

La principal razón de esta discrepancia demoscópica renana hay que encontrarla en la frustración de la juventud francesa por sus tasas de paro: en torno al 25%, cinco puntos más que antes de la crisis y diez más que la media comunitaria. Es un mercado de trabajo dual que protege a los que ya tenían trabajos fijos, y desprotege a los que entran por primera vez en él. (¿Suena?). Algo que el candidato social-liberal, Emmanuel Macron quiere transformar en un sistema más a la nórdica en el que el peso de la protección frente al despido recaiga sobre el Estado y no sobre las empresas.

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Personalismos más que liderazgos

En política es difícil separar las ideas o programas de las organizaciones y de las personas que los encarnan. La democracia española se había acostumbrado en un tiempo a liderazgos fuertes. Y sin embargo ha decaído en personalismos. El liderazgo implica personalismo, pero la ecuación no se invierte. El liderazgo, sobre el que tantas definiciones hay –pero la de la Real Academia es muy pobre– tiene que ver con la visión –definir horizontes y los caminos para alcanzarlos– y la capacidad de trasladarla. Puede tener también que ver con el carisma, aunque esa sea una cualidad que importe menos ahora. El personalismo se centra más, como en su tercera acepción sí recoge la RAE, en una "tendencia a subordinar el interés común a miras personales" más que en inspirar, mostrar el camino a seguir. El liderazgo requiere más autoridad, auctoritas, que ansias de poder, aunque sin este poco se logra. Pero el poder sin autoridad es siempre fuente de problemas.

A veces, a menudo en el caso español, los dirigentes políticos son mejor percibidos por votantes de otros partidos que no les votan que por los suyos propios. Hay una brecha sobre la valoración de los dirigentes de los partidos entre sus votantes y sus militantes. Algo que no es solo propio de España. Se está viendo, por ejemplo, en el socialismo británico o en el francés.  

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Justicia tecnológica: ni tasa sobre los robots, ni renta básica universal

Suenan bien; más aún si la primera sirve para financiar a la segunda. Pero ninguna de las dos ideas son la solución para la gran dislocación social que ya ha empezado de la mano de digitalización, la inteligencia artificial y la robotización, que producirán, sin duda, crecimiento económico. Mas, ¿cómo se repartirá, se distribuirá? Son ideas simples, pero tienen el mérito de iniciar y encauzar el ineludible debate.

En la idea de un impuesto sobre los robots, coinciden personajes tan dispares como Bill Gates –quien justamente causó una revolución con sus sistemas operativos Windows para los PCs y el Microsoft Office que prácticamente ha acabado con los mecanógrafos (o más numerosas, mecanógrafas)–, y el candidato socialista a la presidencia de la República Francesa, Benoît Hamon, que también defiende una renta básica universal. "Si un robot reemplaza el trabajo de un humano, este robot debe pagar impuestos como un humano", señala Gates. Pero el hombre más rico del mundo no propone hacerlo para financiar una renta básica, sino utilizar esos ingresos para volver a formar a gente que haya perdido sus empleos a favor de estas máquinas. Y para financiar los trabajos en los servicios, especialmente de cuidados a personas.

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Capital y trabajo en el siglo XXI: cuando el primero pesa más

Hace ya años, en 1961, Raymond Aron, uno de los grandes pensadores conservadores franceses, venía a decir en sus interesantes Dieciocho lecciones sobre la sociedad industrial que daba un poco igual que fuera el Estado o el capital privado el que hiciera beneficios si los reinvertía. Debatía entonces frente al modelo soviético. En la magnífica serie británica Downtown Abbey, ante los planes del yerno de reducir la plantilla del castillo y de sus campos para sacarles más rendimiento financiero, el patriarca Robert Crawley, conde de Grantham, le reprocha: "Resulta que el papel de los aristócratas es dar empleo a la gente. Es lo que justifica nuestra forma de vida". En el Siglo XXI estamos ante otra lógica.

Para empezar porque hay una financiarización del capital pues en muchos casos tiene como único objetivo buscar los mayores rendimientos posibles, no dirigirse hacia lo que se entiende por "inversiones productivas". En segundo lugar, porque las rentas del capital (aunque hay debate si se deslindan los beneficios) están superando a las rentas del trabajo, y ello no sólo por la citada financiarización, sino también por el impacto del avance tecnológico.

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Europa empieza a pensar en la 'robolución'

Karel Capek en su famosa obra de teatro 'R.U.R.' (Robots Universales Rossum) los llamó en 1921 "personas artificiales". Ahora el Parlamento Europeo se ha pronunciado a favor de, cuando llegue el momento necesario, otorgar una "personalidad electrónica" a los robots que con suficiente autonomía de decisión podrían ser también considerados "personas electrónicas". De momento, se trata más bien de consideraciones de responsabilidad jurídica, pero el informe que se ha votado, y que ha impulsado la socialdemócrata luxemburguesa Mady Delvaux, entra también en consideraciones morales, aunque finalmente la resolución votada se ha quedado a las puertas de las sociales.

Esta vez, en una Europa que va retrasada en este campo, tanto en sus reflexiones como en producción (con excepciones, pues Alemania, es el quinto fabricante de robots industriales del mundo), el Parlamento Europeo se ha adelantado, aunque sólo sea en el terreno de los robots civiles, no los militares, para pedir a la Comisión Europea que actúe, que estudie la posibilidad de crear una agencia europea para la robótica y la inteligencia artificial, y que se impulse una Carta para la Robótica.

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Aparatos, militantes, simpatizantes y ciudadanos

Las primarias parecen una buena idea. Las he defendido. Pero depende cómo y para qué. Pues se pueden corromper, como ya ha ocurrido. No hay duda de que los electorados andan inquietos y quieren no sólo caras nuevas, sino ideas nuevas, que son más fáciles de proponer que de poner en práctica. Lo que está ocurriendo en Francia puede ser un buen ejemplo, aunque Marine Le Pen y su Frente Nacional no sean nuevas, pero sí la manera en que se ha reforzado, en uno de los países (a diferencia de España o Alemania) donde la gente (un 80%, según una reciente encuesta) quiere un o una líder fuerte que rompa las reglas. Hablamos de Europa, pues EEUU es otro universo político, aunque haya paralelismos y razones compartidas para lo que está ocurriendo.

En Alemania, el caso de Martin Schulz, nuevo candidato socialdemócrata a la Cancillería, persona poco implicada en la política nacional (sí en la europea como presidente de la Eurocámara) puede resultar significativo. Su partido, en congreso y sin primarias, tras la dimisión de Sigmar Gabriel, lo eligió y optó porque no entrara en el gobierno de coalición con Angela Merkel para ampliar su margen de maniobra. Y, al menos de momento, parece que han acertado. Hay un "efecto Schulz" en las encuestas. En mayo el congreso del SPD deberá decidir si, como parece, se convertirá también en presidente de un partido que no gusta de bicefalias.

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