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Andrés Ortega

Andrés Ortega Klein (Madrid, 1954) es escritor, analista y periodista. Ha sido en dos ocasiones (1994-1996 y 2008-2011) Director del Departamento de Análisis y Estudios del Gabinete de la Presidencia del Gobierno. Ha tenido una larga carrera en periodismo como corresponsal en Londres y Bruselas y columnista y editorialista de El País. Es Licenciado en Ciencias Políticas por la UCM y Máster en Relaciones Internacionales por la London School of Economics. Ha publicado varios libros, entre ellos, La razón de Europa (2004),  La fuerza de los pocos ( 2007 ) y (en colab.) El fallo de un país (2012). También una novela, Sin alma (2012). Su último libro es Recomponer la democracia (RBA), escrito en colaboración con Agenda Pública. Es miembro del Consejo del European Council on Foreign Affairs, Senior Research Fellow del Real Instituto Elcano, presidente de Herederos de José Ortega y Gasset, y director del Observatorio de las Ideas.

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El Jaguar y el tuc-tuc

Las calles de algunos barrios de nuestras ciudades se vuelven a llenar de coches de alta gama, de compra reciente. Entre ellos, en los atascos, se cuelan chicos y chicas en bicicleta, mensajeros, con a sus lomos, grandes mochilas con las que transportar rápidamente al domicilio de los clientes lo que estos han encargado por Internet. Son, si acaso, autónomos mal pagados que a menudo ponen sus propias bicis (el que puede eléctrica). En algunos entornos más turísticos, se ven los tuc-tuc no ya con motores sino a pedales, tirados por un ciclista con fuerza en sus piernas, para llevar a personas que se sientan cómodamente detrás. Eran imágenes que antes se veían en Bangkok, Vientián y en otros lugares del otrora llamado Tercer Mundo. Es, hoy la imagen de contraste de nuestra recuperación económica y no sólo en España.

Estamos en un desacoplamiento entre la economía y la sociedad. La recuperación económica es un hecho en toda España y notable (incluso a pesar de la incertidumbre sobre Cataluña). Pero no permea en la sociedad, en toda la sociedad, sino sólo en una parte. La mitad –por redondear y no entrar en estadísticas- va bien, y se vuelve a comprar coches (con la moda del SUV, el vehículo utilitario deportivo en sus siglas en inglés, importada de EE UU). Y la otra mitad va mal, aunque se esté recuperando el empleo. Aunque España sigue teniendo una de las mayores tasas de desempleo de la UE (aún, según la última EPA, por encima del 16%, más del doble entre los menores de 25 años), este cambio lo está viviendo, antes o después, toda Europa, EE UU y más allá. Para esa mitad de la sociedad, cuando lo encuentra es a menudo un empleo –o trabajos- precario, mal pagado, temporal o a tiempo parcial, cuando no como autónomo o en negro. Esta es una característica que ha cambiado de forma estructural con la crisis y con las legislaciones, y que pervivirá.

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La independencia tiene precio: cuantos más la sostengan, mejor

La calidad de un medio de comunicación se paga. No es gratuita. Tampoco la independencia. Y en estos tiempos, ganarse la calidad y la independencia tiene un precio. En el panorama mediático de este país ha habido un deterioro de la independencia frente a los poderes económicos y políticos de los medios, derivada de los efectos permanentes que ha dejado la crisis económica, el cambio  de la publicidad, y la mutación de modelo a que obliga la digitalización. Es algo que también está ocurriendo en nuestro entorno geográfico.

Por eso el modelo elegido por eldiario.es es un acierto, tanto que ahora han comenzado a seguirlo prestigiosas publicaciones como The Guardian: audiencia –el primer objetivo- y publicidad, sí; pero también el apoyo de lectores con voluntad de apoyar el proyecto como socios. Esto responde también a la creciente wikización, o aportación voluntaria en muchos aspectos de nuestra vida colectiva, y una publicación como eldiario.es lo es: la idea es colaborar no solo en contenidos, sino también en su sostenimiento financiero. Sin esas aportaciones, un referente para todos como es Wikipedia no se mantendría. Sin sus socios, eldiario.es perdería independencia. eldiario.es depende de sus lectores, evidentemente, pero también de sus socios –de lograr muchos más- para preservar su independencia y seguir creciendo en calidad.

