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Ángela Precht

Nací tras el golpe militar de Pinochet. Crecí en el país más neoliberal de Latinoamérica, con pensiones privadas, salud y educación pública mediocres y escasa movilidad social. Vengo del futuro. Sonar+D | In-Edit Chile | FCForum | OXCARS

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"Mejorar el mundo no me interesa nada, me gusta tal y como es"

Probablemente la única vez en que la derecha y la izquierda chilenas estuvieron de acuerdo fue gracias a Rafael Gumucio (Santiago de Chile, 1970). Corría el año 1997, la extraña transición hacia la democracia del país andino llevaba ya siete años con Augusto Pinochet blindado en el poder como senador vitalicio. Entonces el equipo del ultra under y delirante programa de televisión Plan Zeta lanzó el capítulo Vuestros hombres valientes soldados. Una parodia de escasos 6 minutos y 38 segundos sobre la versión pinochetista del golpe militar.

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Nicanor Parra, después de vivir un siglo

Permítanme exagerar y decir que hubo un tiempo en que en Chile la poesía se vivía con el fanatismo que aquí el Barça y el Madrid. Con las salvedades pertinentes de alfabetización, volumen y presupuesto, la fanaticada local se dividía entre tres grandes poetas: Vicente Huidobro, Pablo Neruda y Pablo de Rokha. Peleas feroces y mordaces entre estas tres bestias de la literatura corrieron por tertulias, poemarios, libros, cartas y periódicos, escribiéndose así un bellísimo capítulo de la historia chilena que la periodista Faride Zerán tituló La Guerrilla Literaria: De Rokha, Huidobro, Neruda (Editorial Sudamericana, 1997).

En esa escena, que se extendió desde la década del 30 hasta el golpe militar en 1973, participó el hoy celebrado poeta Nicanor Parra, hijo mayor de una familia campesina con inclinaciones artísticas, y hermano de Violeta Parra, un genero artístico en sí mismo. Físico y matemático de profesión, formado entre Chile, Estados Unidos y el Reino Unido, Nicanor Parra contribuyó en 1954 a la agitación poética local al publicar Poemas y Antipoemas: "Durante medio siglo la poesía fue el paraíso del tonto solemne hasta que vine yo y me instalé con mi montaña rusa".

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La prostituta adolescente Christiane F, 35 años más tarde

Hace exactamente 35 años que Stern publicó el primer capítulo de una feroz autobiografía sobre drogas y prostitución adolescente llamada Los niños de la estación del Zoo (Wir Kinder vom Bahnhof Zoo; en España Yo, Christiane F. Hijos de la droga). La historia se convirtió en libro y vendió cinco millones de ejemplares en 20 países. Tres años después, es la película más rentable de la historia del cine alemán.

Todo empezó cuando los periodistas alemanes Kai Herrmann y Horst Rieck se encargaron de la cobertura del juicio a un pederasta que pagaba con heroína a los niños adolescentes que merodeaban la decadente estación del Zoo en Berlín durante los años setenta. Entre todos, el relato más crudo fue el de Vera Christiane Felscherinow, una de las testigos. Vera tenía 16 años y estaba enganchada a la heroína desde los 12.

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Los tiranos también leen

Las primeras librerías eran lugares para sanar el alma, pero nunca han estado desvinculadas del poder: la Santa Inquisición oscureció Europa con una hoguera permanente y, en Oriente, el mismo emperador que mandó construir la Gran Muralla China ordenó destruir todos los libros anteriores a él.

Cuando en 2004 se supo que Pinochet escondía varias cuentas bajo seudónimos en el banco Riggs (Estados Unidos), la noticia cayó como un auténtico bombazo. El segundo estallido mediático vendría un par de años después, cuando el juez que investigaba las misteriosas cuentas del exdictador chileno ordenó el embargo de su patrimonio. Aquí supimos que Augusto Pinochet Ugarte, sanguinario gobernante, de pocas luces y hablar limitado, el mismo que había ordenado la destrucción de libros, impuesto la férrea censura, perseguido a los intelectuales y declarado que sus autores favoritos eran "los señores Ortega y Gasset", poseía una de las colecciones bibliográficas más valiosas de Chile. Quizá la mayor.

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Proyecto Cybersyn: Los revolucionarios cibernéticos de Salvador Allende

Desde 1971 a 1973, un equipo de profesionales chilenos, comandados por el británico Stafford Beer, desarrolló un sistema tecnológico para poder administrar -a tiempo real- las industrias estatales del país sudamericano. Con recursos escasos y creatividad ilimitada, en poco menos de un año el reducido equipo de ingenieros, diseñadores e informáticos fueron capaces de crear el prototipo que no existía en ningún otro lugar del mundo ni mucho menos a escala nacional: el proyecto Cybersyn o SYNCO, en español. “Revolucionarios Cibernéticos. Tecnología y política en el Chile de Salvador Allende”, fue escrito por la académica americana Eden Medina mientras desarrollaba su tesis doctoral en el MIT y acaba de ser publicado en español por la editorial chilena LOM. Con más de 50 entrevistas y mucho material de archivo, Medina consigue explicar este revolucionario capítulo de la tecnopolítica y el contexto que lo hizo posible. Beer pretende implantar su teoría de El Modelo de los Sistemas Viables (VSM, según sus siglas en inglés): así como el cerebro toma la mayor parte de las decisiones importantes y no controla todo; un sistema viable debe estar compuesto por partes con un alto nivel de autonomía. Su idea era implantar un sistema nervioso electrónico en la sociedad chilena, donde todos sus componentes estuviesen conectados entre sí por una red de comunicación nacional. A largo plazo, esto ayudaría a la igualdad. Como lo describió The Guardian, “ era una suerte de internet socialista, décadas antes de su tiempo”. Considerado uno de los padres de la cibernética y fuertemente influido por los biólogos chilenos Humberto Maturana y Francisco Varela, hacia 1970 Stafford Beer trabajaba como consultor internacional de alto vuelo y honorarios, conducía un Rolls Royce y vivía en una gran casa a las afueras de Londres. Sus ideas de cibernética organizacional nunca habían sido llevadas a la práctica hacia un nivel más extenso y por ello no vaciló al recibir la llamada de Fernando Flores, entonces un joven ingeniero del gobierno socialista, quien lo invitaba a aplicar sus teorías para organizar la economía estatal. “Tuve un orgasmo”, recordaría años después.

Aterrizó en 1971 en Santiago de Chile cobrando en dólares y demandando chocolates, whisky y otras excentricidades para un país que debía lidiar con escasez de alimentos y el mercado negro. Chile vivía la Unidad Popular con aquel incómodo presidente que se había convertido en el primer socialista democráticamente electo. El mismo que creía en la vía pacífica para hacer la revolución. El país estaba crispado políticamente y Estados Unidos intervenía a través de la CIA.

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