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Tras el no-referéndum, una nueva etapa

No habrá referéndum sobre la independencia en Cataluña. Habrá otra cosa, movilizaciones con mensajes de relieve. El Estado (no sólo el Gobierno), con todo su poder, sus Poderes, lo está consiguiendo. A un precio. Pues algunas de las medidas que se han tomado no solo puede alentar el independentismo, sino dificultar el necesario diálogo y salida posteriores. Aunque era difícil no incurrir en daños. Todos sabían, o debían saberlo, que esto tendría costes. Para todos.

Lo que está ocurriendo para impedir la celebración del referéndum, y vaciarlo de efectividad, y por tanto de sentido, como para marcar terreno desde las movilizaciones, entra en el terreno de lo esperable tras asegurar Mariano Rajoy que "el referéndum no se va a celebrar", y Carles Puigdemont lo contrario. ¿Realmente resulta sorprendente? Ya se ha dicho: los independentistas no han sabido medir el poder del Estado; ni éste el poder social en Cataluña.

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Hegel y el espíritu del 2 de octubre

El doble enfoque, la doble dialéctica, que cabe encontrar en La fenomonología del espíritu, puede tener su aplicación en lo que ocurra entre Cataluña y el conjunto de España a partir del 2 de octubre. Es evidente que mucho de lo que pase a partir de entonces dependerá de lo que haya sucedido en este recorrido final hasta el 1 de octubre, incluidos los atentados en Barcelonas y Cambrils, y las reacciones a ellos. Han sido bien gestionados desde el punto de vista policial (tras los hechos) y social, pero con algo más que preocupantes fisuras a pesar solidaridad ciudadana a escala de toda España que quedó patente en la gran marcha del sábado en Barcelona. Ésta, sin embargo y tristemente, por momentos pareció más dirigida contra el Gobierno de Rajoy y el propio rey Felipe VI –en la primera manifestación que participa un monarca español– que contra el terrorismo.

Los atentados yihadistas no sólo no van a detener el pulso por el 1 de octubre catalán, sino su gestión ha complicado aún más el ambiente. Y pueden tener efectos que aún son difíciles de percibir. Puigdemont ha acusado a Rajoy de utilizar la seguridad en contra del proceso independentista, y la gestión política e informativa desde el Ministerio del Interior ha dejado que desear. Incluso por las redes sociales inevitablemente han surgido teorías conspiratorias de que estos atentados estaban dirigidos a dinamitar el procés, lo que, como siempre, tiene una cierta receptividad: se han detenido las manifestaciones de turismofobia (es este terrorismo, en parte local, el que ha acabado asesinando turistas). Otro efecto está claro: arrinconar a los pocos –poquísimos, pero con posible amplio alcance– que busquen provocar actos de violencia de cara al 1 de octubre. El rechazo a todo tipo de violencia se ha reforzado.

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El regreso de la inmortalidad

Nunca llegó a morir del todo, pero la idea de inmortalidad está cobrando nueva vida, esta vez de la mano de la tecnología y de una parte de lo que se ha venido en llamar transhumanismo, a veces rayano en una nueva religión. Éste es "el intento de transformar sustancialmente a los seres humanos mediante la aplicación directa de la tecnología" (biológica y digital), como lo define el filósofo de la ciencia Antonio Diéguez en el recomendable libro de reciente publicación que lleva justamente ese título. Se trata de hacer de la muerte algo no inevitable. De hecho, la inmortalidad produce una gran excitación en muchas mentes, y proyectos empresariales, mucho en Silicon Valley. Peter Thiel, fundador de PayPal y gran inversor estadounidense, es de los que defienden la idea, entre otros muchos, después de que la lanzara el matemático Marvin Minsky (1927–2016), padre de la Inteligencia Artificial. A ello apunta también Yuval Noah Harari en su magnífico Homo Deus.

La inmortalidad no es algo que esté presente en muchas religiones. El alma, eterna o no, es otra cosa, como lo es la idea de otra de vida, o cierta continuidad, después de la muerte. Incluso el cristianismo no defiende la inmortalidad del cuerpo, sino su resurrección (algo que lo diferencia de otras religiones). Pero no estamos hablando de eso, sino de no morir y de vivir bien eternamente, o al menos durante mucho tiempo. Es "una rebelión contra la existencia humana tal como ha venido dada", como lo presenta Mark O’Connell en un reciente libro: To Be a Machine. No es exactamente la muerte de la muerte, pues no se eliminan los accidentes y otros avatares mortales.

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Trump contra la neutralidad de la Red

En su afán ultraliberalizador (en lo que le conviene, no en el comercio internacional) y para desmontar todo el legado de Obama, Donald Trump quiere acabar con una gran ventaja con la que nació Internet: su llamada neutralidad. Es decir, la idea de que todo el tráfico debe ser igual en la Red, no pudiendo los operadores dar un trato preferente, acelerar el tráfico de aquellas empresas, o particulares, que pudieran pagarlo. Esto puede afectar también a Europa, que, aunque protegida a este respecto desde 2015, ve que una parte de su tráfico pasa por EE UU. Varias empresas, entre ellas Amazon y millones de usuarios van a llevar a cabo una jornada de acción en la red el próximo 12 de julio, en protesta contra estos planes. Una protesta similar en 2014 llevó a Obama a impulsar una legislación para asegurar esta neutralidad, con la que quieren acabar los nuevos reguladores nombrados por Trump. En particular, Ajit Pi, presidente desde enero de la poderosa FCC (Federal Comunications Commission), que ha invocado para impulsar sus planes la libertad en Internet, cuando en realidad la ahogaría.

De hecho, la legislación pro-neutralidad la impulsó George W. Bush y la reforzó Obama. Pero muchos republicanos en el Congreso parecen haber cambiado de parecer o de bando. Lo cual puede tener que ver con el hecho, según el Center for Responsive Politics, de que las empresas que proporcionan servicios de Internet en EE UU se gastaron el año pasado 30 millones de dólares en actividades de lobby con los legisladores. Las medidas que propugnan dañan a los ciudadanos (que además, al contrario que en Europa, están perdiendo privacidad pues en EE UU los operadores de telefonía y cable van a poder comercializar sus datos).

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Partidos que no vertebran

Este país se obsesiona con la vertebración, antes incluso que con su necesaria estructuración, pero hay pocos en Europa que lo necesiten como España. Y, sin embargo, le están empezando a fallar algunos instrumentos: para empezar, partidos políticos con esa capacidad. Ningún partido vertebra hoy a España, lo que puede contribuir a una desvertebración avanzada cuando otros elementos han dejado de hacerlo, como la movilidad geográfica, la enseñanza, la circulación de funcionarios, los medios de comunicación que han dejado de ser referentes, aunque se haya progresado en términos de infraestructuras y algunas políticas sociales (hasta los recortes). No hay que pensar que vertebración implique centralización. No. En esta España, todo lo contrario. Pero lo que está ocurriendo en Cataluña contribuye a esta desvertebración, y esta última, a lo que está ocurriendo en Cataluña.

El Partido Popular tiene un arraigo insuficiente en Cataluña y en el País Vasco para desempeñar bien esa función, y tiene una visión excesivamente radial desde Madrid. Ha logrado un acuerdo presupuestario con el PNV, sí, pero eso no basta. El Gobierno de Rajoy pareció plantear tras la investidura un nuevo enfoque hacia Cataluña, pero se ha quedado corto. Puso sobre la mesa un plan de infraestructuras para Cataluña, pero lo socavó a los pocos días con unos presupuestos que dejaban claramente insuficientes las partidas destinadas a estos fines. Sería un error renunciar al diálogo, a la política con la Generalitat. El diálogo siempre ha de continuar, incluso en los peores momentos. El PP está atrapado por una parte de su ser y de su electorado que se resiste a aceptar que España es una nación "con" naciones (no "de", pues hay muchas comunidades que no tienen sentimiento nacional). Y, en todo caso, como ha sugerido el propio Rajoy en Sitges, esto supera al PP que necesita el concurso de otras fuerzas políticas para hacer frente a esta situación.

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Edadismo y machismo

Aunque es improbable, por segunda vez (tras Ségolène Royal) una mujer, Marine Le Pen, estaría en situación de poder llegar a presidenta de la República francesa. Pero resultaría harto preocupante por lo que representa la candidata que ha logrado pasar a la segunda vuelta de las presidenciales. El único que puede y va pararla este domingo es Emmanuel Macron, de 39 años. El candidato está casado con Brigitte Trogneux, una mujer que le saca 24 años, algo que algunos de sus adversarios y parte de la prensa populista (antes se decía amarilla), incluida alguna británica, le han reprochado no por atacarla a ella, sino a él. Son opiniones minoritarias, pero no tanto. Abierta o discretamente ha surgido un cierto edadismo machista. De Donald Trump y Melania se dicen muchas cosas, pero nunca se apunta con desprecio que les separen 35 años. Al revés, algunos sectores que le votan, e incluso que no le votan, tienden a verlo como algo envidiable, como muchos italianos lo hacían con las andanzas de Berlusconi con las velinas.

El machismo cuando se une con el edadismo (discriminación o desprecio en razón de la edad) puede rizar el rizo del primero, incluso de forma inconsciente. Y sin embargo, la historia sentimental de Macron es relativamente normal: un alumno (en este caso aventajado) que se enamora de su profesora (en este caso de Lengua, unas de las materias centrales del bachillerato francés, y Teatro).

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Vientos anti-liberales

Soplan vientos anti- o iliberales en Occidente y más allá. Para entender de qué hablamos conviene, con Cicerón, volver a diferenciar entre democracia y estado de Derecho (o imperio de ley, rule of law, como dicen los anglosajones). Porque los anti-liberales se hacen con el estado de Derecho para desde él atacar la democracia. Es lo que ha hecho Maduro y antes que él Chávez en Venezuela, Putin en Rusia, Erdogan en Turquía (donde se está convirtiendo, tras su referéndum en un sultán moderno, o no tan moderno, cada vez más alejado de una Europa que le alejó), Orbán en Hungría o en Polonia Kaczyński, que ni siquiera está en el poder sino que mueve los hilos desde la sombra. Hungría es el único Estado de la Unión Europea que figura entre los de mayor declive en el índice de Freedom House 2017.

También puede ser útil retomar la diferenciación orteguiana entre democracia, liberalismo y socialismo. Decía el filósofo –entonces próximo a los socialistas– que estos tres términos son respuestas a tres preguntas distintas. ¿Quién gobierna? (Democracia, que en nuestra circunstancia debe ahora incluir la dimensión de soberanía compartida que es la Unión Europea). ¿Hasta dónde puede llegar el poder público? (Liberalismo en términos económicos, sí, pero también y sobre todo políticos, sociales culturales e incluso en lo que atañe a las libertades individuales). Y ¿para qué? (Para el bien social y la protección de los débiles, o para fomentar el triunfo del más fuerte y exitoso como pretende el neoliberalismo –término que poco tiene que ver con el liberalismo original).

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Jóvenes franceses con Le Pen, sin reflejo en el espejo alemán

Francia y Alemania son países vecinos cuyas relaciones son esenciales –mas no suficientes– para mantener y recomponer la Unión Europea. Sin embargo, sus juventudes parecen tirar por distintos caminos. En Francia, más jóvenes entre 18 y 24 años –incluso entre los de 25 a 34– optan en las encuestas por Le Pen que por otros candidatos. De hecho, es entre los más jóvenes entre los que el Frente Nacional tiene más apoyos. En Alemania, la opción preferida de estos grupos de edad es la de los socialdemócratas (SPD), seguidos de los democristianos (CDU), de La Izquierda (Die Linke) y de los Verdes. La derecha xenófoba y antieuropea de la Alianza por Alemania (AfD) queda marcadamente por detrás.

La principal razón de esta discrepancia demoscópica renana hay que encontrarla en la frustración de la juventud francesa por sus tasas de paro: en torno al 25%, cinco puntos más que antes de la crisis y diez más que la media comunitaria. Es un mercado de trabajo dual que protege a los que ya tenían trabajos fijos, y desprotege a los que entran por primera vez en él. (¿Suena?). Algo que el candidato social-liberal, Emmanuel Macron quiere transformar en un sistema más a la nórdica en el que el peso de la protección frente al despido recaiga sobre el Estado y no sobre las empresas.

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